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Miserias del compromiso intelectual

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Jorge Semprún ha afirmado en la Universidad Menéndez Pelayo que los intelectuales deben actuar contra el terrorismo, y no ha tenido mejor idea que invocar a Sartre, “la última gran figura del intelectual comprometido”. Largo tiempo circuló una de esas simplezas que dan el pego a los incautos: el intelectual no debe vivir en una “torre de marfil”, sino comprometerse “con la sociedad”, “con su tiempo”. La idea, de apariencia biensonante, ocultaba el supuesto de que “nuestro tiempo” progresaba hacia el socialismo, y por ello el intelectual “consciente de su época” debía ir por ahí, si quería pasar por progresista. Sartre se comprometió con las ideologías que más sangre y sufrimiento han traído al mundo en el siglo XX, incluyendo desde luego, el terrorismo de ETA. Y como Sartre, toda una legión de intelectuales.

Con su parloteo, sus manifiestos y sus firmas, aquellos intelectuales defendían políticas de las que no tenían la menor información fidedigna (Hemingway o, un tiempo, Gide). Eso, en el mejor de los casos. En el peor, eran parte consciente del montaje concentracionario (Bertholt Brecht o el propio Sartre). El compromiso intelectual, una de las formas típicas de la barbarie del pasado siglo, quedó sintetizado, en España, en la frase de Benet justificando, como buen progresista, el Gulag para Solyenitsin.

Jorge Semprún, menos mal, difiere en eso de sus maestros: rechaza el terrorismo etarra. Pero a continuación suelta un dislate monumental, resaltado sin asomo de crítica en el diario ABC: “ETA es hoy el más visible residuo del franquismo”. Históricamente, el compromiso ha consistido en la predicación sistematizada del embuste encubridor del crimen político, y por lo visto no puede renunciar a sus orígenes. Contra la pretensión de Semprún, ETA es, en todo caso, la herencia –no solo el residuo– más explosiva del antifranquismo, como resulta de absoluta evidencia para quien no haya perdido el último residuo de la memoria o de la honradez intelectual. En fin, debemos felicitarnos de que hoy la gente, en especial joven, oiga con escepticismo las prédicas de los intelectuales, reduciendo con ello a gansadas lo que de otro modo serían peligrosas herramientas para manipular a las masas.

Afortunadamente, vascos como Juaristi están desarticulando con estudios serios el discurso embustero y cargado de veneno del nacionalismo, base de sustentación de los terroristas. Eso vale más que el compromiso.

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