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No hay error

El Gobierno y la ETA comparten el socialismo y muchos otros rasgos ideológicos; sobre todo comparten un antifranquismo visceral, una despreocupación por España y la convicción de que la transición democrática estuvo mal hecha

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Un fallo de muchos analistas en relación con la negociación-colaboración de los sucesivos Gobiernos con la ETA consiste en creer que se trata de un "error" de esos Gobiernos, por confiar en que la ETA, recibiendo una mezcla de palos y concesiones, se volverá razonable. Evidentemente, al principio se ha trató de un error, aunque este no consistía tanto en esperar que la ETA se civilizase, como algunos han creído, sino en hacer de los terroristas un interlocutor político de primer orden y poner al Gobierno al mismo nivel que ellos: resultaba que el asesinato, en lugar de ser perseguido por todos los medios de un Estado de derecho, se convertía en un modo de hacer política y lograr concesiones. Lo cual, a su vez, daba al grupo asesino un prestigio internacional y entre la población, o entre parte de ella, quedando como defensor de "derechos populares". Naturalmente, un Gobierno que, llevado por el espejismo de la "solución política", infringía de tal modo los principios más elementales del derecho y de la dignidad del Estado, tenía que llevar en secreto sus negociaciones y no reconocerlas, o pretender que en España no había presos políticos, cuando la tal solución política convertía automáticamente a los etarras presos en tales. Y daba a la propia ETA la ocasión de desautorizar a los Gobiernos, demostrando que sí había negociaciones, y que unos políticos supuestamente demócratas estaban engañando a la población al negarlas. Entre otras cosas.

Ahora bien, hasta los Gobiernos de Aznar puede hablarse de error en esas negociaciones-colaboración, siempre que no se olvide la parte de simpatía hacia la ETA por parte del sector político que se proclamaba antifranquista. Pues la ETA ha sido, en gran medida, una creación del antifranquismo, que la veía como una compañera de lucha y prestaba un halo heroico a los "jóvenes patriotas vascos" que asesinaban a algún policía por la espalda. ¡Si hasta les han atribuido la democracia española! Pues ¿no han divulgado a diestra y siniestra que el asesinato de Carrero abrió paso a la transición que llevaría a la democracia? Así, la deuda de la sociedad española con la ETA habría sido enorme, impagable. Tal es el nivel de los análisis más corrientes. Ya he explicado en varios libros cómo los dos primeros asesinatos de la ETA, en 1968, valieron a los terroristas unas rentas políticas inimaginables, apoyos de gran parte del clero vasco y del Gobierno francés (ambos fundamentales en el plano organizativo), de otro clero no vasco, del PNV y de prácticamente toda la gama del antifranquismo español, que, debe recordarse una y otra vez, nunca fue democrático, y sigue sin serlo. Ese componente de simpatía soterrada hacia la ETA ha sido la causa de que los repetidos fracasos en la experiencia negociadora no sirvieran para corregir el rumbo, año tras año.

Hasta Aznar, por tanto, hay un elemento de error mezclado con otro de colaboracionismo. Pero con el actual presidente no hay el más mínimo error. Rodríguez tuvo la gran oportunidad de continuar los aciertos de Aznar hasta acabar con la banda, pero optó por todo lo contrario, por un grado de colaboración sin precedentes y ya absolutamente desvergonzado, sin ocultaciones: golpear sin escrúpulo el Estado de derecho, las libertades, la unidad de España y cuanto fuera necesario para satisfacer a la ETA de modo que dejase las pistolas. Y la causa no es ningún error sobre la razonabilidad de los pistoleros, sino una afinidad profunda: el Gobierno y la ETA comparten el socialismo y muchos otros rasgos ideológicos; sobre todo comparten un antifranquismo visceral, una despreocupación por España –cuya historia consideran negativamente–, y la convicción de que la transición democrática estuvo mal hecha, porque se dio por reforma desde el franquismo, "de la ley a la ley" y, aseguran, bajo la tutela del ejército, lo que la deslegitima. Sin entender estos "detalles" serán vacuos y superficiales todos los análisis de la política de Rodríguez, en relación a la ETA y a otras muchas cosas. No hay error, insisto, hay complicidad y colaboración, a partir de modos de pensar muy similares y de las esperanzas personales de Rodríguez.

Lo cual puede incluir errores, pero muy de otro estilo que el de la primitiva solución política: los errores propios de los negocios entre grupos ajenos a todo respeto al Estado de derecho, a la democracia y a la integridad de España. Que a veces terminen a tortas entre ellos entra en la lógica del proceso, pero esto es algo positivo, y no tiene sentido "advertir" al Gobierno de semejante "peligro" o criticarle por ello.

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