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No vinieron los escamots

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El viernes pasado di una conferencia en la Universidad de Barcelona, convocada por Convivencia Cívica Catalana, con el tema “Una comparación entre los nacionalismos catalán y vasco”, algo así como un esbozo de un libro que preparo. Había, como de costumbre, bastante tensión por la previsible llegada de los escamots –los grupos de fanáticos nacionalistas catalanes herederos de los famosos de Dencás durante la república–, que han solido agredir o impedir con sus chillidos a coro conferencias de Gotzone Mora, Savater, Vidal Quadras y tantos otros. Pero esta vez no vinieron. El rector, cuya conducta en varias ocasiones anteriores fue muy turbia, mandó a su segundo a recibirnos, y, en cuanto a la conferencia misma, todo fue sobre ruedas.

En cierto sentido esto es un logro, pues implica que el respeto a la libertad de expresión, que debiera ser normal en una universidad democrática, empieza a serlo en la de Barcelona. Pero el fanatismo no se aquieta tan fácilmente, y pudiera tratarse de una excepción difícil de entender.

¿Qué habrá pasado? No puede descartarse que aquellos vándalos hayan terminado por comprender, a costa de muchas experiencias, o el rector se lo haya hecho ver, que con sus trifulcas daban a los actos una relevancia mucho mayor, obligando a hablar de ellos incluso a la no muy profesional prensa de Barcelona.

Y digo esto último porque los nacionalistas y social-nacionalistas han logrado imponer en la prensa una especie de ley del silencio para cuanto pueda discordar de sus tópicos. Por ejemplo, la convocatoria de mi conferencia fue enviada a todos los periódicos de la ciudad, y por dos veces. Ni uno solo la publicó. Esta muy notable unanimidad contra la disidencia constituye un logro nacionalista que el PNV no ha logrado imponer entre los periodistas vascos, ni siquiera con la amenaza subsidiaria del tiro en la nuca. En cuanto a los numerosos anuncios de la conferencia colocados en la universidad, fueron rápida y sistemáticamente arrancados. Estos métodos resultan sin duda más eficaces que acudir al acto a pegar berridos.

De este clima asfixiante me dieron algunos ejemplos mis anfitriones. Cuando Savater recibió golpes y agresiones físicas, ni un periódico de Barcelona informó de ello. Fue preciso acudir a las tertulias de la radio para denunciar el desmán, y sólo después, qué remedio, dieron la información los periódicos de la ciudad.

Estos comportamientos me recuerdan el de muchos falangistas, para quienes los discrepantes sólo podían ser “malos españoles” o “enemigos de España”. Ahora, quien no comulgue con las leyendas nacionalistas no es un buen catalán, o es un enemigo de Cataluña, y debe ser acallado en lo posible. No sé si Orwell homenajearía hoy a Cataluña.

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