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Nunca dejarás de ser un niño

El conocimiento de la historia, sobre todo en aquellos que gobiernan el país o deciden sobre él, es una base imprescindible de la acción política. La ignorancia y el falseamiento del pasado envenenan el presente y alimentan las políticas más demagógicas.

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En una reciente presentación de La Transición de cristal expuse algunos criterios que podrían interesar a los lectores.

Los dos libros que he publicado este año, Nueva historia de España y La transición de cristal están muy enlazados. El primero me fue sugerido por Ymelda Navajo y al principio me resistí, pero terminé pensando que podría ser útil ante la enorme ignorancia que existe hoy en España sobre su propia historia. Ignorancia combinada, para más desgracia, con una cantidad extraordinaria de ideas falsas. Quizá ningún país europeo ha sufrido una falsificación tan sistemática de su historia como el nuestro, y esta es precisamente la anomalía española. La falsificación no se origina, pero sí se recrudece en extremo a raíz del "desastre" del 98, y en ella colaboraron intelectuales como Costa, Ortega, Azaña, etc., en un sentido "regeneracionista", junto con la izquierda autollamada "internacionalista" y los separatismos. La tendencia recobró fuerza en los últimos tiempos de Franco, impulsada por una oposición tan antifranquista como antidemocrática y afín o simpatizante con el terrorismo y el comunismo (y no es casual nada de ello). Julián Marías explicó adecuadamente cómo el PSOE llegaba con un concepto negativo de la historia de España, lo que no dejaría de tener consecuencias políticas actuales. En fin, como resultado, hoy la mayoría de los españoles tiene sobre la historia de su país una idea formada por tópicos vulgares o falsos, y en su mayoría denigratorios. La resistencia a esa corriente ha sido importante, pero insuficiente y a menudo apoyada en versiones integristas o en tesis medianamente fundadas; o bien apenas ha salido de círculos académicos, mientras las contrarias han gozado de la mayor difusión en los medios de masas.

Con Nueva historia he querido contribuir a una clarificación de los principales problemas en torno a la evolución de España. Así, su origen y carácter nacional; la significación histórica de Al Ándalus y de la Reconquista; la Conquista de América; la especificidad y las semejanzas de España dentro de la civilización europea y la propia periodización de la historia de Europa; las razones del auge español y su capacidad para enfrentarse a poderes materialmente muy superiores desplegando al mismo tiempo una gran cultura; la decadencia cultural y las particularidades de nuestra Ilustración; la gran depresión política y cultural del siglo XIX y la progresiva recuperación económica y cultural en el XX; las causas de la Guerra Civil, el carácter del franquismo, de la transición democrática y de la involución actual... Sobre estos y otros problemas creo haber aportado algunos enfoques bastante nuevos, siempre sometibles a la crítica, como es natural.

En cuanto a La Transición de cristal, enlaza con el último capítulo de Nueva historia, que trata de la evolución de la España democrática hasta el actual proceso involutivo. Nada podrá entenderse de esta evolución última sin entender a su vez la Transición –la cual también ha sufrido una dosis sorprendente de falsificaciones–, pues en ella se encuentran en germen los elementos positivos que han permitido mantener la paz, una razonable prosperidad, libertades políticas y resistencia a las tensiones disgregadoras; y también salen de allí los factores negativos, antidemocráticos y disgregadores, parte de ellos concretados en los rasgos más nocivos de la Constitución. Factores que han terminado por prevalecer y volverse más amenazantes a partir del atentado del 11-M. Pues bien, una causa crucial de esta deriva proviene de la mencionada ignorancia del pasado combinada con ideas erróneas, que condicionan no ya al hombre de la calle, sino a las oligarquías políticas que deciden, lo cual entraña gran peligro.

El conocimiento de la historia, sobre todo en aquellos que gobiernan el país o deciden sobre él, es una base imprescindible de la acción política. La ignorancia y el falseamiento del pasado envenenan el presente y alimentan las políticas más demagógicas. Un país no puede vivir indefinidamente en la mentira sin exponerse a los más graves riesgos, y la actual involución antidemocrática los condensa bien a la vista. En palabras de Cicerón: "Si no sabes lo que ocurrió antes de que nacieses, nunca dejarás de ser un niño". Y un pueblo infantilizado es muy propenso a los bandazos demagógicos. Como estamos comprobando.

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