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Pa negre y conciencia oscura

Si una película aspira a reflejar una época y no solo unos hechos particulares, le es exigible un mínimo de respeto a los hechos. De otro modo será una obra tramposa.

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Muy de vez en cuando veo alguna película titiritera, y nunca me saca de la convicción de que no vale la pena. Casi había pensado ver la premiada Pa Negre, pero me ha disuadido el comentario de Antonio Robles, en particular este párrafo:

Pa Negre no cae en el maniqueísmo estomagante del guerracivilismo donde los nacionales son los malos y los republicanos los buenos. La ruina moral de unos personajes destruidos por la devastación de la guerra civil española podría contextualizarse en cualquier postguerra. Y es esa la verdadera dimensión de la obra, donde unos y otros acaban devorados por su degradación humana (...) Unos y otros son intercambiables. Nada ha quedado en pie después de la guerra, cualquier valor o lealtad yace en un lodazal de mentiras, venganzas, abusos y sumisiones. Una invitación al descreimiento de todo y en todos.

Hay al menos dos tipos de cine (y literatura): el que narra hechos particulares, aunque en ellos podamos reconocer algo de nosotros mismos (de otro modo no tendrían eficacia; un ejemplo podría ser El ángel azul) y el que aspira a retratar toda una sociedad o situación histórica, algo que suele quedar en pretencioso, aunque pueda originar obras notables, aun si tramposas: La colmena, por ejemplo. La posguerra ha sido objeto de una amplia literatura y cine que pintan de ella un cuadro extremadamente cutre y que, por lo común, son cutres ellas mismas, con raras excepciones. No es cierto que toda posguerra sea degradante. La degradación está presente, desde luego, en guerras, posguerras y paces, baste prestar atención a la droga en estos años. Tampoco es cierto que después de la guerra civil no quedase en pie ningún valor o lealtad, o que el ambiente social se compusiera de mentiras, abusos, etc. Si bien, por supuesto hubo, hay y siempre habrá mucho de todo eso.

Pero la realidad de posguerra, si se la quiere describir, es mucho más amplia y complicada. Incluye esfuerzos de reconstrucción ímprobos en condiciones marcadas por la devastación creada por los experimentos revolucionarios (en el bando nacional la economía funcionó muy razonablemente) y luego por la guerra mundial, cuando Inglaterra impuso a la reconstrucción limitaciones brutales. Hubo hambre inevitable –pero menos que la creada por el Frente Popular– y mil estrecheces, pero aun así mejoraron, con relación a la república, índices tan significativos como el de mortalidad infantil y la salubridad pública, aumentó el estudiantado, masculino y femenino, en enseñanza secundaria y superior, se reconstruyeron las infraestructuras (sin el trabajo esclavo inventado por los amigos del Frente Popular), etc. Nada de ello se habría logrado sin un entusiasmo y espíritu de sacrificio tan reales, al menos, como la degradación y miseria moral de unos u otros. En conjunto, los españoles podían considerarse privilegiados en una Europa asolada por terroríficos bombardeos, deportaciones, campos de exterminio, hambre y penalidades muchísimo peores. 

Algo de todo esto he tratado en Años de hierro, donde, por cierto, hago algunas indicaciones, creo que significativas, sobre las circunstancias de La Colmena de Cela. Ya sabemos que la historia y la literatura o el cine son cosas muy distintas. Pero si una película aspira a reflejar una época y no solo unos hechos particulares, le es exigible un mínimo de respeto a los hechos. De otro modo será una obra tramposa.

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