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Periodismo de calidad

El fenómeno de manipulación de El país es ciertamente notable, ha sido objeto de algunos estudios y merece más

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El diario El país publicó el sábado una “información” de una página entera sobre la editorial Áltera. Se trataba de un tema banal que, en apariencia, no justificaba aquel despliegue: Áltera había sacado una reducida edición de los Carmina Burana en traducción que resultó ser plagiada. Obviamente no se trataba de un acto deliberado de la editorial con propósito de ganar dinero, y el fiscal no ha encontrado indicios de delito Esto último, así como la versión del editor, lo oculta a sus lectores la manipulada información paisera, que de paso recurre a esos truquitos indecentes, tan propios de ese periódico, para intentar desprestigiarme, pese a no tener yo ninguna relación con el caso. Periodismo de calidad, se llama.
 
Pero lo fundamental del montaje consiste en el intento de caracterizar a Áltera como editorial de “extrema derecha”, es decir, de aniquilarla políticamente. Tal desproporción entre los hechos y las conclusiones, tal derroche de espacio rara vez concedido a asuntos de mucha más enjundia, nada tiene que ver con el plagio dichoso como percibe cualquier lector algo agudo. La causa real del despliegue artillero radica en un hecho muy diferente y ocultado por El País: la publicación, en esos días y por esa editorial, del libro de Víctor Farías Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros “degenerados”.
 
Allende es uno de los grandes héroes de la izquierda totalitaria, junto con Castro, Che Guevara y algunos por el estilo. Esa izquierda ha logrado pasar, en ambientes poco críticos, por defensora de la democracia y de los intereses del “pueblo”, aunque una y otra vez introdujo, allí donde triunfó, un verdadero sistema carcelario para los pueblos. El libro de Farías contribuye a demoler un mito de barro que, por lo demás, no se tenía en pie desde hacía tiempo, pero ello resulta intolerable para la línea “progre”, dominante en El País, siempre tan próximo a esa izquierda totalitaria, y el atrevimiento debía ser castigado.
 
Y también El país ha logrado pasar por expresión de la democracia, pese a que su ideología y métodos recuerdan mucho al PRI mejicano y muy poco a una democracia liberal. Ha utilizado para enmascararse tres técnicas, una de ellas la empleada largo tiempo y con notable éxito por los comunistas: etiquetar al adversario como fascista, expresión hoy algo rancia que El País sustituye por “extrema derecha”. La segunda consiste en usar un lenguaje cuidadamente hipócrita, para dar un barniz de moderación a sus manipulaciones, haciéndolas así más efectivas. Finalmente admite de modo secundario a firmas liberales al lado de otras estalinistas, para dar al periódico un toque de pluralismo.
 
El fenómeno de manipulación de El país es ciertamente notable, ha sido objeto de algunos estudios y merece más. Dirigió el periódico largo tiempo, y lo ha inspirado siempre, un personaje muy ligado al aparato de información –o de desinformación– de la dictadura con los tics del señorito falangista revenido, que ha impuesto en la empresa una censura inquisitorial y se cree autorizado a repartir carnés de pureza democrática. Entre otras muchas hazañas de inconfundible estilo PRI, ese periódico fue el gran encubridor de la corrupción socialista, tarea que llevó a cabo con agresividad mafiosa, tachando de “sindicato del crimen” a quienes denunciaban la putrefacción introducida por el PSOE en el sistema democrático. Corrupción, por cierto, jamás corregida en dicho partido. Un espíritu que, pese a todas las habilidades, sale a la luz a cada paso, como en este nuevo ejemplo.

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