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Política de confrontación

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Durante muchos años, los gobiernos de la UCD y socialistas han permitido a los nacionalistas dominar la política, la cultura y la ideología en Vascongadas. Como consecuencia de eso, y también de los retrocesos del terrorismo y la creciente resistencia de la sociedad vasca a sus planes, el PNV, en alianza con los proetarras, ha lanzado una escalada en su programa secesionista. Ahora,  por fin,  el gobierno del PP ha reaccionado con bastante firmeza. Conclusión del PSOE de Zapatero: el gobierno está llevando a cabo una política de confrontación. Parece añorar la mezcla de claudicación y GAL que marcó  los años del felipismo.
 
Pero en Cataluña no ha ocurrido nada parecido, y la política del PP es prácticamente la del PSOE con respecto a los nacionalistas: la claudicación. Ello no impide en absoluto que los nacionalistas catalanes se crezcan e imiten a los vascos. ¡Los imita incluso el partido socialista de Maragall, ante el cual Zapatero sólo puede plegarse, porque es en realidad otro partido! Las tímidas protestas del PP las explica de la misma manera el PSOE: el gobierno practica una política de confrontación.
  
Otro ejemplo, el PP ha hecho lo posible por traer a Cataluña el laboratorio europeo para la energía de fusión. Ha fracasado, entre otras cosas porque Francia sigue siendo, pese a sus retrocesos,  una potencia científica incomparablemente superior a España, donde los estragos de la política educativa del PSOE van a sentirse aún por largo tiempo. Si lo hubiera conseguido, los nacionalistas catalanes (como el propio PSOE) habrían quitado todo valor a la intervención gubernamental, y lo habrían presentado como un triunfo propio, nada que ver con “Madrid”. Naturalmente, al no haber sido así, la culpa es de “Madrid”… y de su política de confrontación con Francia.
  
En Europa, franceses y alemanes pretenden construir un Eje París-Berlín que domine al conjunto del continente y que pueda saltarse los acuerdos, incluso los establecidos por ellos mismos, y de paso privar a España, mediante tratos de dudosa legalidad, de la influencia acordada antes legalmente. Madrid, naturalmente, protesta. El PSOE, no menos naturalmente, alza la voz: el gobierno practica una política de confrontación con Francia.  Cuando Marruecos nos agredió, también la culpa recaía en la “confrontación” de España con Rabat. Es una actitud permanente.
   
La influencia histórica del PSOE en España ha sido simplemente nefasta. Fue uno de los elementos que acabó destruyendo el régimen liberal de la Restauración, propiciando así la dictadura de Primo de Rivera, con la que pasó a colaborar. Durante la república se convirtió, sobre todo desde 1933, en el principal factor de desestabilización y  llevó al régimen a la ruina, primero en octubre de 1934 y luego en el Frente Popular. Durante la guerra fue él, y no el PCE, el que ató  la España izquierdista al régimen de Stalin. Bajo el franquismo no hizo oposición que valga la pena citar.
   
El único activo socialista ha sido la buena intención de muchos de sus militantes y líderes por  mejorar las condiciones de vida de los trabajadores  y hacer progresar el país, buena intención siempre frustrada por las ideas marxistas en que se envolvía, y porque una especie de predestinación hizo triunfar siempre al sector extremista sobre los moderados. Parecía que en la transición habían cambiado las cosas, al renunciar el partido al marxismo, aunque no auguraba nada bueno  la falta de autocrítica y aquella palabrería de los “cien años de honradez”. Luego las cosas fueron de mal en peor, hasta perder el poder. Era la oportunidad para revisar  la línea seguida, y por un momento pareció que Zapatero iba a hacerlo. Pura ilusión. 
 
Otra vez el PSOE vuelve a aliarse con los enemigos abiertos de la unidad y la libertad de España, y a intentar frenar los más elementales reflejos de autodefensa de la sociedad. La penúltima ha sido la pretensión de identificar a las víctimas del franquismo con la democracia y homenajearles  en nombre de la Constitución, y en compañía de constitucionalistas  y demócratas tan probados como el PNV o los comunistas. Si esa democracia, tan parecida a la que llevó a la guerra, es la que quiere el PSOE, debería aclararlo de una vez.
   
Parece una maldición o un hechizo.  Hasta el mismo Vázquez, que tantas cosas sensatas ha dicho, parece haberse contagiado de la peligrosa chifladura. El PSOE no sabe distinguir entre las cuestiones fundamentales, que no deben tocarse si no se quiere poner en peligro todo el sistema democrático, y las accesorias. Sería una buena noticia que el partido se disgregase antes de convertirse en un  instrumento para disgregar España.   
 

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