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Por qué yerra Fontana ( y 2)

Estas coincidencias, ya lo he explicado en otra ocasión, no son casuales, y responden al instinto de las izquierdas para eludir el debate racional y convertirlo en campaña de propaganda.

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Vimos en el artículo anterior que, contra lo dicho por el señor Fontana, ni Gil-Robles ni Franco estuvieron a punto de provocar la contienda civil con sus propuestas de aplicar el estado de guerra ante las coacciones y violencias callejeras de las izquierdas desde la noche de las elecciones del 36. Ni queda claro que aspirasen a modificar los resultados electorales, todavía desconocidos entonces. Azaña, por contra, sí había intentado anular en 1933 el indudable, pacífico y nada intimidatorio triunfo de la derecha en las urnas.

Vamos ahora con la segunda afirmación, según la cual “es franquista” sostener que la guerra empezó en el 34. La misma gracia ha hecho Juan Pablo Fusi, a quien tenía por más serio: “La tesis oficial del franquismo, que siempre sostuvo que la revolución de octubre de 1934 había deslegitimado a la República”. Estas coincidencias, ya lo he explicado en otra ocasión, no son casuales, y responden al instinto de las izquierdas para eludir el debate racional y convertirlo en campaña de propaganda. A base, siempre, de un muy escaso respeto por la verdad.

Los franquistas, que yo sepa, nunca han sostenido esa tesis “oficial”. Han señalado, desde luego, el caos aportado por las izquierdas a la república y culminado en 1934, pero han justificado su alzamiento del 36, ante todo, como respuesta al proceso revolucionario abierto por el Frente Popular desde febrero de ese mismo año. La idea del comienzo de la guerra en 1934 la expresó, por ejemplo, Gerald Brenan (“La primera batalla de la guerra civil”), y Salvador de Madariaga señaló que, con la insurrección de octubre, la izquierda perdía cualquier autoridad moral para condenar el posterior levantamiento derechista. Tal vez Brenan y Madariaga representen la versión “oficial”, del franquismo en la peculiar historiografía de estos señores. Después de leer sus extravagancias de estos años últimos, ya no se asombra uno de nada. La idea de que en el 34 empezó la guerra civil no es mía, y pocos franquistas la han sostenido. Lo que yo he aportado es, entre otras cosas, la documentación probatoria de la tesis. Documentos de la izquierda casi todos, contra lo que ciertos historiadores profesionales pregonan (dicen que copio a Arrarás, los muy... profesionales).

Y esa documentación demuestra que la Esquerra se declaró “en pie de guerra” cuando la derecha ganó en las urnas del 33, y que el PSOE, tras marginar al prudente Besteiro, organizó a conciencia la guerra civil, en sus propias palabras. Estos dos partidos, más la izquierda azañista, los comunistas y el PNV, crearon sistemáticamente, a lo largo de 1934, un clima de desestabilización y golpismo, culminado en la insurrección de octubre, auténtica guerra civil con un balance de 1.400 muertos en 26 provincias (no sólo en Asturias), y devastaciones de todo tipo, desde artísticas a industriales. Éstos son los hechos, olvidados tan a gusto por los supuestos recuperadores de la memoria histórica. Aquella insurrección, ya lo he dicho, pudo haber quedado en un suceso brutal, pero aislado, si sus promotores hubieran rectificado; pero no rectificaron en nada esencial, y en cuanto tuvieron ocasión, desde la propia noche de las elecciones de febrero del 36, volvieron a impulsar un proceso revolucionario.

Ante los datos ineludibles, el señor Fontana sale del paso con estas palabras: “Bueno, si no empezó en julio de 1936, tampoco lo hizo en octubre del 34, sino en 1932, con el intento de golpe de Estado de Sanjurjo. ¿Por qué quedarse en el 34?”. Pues se lo voy a explicar, una vez más: porque el golpe de Sanjurjo no provino de toda la derecha, sino de un sector marginal de ella, y por eso fue liquidado con la mayor facilidad (recordemos de paso que Sanjurjo había colaborado más que Azaña y muchos otros a la llegada de la república). Si el señor Fontana quiere buscar un paralelo a la sanjurjada puede encontrarlo en las insurrecciones anarquistas, emprendidas antes que la de Sanjurjo y mucho más sangrientas, pero que tampoco reflejaban entonces la actitud del grueso de la izquierda, sino sólo de un sector de ella. La insurrección del 34, en cambio, abarcó de un modo u otro a toda la izquierda, con excepciones contadísimas. La diferencia es crucial: cuando el grueso de la oposición se alza contra las elecciones y normas democráticas, y no rectifica luego, la convivencia democrática se vuelve imposible. Si el señor Fontana no consigue ver estas diferencias, hay para preguntarse qué clases habrá dado en la universidad.

Comete este historiador muchos otros errores, como olvidar el golpismo de Azaña o trazar una versión rosácea del también golpista Companys, hablar de “los catalanes” y “los vascos” cuando en realidad se refiere a los nacionalistas, que representaban a los vascos y os catalanes tanto como los comunistas o los socialistas a los obreros, es decir, representaban una calamidad para todos ellos.

Se haría muy largo extenderse sobre tales enredos, que tanto han degradado la universidad. Abreviaremos yendo a la raíz de ellos: las concepciones marxistas del señor Fontana, prevalecientes en la historiografía española durante treinta años. Esa ideología, lo he explicado en varias ocasiones, no sólo es antidemocrática, sino falsa de raíz, y por tanto sólo puede producir una descomunal acumulación de enredos y malentendidos, verdaderas bibliotecas para nada.

Y el marxismo español ha resultado especialmente estéril. Observemos aquí su “metodología”: no le preocupa lo más mínimo qué pueda haber de cierto o falso en la tesis del comienzo de la guerra en el 34. Lo que preocupa a esas “autoridades” es colocar a la tesis la etiqueta más eficaz para desacreditarla, con un criterio exclusivamente propagandístico. Vieja táctica, como ha recordado hace unos días Pablo Molina: ya en los años 40 la dirección del Partido Comunista soviético instruía así a los suyos: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente». Fácilmente se reconocerá en esta receta la actitud de tantos presuntos intelectuales y periodistas hacia mi modesta persona.

A decir verdad, esas instrucciones apenas eran necesarias, pues derivan con férrea lógica de las doctrinas marxistas, para las cuales la verdad carece de valor. La historia, aseguran, consiste en el desarrollo de la lucha de clases, y lo importante, lo verdadero, es identificarse con lo que llaman intereses del proletariado o del pueblo. No hay otra verdad. La historiografía se convierte en lucha ideológica, en propaganda, vamos, contra los “intereses burgueses”. Su verdad se mide por su eficacia en esa lucha. Así, da igual si la tesis sobre el año 1934 es veraz o no: a estos cerriles señores les suena a “reaccionaria”, y por tanto debe ser rápidamente etiquetada y desacreditada. Y da igual también que en nombre de esos quiméricos “intereses populares” los propios marxistas se hayan asesinado entre sí a mansalva, y se hayan tratado de “socialfascistas” y de agentes del nazismo. En cuanto al marxismo español, su especial tosquedad le blinda contra la experiencia histórica.

No quiero decir que Fusi, o muchos otros de quienes así obran, sean marxistas. Pero en la base de sus actitudes están las simplificaciones y la deshonestidad intelectual de esta ideología, tan extendida en versiones más o menos diluidas. Hasta gran parte de la derecha universitaria, baste pensar en Tusell, reverenció cómicamente a los agresivos y dominantes seguidores de Tuñón, Pierre Vilar y compañía. Pero su hegemonía, devastadora hegemonía, toca a su fin. Sólo hay que ver su forma simplona de huir, de defenderse contra un debate racional.

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