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Qué hacer por África

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La inmigración, especialmente la africana, está creando fuertes tensiones en España y crecientes problemas de asimilación, y tenemos el derecho y el deber de defendernos de lo que se está convirtiendo en una verdadera invasión. Pero es evidente que una de las causas de ella, la miseria reinante entre grandes masas humanas de esos países, debe ser afrontada y resuelta en plazo razonable.

El problema es muy serio y no puede resolverse pronto, porque, para empezar, tiene carácter político: África, en su casi totalidad, está gobernada por regímenes corruptos y tiránicos, a veces realmente siniestros, tapones a cualquier intento de salir de la pobreza. Poco es lo que a ese respecto puede hacerse desde fuera hoy por hoy, pues esos regímenes no van a cambiar de la noche a la mañana, y la mayoría de los movimientos presentados como alternativas son iguales o peores que los existentes, incapaces de salir del círculo vicioso donde los metieron desde los años 60 los "movimientos de liberación" tercermundistas, socialistas y similares. Para colmo, buena parte de las ONG –no todas, pero sí muchas– allí actuantes, difunden las mismas viejas falsedades, y a lo que realmente ayudan es a perpetuar los factores de estancamiento y atraso.

Sin embargo, hay al menos una acción posible, probablemente la más provechosa, aunque a largo plazo. El déficit principal de África es la escasez de gente preparada profesionalmente, déficit aumentado porque muchas de las personas mejor instruidas prefieren emigrar, por no decir huir, de sus países y "autoridades". Así, quienes deciden y gobiernan suelen ser los peores elementos, formados a menudo en la bazofia más o menos marxista tan en boga en las universidades europeas durante decenios, aquí no tan dañina gracias a la tradición e instituciones existentes, pero devastadora en esos países sin apenas anticuerpos contra ella.

Tampoco los sistemas de enseñanza europeos tienen mucha utilidad o relación con las necesidades de los países africanos. Hace años sugerí que España podría aplicar programas de formación profesional acelerada, y también de formación empresarial a un nivel muy práctico, adaptados a las urgencias de esos países, lo cual requeriría serios estudios previos sobre sus condiciones concretas. En la misma España tenemos la experiencia muy fructífera de los años sesenta, cuando en centros tales y en poco tiempo pasaron cientos de miles de trabajadores del peonaje a una capacitación muy superior. La riqueza de un país se mide en buena medida por la preparación profesional de sus ciudadanos. ¿No podría abordarse el problema de forma práctica y masiva?

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