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¿Qué se nos pierde en Libia?

Como fuere, a España no se la ha perdido nada en Libia. No puede sacar ningún beneficio del conflicto y puede en cambio pagar las consecuencias de un grave error de cálculo si el caballo ganador decidiera sacudirse a su pretendido jinete.

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Recordemos el caso de Irak. En su momento advertí que había argumentos de peso tanto para la intervención como para la abstención. En el primer sentido se trataba ante todo de acabar con un régimen que había invadido Kuwait y suponía una permanente amenaza de desestabilización de la zona. Su derrocamiento aportaría la posibilidad –remota– de instaurar allí una democracia, y una mayor seguridad para Israel, después del desequilibrio creado en la región por la caída del régimen pro occidental del Sha de Irán. Para España –que no participó militarmente– fue ocasión de estrechar lazos con la potencia que nos había ayudado en Perejil y aumentar nuestro peso internacional ante lo que se daba por victoria inevitable de la política de Bush y de Blair (Aznar había reforzado también nuestra influencia en la UE). Después, las cosas se complicaron mucho y el problema sigue sin resolverse, pero esa es otra historia.

En Libia no se da una situación ni remotamente pareja. Hacía muchos años que Gadafi no desestabilizaba la región, no había invadido a nadie, su país es uno de los más ricos de África gracias al petróleo y su política (como la de Mubarak o Ben Alí) no entrañaba una amenaza para Occidente. De hecho, en todo el norte de África parecían haberse asentado regímenes no extremistas. Gadafi no había cometido genocidios (aunque estos a menudo se inventan o se manejan según conveniencias de política exterior), ni había el menor indicio de que acumulase armas de destrucción masiva. Ciertamente, es un dictador, pero lo son todos los gobernantes de la zona, algo que tampoco puede invocar la izquierda en España, siempre tan propicia a las dictaduras más totalitarias.

No se alcanzan a ver fácilmente los intereses detrás de la agresión a Libia. Ignoramos el verdadero carácter de las revueltas que han sacudido a un norte de África más bien prooccidental. Quizá los Gobiernos europeos y el useño hayan considerado a los rebeldes norteafricanos como el caballo inevitablemente ganador, y hayan decidido subirse a él para dirigirlo, olvidando una experiencia tan ilustrativa como la de Irán, donde ayudaron a los peores enemigos de Occidente contra sus amigos. Quizá pese el tradicional maquiavelismo oportunista de Francia, inmersa en los sucesos más sangrientos de África.

Como fuere, a España no se la ha perdido nada en Libia. No puede sacar ningún beneficio del conflicto y puede en cambio pagar las consecuencias de un grave error de cálculo si el caballo ganador decidiera sacudirse a su pretendido jinete, como ocurrió en Irán. Nuevamente se demuestra la majadería de una casta política inconsistente, dirigida hoy por un mamarracho iluminado que, increíblemente, lleva detrás de él a una oposición no mejor.

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