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¿Quiés controversia?

Se trata de una tradición ya muy larga en nuestra desdichada izquierda, carente casi en absoluto de un pensamiento propio –no hay un solo pensador izquierdista de algún fuste en España–, y casi siempre ofensiva, gritona, extremista

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En el más bien enclenque panorama intelectual español, tan necesitado de autocrítica y debate, saltó a la palestra hace poco la revista El Manifiesto a partir de un “manifiesto contra la muerte del espíritu” elaborado por Javier Ruiz Portella y Álvaro Mutis. Como cualquier otra manifestación cultural, ésta debiera haber sido saludada como un enriquecimiento y criticada con toda la dureza que cada cual creyera conveniente, pero con seriedad, como merece cualquier empresa con aspiraciones de aportar nuevos puntos de vista.
 
Pero la aridez cría alacranes, y estamos en un círculo vicioso: nuestros mundillos “de la cultura” oscilan entre el compadreo y el navajeo, que a su vez suelen destrozar cualquier nuevo brote. Así puede verse en la respuesta a dicha revista por parte de José María Ruiz Simón, publicado en La Vanguardia hace unos días. Para este señor, sin duda educado en la escuela del sectarismo izquierdista dominante en estas últimas décadas, las ideas o los argumentos carecen de cualquier interés, y, como la revista no le ha gustado, inmediatamente le aplica la receta: “extrema derecha”. Es un efecto más de la peste del “análisis marxista”, nada superado en nuestra izquierda, para el cual sólo cuenta el etiquetaje ideológico que pueda imponerse por las buenas o por las malas.
 
La costumbre ha vuelto esa actitud tan automática como un reflejo condicionado, a pesar de sus resultados realmente cómicos. Pues “extrema derecha”, “fascista”, etc., son términos perfectamente aplicables y muy a menudo aplicados, entre los propios marxistas e izquierdas asimiladas: sus diversas sectas se han atacado ferozmente entre sí tildándose de “fascistas”, “socialfascistas”, “agentes del imperialismo”, “lacayos de la extrema derecha” y por ahí. Debido a la falsificación de la historia y a una especie de enfermedad moral causada por tales métodos, esos elementos escriben en la prensa o hablan en la radio o la televisión con enorme autoridad, presentándose como valedores de la democracia, y manteniendo con todo descaro su actitud polizontesca ante cualquier disidencia. Los pocos que intentan (o intentamos) aclarar las cosas y ponerlos en su sitio, reciben a su vez, por reacción refleja, el título de “fascistas”, fachas”, etc. En comparación con años pasados, cuando estos adjetivos aplastaban realmente al discrepante, las cosas han cambiado mucho, pero todavía no lo suficiente.
 
Se trata de una tradición ya muy larga en nuestra desdichada izquierda, carente casi en absoluto de un pensamiento propio –no hay un solo pensador izquierdista de algún fuste en España–, y casi siempre ofensiva, gritona, extremista. En su muy importante libro Historia política de las dos Españas (el recientemente publicado de Santos Juliá con un título semejante apenas es una broma comparado con aquél) empieza José María García Escudero con una anécdota de principios del siglo XX. En un mitin electoral, un asistente interrumpía de vez en cuando al orador gritándole: “¿Quiés controversia?”. Por fin terminó su discurso el mitinero y se dirigió al polemista: “Bueno, ¿qué tiene usted que objetar?” “¡Hijo de puta!” fue la respuesta. Así es como suelen entender el debate las izquierdas, y a eso reducen su argumentación. En su boca “fascista” o “extrema derecha” son sinónimos, sólo en apariencia menos groseros, de “hijoputa”.
 
Ruiz Portella ha replicado a su original crítico con otro artículo, y es de esperar que La Vanguardia no siga el ejemplo fascistoide de El País (no uso aquí “fascistoide” como etiqueta, sino como descripción de una conducta, de un estilo constatable) y se lo publique. En todo caso los de la “controversia”, como decía, están retrocediendo. Y más que retrocederán si se les planta cara.

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