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¿Tiene solución el PSOE?

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Al terminar el franquismo, el panorama político propio de la república se había esfumado. Los republicanos, los anarquistas, la Esquerra catalana y la Falange prácticamente habían desaparecido. Los comunistas, aunque nunca de fiar, acabaron renunciando al leninismo, y el PSOE renunció a su vez al marxismo, fuente de sus intentonas contra la democracia en el pasado. Estos cambios permitieron una transición relativamente fácil y pacífica.
 
El gobierno del PSOE, ejercido por primera vez en solitario, arroja algunas luces y bastantes sombras. No llegó a atacar de frente la democracia, pero no ocultó su deseo de enterrar a Montesquieu y de crearse, utilizando los impuestos de todos, una vasta base clientelar que le garantizase el poder por muchas décadas. Aunque había renunciado al marxismo, muchos tópicos radicales seguían condicionando sus reflejos y expectativas.
 
Otra pesada rémora de ese partido era su visión negativa de España y su historia, que le llevaba a desprestigiarla o desfigurarla, y a claudicar ante los nacionalismos, cuyos desvaríos encontraba aceptables o por lo menos respetables. La tendencia a disgregar España se ha infiltrado en el partido mismo y, tras perder el poder, se está convirtiendo en su principal signo de identidad. Maragall, parte de los socialistas gallegos y el grueso de los vascos, rivalizan en nacionalismo con los nacionalistas respectivos o, en el caso de Chaves y los suyos, impulsan un nacionalismo andalusí de pandereta, mientras uno de los principales consejeros internacionales del felipismo promueve la entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos. Para mayor alarma, vemos resurgir, con motivo de las elecciones madrileñas, el viejo pensamiento político izquierdista español, que ha condensado magistralmente Carlos Semprún: “La democracia vale si ganamos nosotros; si no, es reaccionaria”. Pensamiento que está en el origen de la guerra civil.
 
Debemos preguntarnos si esto tiene vuelta atrás. Algo nos hace ser pesimistas. Por alguna razón difícil de discernir, en el PSOE se han impuesto siempre los más extremistas y delirantes, los Largo Caballero y Prieto sobre los Besteiro. Ahora mismo vemos cómo la voz sensata de Cristina Alberdi es perseguida, y Redondo Terreros sufre un auténtico ostracismo interno, mientras a Odón Elorza se le permiten maniobras desleales con su propio partido, o a Maragall imponer sus delirios medievales pasando sobre las normas de democracia interna. El razonable Vázquez pinta poco, Bono nunca se sabe por dónde saldrá, e Ibarra da la impresión de ser un simple charlatán y un charlatán simple. No se aprecia en ellos nada parecido a la determinación de sus contrarios, y es de temer que, una vez más, les toque el papel de perdedores.
 
Madariaga dijo que en el origen de la guerra civil estaba la división del PSOE. Acertó muy a medias. En el origen estuvo, no la división, que no llegó a cuajar, sino el triunfo de los extremistas. Si Besteiro o, en algún momento de lucidez, Prieto, hubieran tenido la decisión y el coraje de ir a la escisión, quizá la guerra no hubiera llegado. Al responder con timidez a las audacias de sus contrarios, unieron sus destinos a ellos y a la violencia.
 
Actualmente el PSOE es un partido claramente perturbador y disgregador del país. Sería muy preferible que se disgregara él antes de que disgregara a España.

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