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Un hombre sentimental

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Vázquez Montalbán me parece un escritor mediocre, pero es sólo una opinión. En todo caso, bien habría estado que en su homenaje los admiradores hubieran destacado sus méritos literarios, pues eso es lo que, para el público, mejor justifica su paso por la Tierra. Pero no ha sido así. Quienes sienten una ideología, en este caso la del muro de Berlín, prefieren otra cosa, y sus expansiones líricas no han podido ser más peregrinas. El rector de la Universidad de Barcelona, Tugores, que consideró inapropiada la causa de las víctimas del terrorismo, ha enaltecido la “humanidad” del fallecido, relacionándola con su “compromiso con las causas nobles”, es decir, con las causas más sanguinarias y despóticas del siglo XX, en rivalidad con la nazi. Y el viejo cantante Raimon citaba una frase suya sobre “amar a España por sus gentes y no por sus límites”, ese tipo de frases sin lógica, pero sugestivas para el Club de amigos de los Balcanes: ¿qué más da si el límite se pone en el Ebro o en el Guadiana (y por qué no en el Loira o en el Atlas, puestos a ello)? Lo importante es el amor, ese peculiar amor con que los demagogos suelen honrar a sus pueblos. Sólo Rosa Regás ha calificado al fallecido como “el más grande creador de nuestro tiempo”, lo que tampoco está mal.
 
Con todo, esos arrebatos pueden considerarse normales y disculpables por la ocasión. Más me ha interesado la alusión de Tugores al recinto del homenaje, su universidad, a la que describió como “catedral laica” con ese motivo. Catedral y laicismo, tal como él emplea el segundo término, son incompatibles, algo así como “escritor analfabeto”. Pero no por ello deja de tener significado. La impresión de la muerte, aunque rara vez la sentimos con intensidad, nos remite al misterio de la vida y nos catapulta de modo inmediato e inconsciente a la religión, lo que el rector expresa al mencionar la catedral, para caer inmediatamente en el contrasentido: religión, sí, pero irreligiosa.
 
Me ha venido a la memoria el caso de Olof Palme, en cuyo funeral la televisión socialista española proyectaba imágenes de juegos de luz en el agua de un canal de Estocolmo, flores, alguna mujer con lágrimas… Imágenes patéticas, bellas pero que rebajaban la emoción del misterio a un sentimentalismo casi publicitario. Para el buen laico materialista, el ser humano sólo es, en definitiva, una compleja máquina química, y la muerte se reduce a la desorganización de la máquina. Las imágenes de Suecia sugerían la transformación de los elementos del cuerpo en otras cosas bellas de la naturaleza, aunque la descomposición de un cadáver sea cualquier cosa menos bella, y, en definitiva, no sea fácil definir la belleza desde el punto de vista “laico”.
 
Cada uno tiende a verse como algo concreto y necesario, dependiente en medida fundamental de su voluntad, pero, aunque en parte sea así, es también evidente que ni nacimos porque lo hayamos querido o lo haya querido nadie (una cosa es que los padres quieran tener un hijo, y otra que quieran tener “ese” hijo), ni nuestra muerte tiene relación con nuestra decisión, salvo en el caso muy relativo de los suicidas, y los avatares que marcan nuestra vida son imponderables en muy alto grado. Decía que para el público lo que justifica la peripecia vital de Vázquez Montalbán son sus méritos literarios. Pero ¿quién es el público para justificar o dejar de justificar una vida? El sentido de ésta no puede darlo la opinión pública, es también misterioso. Y declarar la vida sin sentido, no pasa de ser, a su vez, una afirmación cargada de vanidad.
 
Una escapatoria ante la extraña sensación que produce la vida en cuanto reflexionamos sobre ella, es la sentimentalidad. Dice Rafael Borrás que, tras la caída del muro de Berlín, Vázquez justificaba su persistencia en el marxismo “por fidelidad al militante de base”, o porque “si todos desertaban, él reclamaba el derecho a ser el último, el que apagase la luz”. Argucias puramente sentimentales. Y paradójicas, pues nada hay menos sentimental que el marxismo en su concepción del hombre, ni más peligroso que esos sentimientos “humanos” capaces de convertir a un país en una cárcel.
 
¿No fue Vázquez Montalbán quien dijo aquello de que “contra Franco vivíamos mejor”? Era cuando él, y tantos otros, sentían su vida cargada de sentido y de emoción, rodeados del calor militante de la “familia” partidista, y con un enemigo muy satisfactorio, culpable de todo. Renunciar a tales ilusiones ha supuesto a muchos un sacrificio excesivo. Además, esa nostalgia ayudaba a construir el personaje Vázquez Montalbán. Que la tierra le sea leve.

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