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Una falsificación de la historia

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Recientemente, el profesor J. Avilés Farré, escribiendo en ABC sobre Sagasta, situaba a Azaña, “gran político liberal”, a la altura de Cánovas, y concluía que los precedentes de ambos han hecho posible la actual democracia española. Creo que afirmaciones tales desvirtúan la realidad histórica de España y la vuelven ininteligible, para ganancia de pescadores políticos en río revuelto. Una plaga de nuestro tiempo.

Sólo en un sentido muy amplio y equívoco puede llamarse liberal a Azaña, y aun más equívocamente asemejarlo a Cánovas. En realidad uno y otro pertenecen a corrientes muy dispares. Cánovas, liberal conservador, un poco en la tradición anglosajona, era posibilista y respetuoso con la realidad histórica y la religión del país. Azaña, por el contrario, representaba al liberalismo jacobino, originado en la revolución francesa, con sus brutales manifestaciones de intolerancia (en nombre de la tolerancia), genocidio y terror (en nombre de la libertad). A la tradición jacobina española se deben los pronunciamientos militares, matanzas de frailes y, en general, las convulsiones típicas del siglo XIX.

Precisamente, el moderado y flexible Cánovas acabó con ese período convulso en que la alternancia en el poder provenía de la violencia y los pronunciamientos. Él fundó la alternancia pacífica, gracias a la cual España disfrutó de medio siglo de relativa prosperidad y paz interna, por primera vez desde la invasión napoleónica.

Con todos sus defectos, la Restauración constituyó una verdadera proeza histórica. En cambio, Azaña entró en la historia predicando la inmoderación y la ruptura, como observa el profesor Seco Serrano en su Historia del conservadurismo español. Azaña sólo aceptaba la democracia si gobernaban los suyos, y esa actitud contribuyó a empujar al país hacia la guerra civil en tan sólo cinco años. Por tanto, si hay que buscar una inspiración a nuestra actual democracia, debemos mirar a Cánovas y de ningún modo a Azaña, por mucha simpatía e interés que despierte la patética trayectoria política y humana del último. Lo contrario es confundir lo más elemental de nuestra historia reciente.

Obviamente, el error de Avilés Farré no procede de la ignorancia. ¿Por qué, entonces, sostiene lo insostenible? Sólo se me ocurre una causa: por el prurito de pasar por “progresista”, aunque sea a costa de la veracidad. Actitud extendidísima en los medios intelectuales españoles, y que está produciendo un páramo cultural. Páramo auténtico, no como el de la época de Franco, cuya abundante vegetación ha descrito Julián Marías.

Al señor Avilés le admira la “audacia progresista” de Azaña, y le imita: por parecer “progresista” se muestra muy audaz. Pero en política, y también en historiografía, conviene distinguir audacia de alucinación.

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