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Plinio Apuleyo Mendoza

Arturo Uslar Pietri

Plinio Apuleyo Mendoza
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Hace un mes, hallándome en Caracas, una amiga mía española, que lo era también de Arturo Uslar Pietri, me propuso verlo. “Arturo está muy solo –me dijo–. Pocas personas lo visitan. Le encantaría verte”. No llegamos a concretar una cita en aquella quinta del barrio de La Florida donde él pasó buena parte de su vida, y ahora, al recibir en Madrid la noticia de su muerte, me queda el pesar de no haberlo visto. Sabía que, viudo y muerto el hijo que llevaba su nombre, lo acompañaba sólo una enfermera. Tenía problemas de la vista y a lo mejor no oía bien, como le ocurre a cualquier anciano de 94 años, pero su cerebro estaba intacto y su visión de Venezuela era, como siempre, lúcida aunque ahora probablemente amarga.

Lo conocí siendo yo todavía un adolescente. Era amigo de mi padre. Se habían conocido los dos en 1943, cuando Arturo Uslar Pietri era ministro del Interior y brazo derecho del general Medina Angarita y mi padre embajador de Colombia en Venezuela. Alto, con unos ojos claros que fácilmente le brillaban de risa, con una voz bien timbrada, una inteligencia rápida y directa y una desenvoltura muy venezolana, tenía el don de poner al alcance de cualquiera sus conocimientos en el campo del arte, la literatura, la economía, la historia o la política. Nunca se perdía en circunloquios. Tenía una sorprendente facilidad de palabra. En los años cincuenta, sus programas de televisión se hicieron famosos en Venezuela. Hablaba de El Greco o de Cervantes con una pasmosa familiaridad como si él hubiese sido contemporáneo y amigo suyo. Sin hacer ostentación de ella, respiraba cultura. Con igual facilidad escribía novelas tan apasionantes como “Las lanzas coloradas” u “ Oficio de Difuntos” o ensayos políticos como “Sembrar el petróleo”.

Me parece que su país no fue justo con él. Arturo Uslar Pietri, hombre excepcional, ha debido ser presidente de Venezuela. Y como tal, habría brillado en el escenario latinoamericano. Llegó, sí, a ser candidato en 1963 ( “Arturo es el hombre” fue su lema) pero su popularidad, como le ocurrió a otros candidatos independientes, se quedaba en Caracas y en las ciudades del centro del país; no llegaba hasta las zonas rurales, donde las bien aceitadas maquinarias de los partidos Acción Democrática y Copei tenían un vasto electorado cautivo.

Debía producirle asombro y desengaño ver cómo personajes a veces mediocres, salidos de la entraña de los partidos, llegaban al poder con gestos y discursos populistas y luego, en el gobierno, despilfarraban a los cuatro vientos, irresponsablemente, le enorme renta petrolera del país sin dejar detrás suyo nada distinto a ruido y favores. Uslar fue un liberal que vio dónde estaba el mal de Venezuela, ese cáncer que carcome fabulosos recursos dejando al 70 por ciento de la población en los linderos de la pobreza o en la pobreza absoluta. Lo dijo con una brutal claridad. “El Estado se ha comido a la Nación, y es un Estado monstruoso, gigantesco por naturaleza, dispendioso por naturaleza, inepto por naturaleza. Maneja un gran volumen de riqueza a su capricho, sin dedicarse a echar las bases de un verdadero crecimiento nacional”.

Sin duda él vio a tiempo que los dos partidos venezolanos, dueños alternativamente del poder, tenían ambos una filosofía política empeñada en hacer más obeso y tentacular al Estado, un Estado típicamente mercantilista, y más dependiente y sumisa a la sociedad civil. Puede uno imaginar el pesimismo que debió abrumar los últimos años de Arturo Uslar viendo, desde las penumbras de su biblioteca, cómo las masas de su país volvían a reeditar con Hugo Chávez la imagen ya polvorienta y desacreditada del caudillo militar y cómo la chabacanería populista, que identifica la cultura con la oligarquía, volvía a adueñarse con él de las plazas y de los canales de televisión. Seguramente el venezolano más importante del siglo XX murió con la impresión de haber escrito y predicado en vano. Pero no creo que sea cierto, y a mí me habría gustado decírselo.

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