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Plinio Apuleyo Mendoza
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Las cifras son inquietantes. En la última década han salido de su país, como emigrantes legales o clandestinos, 1.300.000 ecuatorianos, cifra fantástica para un país de once millones de habitantes. Y, en el mismo lapso, ochocientos mil colombianos de todos los niveles sociales, desde obreros hasta empresarios, han decidido también emigrar. Ahora los argentinos se suman a este éxodo haciendo largas colas en el Consulado español de Buenos Aires, para no hablar de los peruanos que en gran número se han establecido en Roma y en Madrid. Y algo increíble dos años atrás: los venezolanos, ajenos a esta clase de aventuras por vivir en un país de enorme renta petrolera, llenan hoy los aviones que vuelan a Miami sin pasaje de regreso. Los llaman los balseros del aire, por obra y gracia del coronel Hugo Chávez y de su impredecible y confusa revolución bolivariana.

Hace cincuenta años el fenómeno era a la inversa: españoles, italianos y portugueses emigraban a Sudamérica buscando mejor suerte. Caracas era una capital de asombroso cosmopolitismo con inmensas colonias de estos tres países. Con una moneda fuerte, lo que allí se ganara y se ahorrara tenía valor en todas partes.

Es claro que la razón que empuja a cientos de miles de hispanoamericanos a emigrar son predominantemente económicas y no políticas, como ocurría hace 20 o 30 años cuando el sur del continente tenía una constelación de dictaduras militares. La recesión y el paro golpean a casi todos los países de la zona andina y ahora también a la Argentina. En el Ecuador, el PIB ha caído en un 7,9% y la inflación alcanza un desastroso 115% anual. Perú pone sus esperanzas en Toledo, y sobre todo en su ministro de Hacienda, para enderezar una situación degradada.

Colombia, cuyo manejo económico fue ejemplar hasta comienzos de la década del 90, ha conocido desde entonces un desenfrenado aumento del gasto público; la inversión privada es hoy la más baja de los países en vías de desarrollo y el paro afecta al 20% de la población laboral. La acción articulada de la guerrilla y el narcotráfico, los 3000 secuestros anuales, la inseguridad y los dos millones de desplazados que acuden a las ciudades huyendo de la violencia, explican de sobra la fuga hacia el exterior de los 800 mil desesperados colombianos.

Si a uno le preguntaran qué necesitan los países hispanoamericanos para buscar soluciones radicales a un deterioro económico y social tan grande, la respuesta más justa sería ésta: necesitan gerentes y no políticos profesionales, menos aún caudillos populistas o revolucionarios empeñados en seguir los pasos del Che Guevara. Unos y otros hacen sonar sus flautas como los encantadores de serpientes, pero tienen un rasgo en común: son pésimos administradores. Obedecen a ideas equivocadas y cultivan una retórica de otros tiempos. Y es seguro que los países, como las empresas, cuando están mal manejados van sin remedio a la quiebra.

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