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Plinio Apuleyo Mendoza

La derrota del voto en blanco

Plinio Apuleyo Mendoza
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Triunfó, pues, Alejandro Toledo en las elecciones del Perú, y no por amplio margen, sobre Alan García. El voto en blanco, que hace tres semanas pisaba la asombrosa raya de un 30 por ciento de electores, quedó pulverizado: un 2,1%
¿Cómo explicarlo?

Para mí, la respuesta cabe en una sola palabra: realismo. Por fuertes que fuesen las razones éticas invocadas por mi amigo Alvaro Vargas Llosa para darle al voto en blanco el valor de un rechazo –a manejos y transacciones poco claras de los dos candidatos–, prevaleció, en muchos de los iniciales partidarios de esta opción purista, el temor a un triunfo de García. Y seguramente tuvieron razón.

La aceptación hecha por el líder aprista de sus errores cometidos en el pasado, no era sino la máscara de un fatal empecinamiento ideológico: el de todo populista que se arropa en la social democracia, pero no la de Tony Blair y ni siquiera la de Felipe González, sino la más ortodoxa y polvorienta que todo lo pone en manos del papá Estado. Proponer un millón de empleos públicos en un año, reducción en un 50 por ciento del costo de las medicinas, educación gratuita y fondos autónomos para las comunas son cosas que atraen electores pero que, en un país pobre, desembocan en déficit fiscal, burocracia e hiperinflación. O sea, lo mismo que dejó el catastrófico García cuando fue presidente del Perú.

Entiendo que ante la resurrección de este espanto, muchos electores hayan salido a votar por Toledo, aun a sabiendas de su inestabilidad emocional y otras fallas protuberantes de su carácter. Fueron realistas. Alvaro Vargas Llosa pone por encima de ese realismo su admirable rigor ético. ¿Iluso? Tal vez. O tal vez no, pues ese 30 0 35 por ciento que se disponía un mes atrás a votar en blanco constituyen un capital político en caso de desengaños futuros producidos por Toledo. Y de desengaños, no lo olvidemos, se alimentan los tangos, las rancheras y la vida política en Hispanoamérica.

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