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Plinio Apuleyo Mendoza

Mentiras y traiciones

Plinio Apuleyo Mendoza
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La captura de Vladimiro Montesinos se ha convertido en un burlesco sainete donde hay de todo: pillos, traiciones y mentiras.

Para mí, la versión más consistente de lo ocurrido la dio el FBI. De tiempo atrás, sus sabuesos sabían que Montesinos tenía una cuenta secreta en el Pacific Industrial Bank de Miami. Para ellos, aquel era el queso que permitiría cazar al ratón, pues nadie deja inactivos cuarenta millones de dólares en una cuenta bancaria cuando los necesita. El cálculo resultó justo. Con autorizaciones suyas o de sus testaferros, Montesinos envió al venezolano José Guevara para retirar parte de esos fondos estancados en Miami.

Detenido por el FBI, este emisario, que no es propiamente un dechado de lealtad, se encontró ante una alternativa bien simbolizada en el garrote y la zanahoria. El garrote era la cárcel por el delito de extorsión. Y la zanahoria, el desistimiento de estos cargos y los cinco millones de dólares ofrecidos por el gobierno peruano a quien entregase o indicara el paradero de Montesinos. Guevara, claro está, optó por la zanahoria. Desde la propia oficina del FBI, llamó a los dos guardespaldas que en Caracas cuidaban a Montesinos para que, con engaños, se lo entregaran al embajador peruano, con el halago de sacar algo de la millonaria recompensa.

En ese punto crucial interviene, como tercero en discordia, la policía de la Inteligencia Militar venezolana deteniendo al vehículo donde los dos traidores viajaban con su presa. ¿Cómo lo logró? Muy simple, my dear Watson. La inteligencia militar sabía todo de Montesinos: dónde vivía, quien lo cuidaba, cómo se desplazaba de un lugar a otro. Si todo esto era de su conocimiento, ello se debe a que lo veía como un huésped secreto del gobierno y no como a un hombre a quien debía capturar. Sólo que ahora, descubierto Montesinos por el FBI, era incómodo tenerlo en casa, por no decir imposible, para el presidente Chávez. No quedaba más remedio que entregárselo al gobierno peruano y cobrar su supuesta captura, ante los presidentes de los países andinos reunidos en Venezuela, como una hazaña lograda por sus propios servicios de inteligencia.

Y ahí empiezan, después de las sucesivas traiciones, las mentiras. El ministro del Interior venezolano, el octogenario Luis Miquelena, hace eco al parte de victoria de su presidente, pero de inmediato es desmentido por Héctor Pesquera, el director del FBI, y por la prensa de su propio país, para la cual siempre existió la sospecha de que Montesinos vivía en Venezuela bajo protección oficial. Y el propio Montesinos, de su lado, al llegar a Lima, no tiene inconveniente en declarar que, antes de ser llevado al Perú, desayunó con el presidente Chávez a quien durante meses le habría prestado su colaboración. Chávez, por su parte, habla de una conspiración internacional contra su gobierno. ¿A quién creerle? Pues yo me quedo esta vez con la versión del FBI. En este sainete de burlas, es la única voz fiable. El FBI descubrió el paradero de Montesinos. Y lo demás no han sido sino fábulas inventadas de prisa por todos los interesados en ocultar la verdad.

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