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Plinio Apuleyo Mendoza

Un país perplejo

Plinio Apuleyo Mendoza
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Acabo de pasar unos días en Caracas y nadie supo contestarme con claridad esta pregunta: ¿para dónde va el coronel Hugo Chávez? Es posible que él mismo no lo sepa. A los 23 meses de su estridente gobierno, sólo queda en claro que, dueño de un inmenso poder obtenido a través de frecuentes consultas electorales, asusta a los empresarios con su retórica revolucionaria y que, pese a los altos precios del petróleo, ha dejado al país sumido en una fuerte recesión económica, con una inversión privada reducida a cero y un paro muy alto. Reina, además, la inseguridad. Cada fin de semana, se registran en Caracas más de doscientos homicidios.

Empresarios, intelectuales, periodistas, profesionales, artistas, antiguos dirigentes políticos o sindicales expresan fuertes críticas al gobierno. Pero el pueblo raso –la vasta franja de pobres del país– sigue viendo a Chávez como uno de los suyos y todavía lo apoya. Con suma astucia, el presidente cultiva una imagen de hombre salido de la entraña popular, contestando copiosamente cuanta pregunta se le formula por la radio y valiéndose para ello de expresiones coloquiales y picarescas. Hay quienes dicen que estos no son sino alardes populistas más o menos inofensivos. Pero otros analistas recuerdan que Chávez y su movimiento pertenecen al Foro de Sao Paulo, una organización promovida por Castro que congrega a más de cincuenta grupos políticos de extrema izquierda en el continente iberoamericano, incluyendo a los zapatistas de México y a las guerrillas colombianas. Su objetivo común declarado es la lucha contra el neoliberalismo, el imperialismo y la oligarquía y una defensa del indigenismo más primario. Es marxismo leninismo con otro disfraz.

Personalmente, no creo que en el caso de Chávez esto se quede en simple retórica. El proyecto de reforma educativa propuesto por su gobierno sigue de cerca el modelo cubano, con instructores de este país y comisarios políticos vigilando los diversos planteles de enseñanza. Su propósito, según el coordinador designado por el Ministerio de Educación, es “la formación de una nueva cultura política que garantice la irreversibilidad del proceso revolucionario de la República Bolivariana de Venezuela”. O sea, un lavado de cerebros según la más ortodoxa línea marxista. El proyecto, desde luego, provoca alarma en los padres de familia porque contempla, además, instrucción militar obligatoria y un adoctrinamiento forzado de la juventud venezolana.

Lo malo es que no existe hoy en Venezuela una oposición vertebrada. Los partidos tradicionales –Acción Democrática y Copei– se han desvanecido y no hay tampoco nuevas fuerzas capaces de sustituirlos. Dueño de ingentes recursos, el Estado promueve una galopante inflación burocrática y con ello un incremento desmesurado del gasto público. Gobierno rico y país pobre: el viejo mal venezolano se ha agudizado con Chávez. Pero nadie ve en Venezuela cuál puede ser, por el momento, la salida a esta situación. De ahí la perplejidad y la inquietud que uno percibe en los sectores calificados de la opinión pública.

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