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Rafael Calduch Cervera

Un nuevo acuerdo para una nueva Europa

Ha llegado el momento de comprobar si existe la voluntad política para un nuevo acuerdo, ya que en un mundo global ni Rusia ni la UE pueden permitirse el lujo de mantener sus relaciones con los esquemas del pasado.

Durante el próximo año concluirá el Acuerdo entre la UE y Rusia, establecido en 1997 con una vigencia de 10 años, motivo por el que ya se están definiendo las posiciones negociadoras para un nuevo convenio, tal y como se pudo constatar en la reciente visita del presidente de la Comisión, Durao Barroso, a Moscú el pasado 17 de Marzo de 2006. Los cambios ocurridos durante la última década, tanto en la UE como en la propia Rusia, avalan la exigencia de abordar la negociación de un nuevo Acuerdo de Asociación y Cooperación, siendo absolutamente insuficiente la prórroga del vigente que, si bien es completo y exhaustivo en cuanto a los temas que regula, resulta desigual en los instrumentos, los procedimientos y las oportunidades de aplicación que ofrece.

La estructura institucional para la cooperación, desde el nivel máximo –cumbres anuales y conferencias de ministros–, hasta el nivel estrictamente técnico, debería reforzarse mediante la adopción de un comité general permanente que permita dar una continuidad diaria a la ejecución de las decisiones que se adopten. El modelo del COREPER podría ser tomado como referencia para establecer un órgano equivalente, ya que las relaciones entre Rusia y la UE han alcanzado un importancia e intensidad que supera los cauces actuales de la diplomacia tradicional y las reuniones periódicas.

La actual regulación del diálogo político se ha revelado insuficiente. Existen temas políticos que, durante los últimos años, han provocado conflictos y tensiones que deberían evitarse en el futuro mediante el establecimiento explícito de unos objetivos y prioridades en el propio acuerdo. Entre ellos figura la coordinación entre la Política Europea de Seguridad y Defensa y la nueva doctrina estratégica rusa, la compatibilidad entre los objetivos de la política de vecindad de la UE y la política de Rusia con las antiguas repúblicas soviéticas, el impacto político, económico y estratégico de futuras ampliaciones de la UE y la adopción de posiciones conjuntas en cuestiones como las relaciones transatlánticas, la reforma de la ONU, la aplicación del tratado de no proliferación de armas nucleares o el proceso de paz en Oriente Medio.

En cuanto a la seguridad interior, la adopción del Espacio Europeo de Libertad, Seguridad y Justicia, con un mayor grado de integración en la lucha contra el terrorismo, la criminalidad organizada y el control de la frontera Schengen, obligan a ampliar, detallar y actualizar las disposiciones recogidas en el Acuerdo. Es este un ámbito en el que cada vez más claramente resulta imprescindible consolidar un sistema de cooperación policial y judicial permanente entre la UE y Rusia.

En el terreno económico, habría que fijar fechas y objetivos, perfectamente verificables en su cumplimiento, para lograr alcanzar el área de libre comercio durante el período de vigencia del Acuerdo. Para ello es imprescindible establecer una comisión y un procedimiento que vincule el progreso hacia la constitución de la zona de libre comercio con el cumplimiento por Rusia de los requisitos jurídicos (legislación), económicos y técnicos (estandarización estadística, industrial, aduanera, etc.), de tal modo que ninguna de las partes pueda demorar o impedir de forma arbitraria el proceso en función de argumentos extraeconómicos. A cambio la UE debería introducir cláusulas de garantía para el abastecimiento de gas y petróleo por parte de Rusia que, a corto y medio plazo, le resulta estratégico para el desarrollo de su economía.

Finalmente, el nuevo acuerdo debería establecer una verdadera estrategia de cooperación científica y tecnológica a largo plazo entre la UE y Rusia. Esta debería ofrecer a la UE la ventaja tecnológica alcanzada en áreas como la energía nuclear, la aeronáutica, la industria espacial, etc., a cambio de participar en los nuevos proyectos científicos comunitarios que se desarrollan en áreas en las que posee mucho menos ventaja, como la genética y biotecnología; la informática avanzada; los semiconductores y nuevos materiales o las tecnologías de la comunicación.

Ha llegado el momento de comprobar si existe la voluntad política para un nuevo acuerdo, ya que en un mundo global ni Rusia ni la UE pueden permitirse el lujo de mantener sus relaciones con los esquemas del pasado.
Rafael Calduch Cervera es catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid.

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