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Rafael Rubio

Sin noticias de Castro

Es habitual entre estos intelectuales alabar para Cuba lo que en su país no querrían ni regalado, en una nueva versión de discriminación positiva que hace depender los derechos humanos de la situación geográfica o ideológica del país en cuestión.

Rafael Rubio
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Han pasado ya 10 días desde que la noticia de la enfermedad de Fidel Castro destapó las especulaciones en un mundo que ha estado unos días girando alrededor de Cuba. Mientras tanto la isla se iba cerrando aun más sobre sí misma, declarando todo lo que rodea a la salud de Fidel secreto de Estado y prohibiendo cualquier información, por mínima que fuera, sobre la situación del gobierno provisional. Este silencio ha convertido los comunicados oficiales del anciano dictador en textos sagrados abiertos a cualquier tipo de interpretación.

Tras las especulaciones provocadas por el apagón informativo decretado por el gobierno cubano, y la misteriosa desaparición de Raúl Castro, que desde entonces sólo habla "de archivo", sigue habiendo muchos que, tras desear larga vida al tirano, vuelven a cantar loas a su dictadura, a la que adornan con todo tipo de virtudes, algunas casi mágicas, de las que no excluyen la de la vida eterna, y se congratulan de una suerte de destino misterioso y revolucionario que ha permitido sobrevivir por casi 50 años a un régimen basado en el miedo y la represión. Como en la divertidísima novela de Eduardo Mendoza, "Sin noticias de Gurb", con respecto a Cuba siguen siendo muchos los marcianos que, sin noticias de Castro, se dedican a deambular por el paisaje mediático cantando las alabanzas de una revolución que ha arruinado a su pueblo, y, abducidos por el fervor revolucionario, siguen alucinando viendo logros sociales donde no hay más que adoctrinamiento, miseria y miedo. Y más experimentados que el aprendiz de marciano, que contemplaba alucinado la cantidad de rarezas que los hombres convertimos en algo normal, cubren con una patina de normalidad histórica lo que no son más que los últimos coletazos anacrónicos del comunismo, la ideología totalitaria más inhumana y sanguinaria de la historia.

Es habitual entre estos intelectuales alabar para Cuba lo que en su país no querrían ni regalado, en una nueva versión de discriminación positiva que hace depender los derechos humanos de la situación geográfica o ideológica del país en cuestión. Pero, una vez más, Cuba ha provocado el más difícil todavía, querer para nuestro país lo que no queremos para los demás. Así, vemos como los que defienden hasta la irracionalidad la Ley de Memoria Histórica de ZP, predican para Cuba la necesidad de olvidar los agravios pasados –incluyendo el fusilamiento de decenas de miles de personas– para facilitar la paz y la armonía y, por tanto, condenan a los cubanos que tuvieron que huir de su país por no hacerles caso.

Yo, puestos a elegir, prefiero quedarme con la sutil ironía de la Conferencia Episcopal Cubana que, a pesar de las críticas, presenta un historial inmaculado de defensa por la libertad. Entiendo que a algunos, acostumbrados a la diplomacia de la kefia, el "le prohíbo terminantemente" y la "pronta recuperación", les haya extrañado sus palabras que, como todas las de la iglesia, hay que leer entre líneas, conscientes de los siglos de experiencia que las avalan. No es fácil desear un plan mejor para la transición: "paz y fraterna convivencia entre todos los cubanos", y que mientras "Dios acompañe en su enfermedad al presidente Fidel Castro". Recordando un viejo chiste español, podríamos completar la frase: que le acompañe, pero a la eternidad.

Rafael Rubio, consultor y experto en comunicación política.

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