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Raúl Rivero

El sabio nuevo

Este artículo se publicó en cubaencuentro.com

La muerte reciente de Manuel Moreno Fraginals en Miami, puso esta pregunta a presidir las conversaciones: ¿Por qué los pensadores más lúcidos, sabios y despejados de este país se han ido a morir al extranjero?

Y enseguida venía esta otra: ¿Por qué quienes piensan a Cuba sin dogmas y sin pasiones, sólo con un instrumental científico desprejuiciado tienen que ir a teorizar al exilio?

Fue la muerte del historiador cubano que mejor escribía en español la que, de inmediato, traía al recuerdo las figuras de Levy Marrero, Lidia Cabrera, Jorge Mañach, Herminio Portell Vilá, todos desaparecidos en plena creación, pero lejos del objeto de sus investigaciones y trabajos, al abrigo del mundo académico norteamericano o puertorriqueño.

En círculos intelectuales aquí, la ausencia de Moreno, ese gigante cordial y agudo, amante de la poesía de Eliseo y cúmbila de Lezama, desplazó también la atención hacia el vacío que queda en toda Cuba, la de afuera y la de adentro.

Nadie duda que vivan en nuestro territorio pensadores capaces, sensibles y brillantes, pero tampoco duda nadie que el bozal que les ajusta la burocracia y el bozal interior que dictan la prudencia o el temor, los hace aparecer como simples repetidores de fórmulas que quedaron al otro lado del tiempo.

Los pensadores que se han formado fuera de ese ámbito enfermo o los que salieron después, asfixiados -Rafaelito Rojas, Iván de la Nuez, Emilio Ichikawa-, tienen una sola limitación para pensar en Cuba, sus talentos y sus fuerzas personales.

La verdad es que después de 40 años donde ciertamente se ha enseñado a leer y a escribir a todo el mundo, se ha puesto freno al ejercicio de pensar y expresarse, se ha paralizado el vuelo de las ideas y la búsqueda del hombre nuevo ha dejado viuda a la sabiduría.

Sí, si ya sabemos leer, ahora hay que esperar que una mano fantasma nos ponga delante el folletín que se quiere que leamos, las noticias que decida que podemos conocer y los discursos que debemos asimilar con devoción. Para ese viaje, decía un guajiro de Vuelta Abajo, no necesito alforjas.

Por ahí anda el asunto, se nos mueren lejos los que piensan sin lobregueces ni monturas. Sus obras póstumas no llegan, no se examinan. Aquí continúa el proceso contaminante, el trasiego de manuales y la historia conducida como si fuera el guión de una telenovela.

Que descansen en paz Moreno y todos los otros que han muerto lejos, pero que nadie más descanse hasta que los nuevos sabios nos puedan dar respuesta a las preguntas que encabezan esta nota y a muchos otros enigmas de nuestra historia contemporánea.

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