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Ronald Bailey

Manifestaciones y desnudos en Cancún

Casi lo primero que vi al llegar a Cancún fue “No a la OMC”, delineado por cuerpos desnudos en la playa. Los globalifóbicos saben comunicar sus mensajes muy bien y nadie duda que se diviertan mucho haciéndolo. Lástima que la aplicación de sus ideas terminaría perjudicando gravemente a quienes dicen querer proteger, los más desamparados del mundo.

Hoy las cosas se tornaron serias. Campesinos, pescadores y gente pobre de todo el mundo se conglomeró en un gran gimnasio para escuchar los enardecidos discursos de los líderes globalifóbicos. Uno tras otro denunció que los ministros de comercio conspiran con gigantescas multinacionales, a pocos kilómetros de distancia, para destruir sus medios de vida y empobrecerlos más aún.

“La lucha sigue… Zapata vive”, coreaba la multitud en respuesta a los activistas. Sus ondulantes pancartas proclaman: "OMC: antidemocrática", "OMC, contra el desarrollo" y "OMC obsoleta". Todos demostraban su furia y usted también lo haría en su lugar, si cree los discursos. Pero, ¿podrán acaso estar equivocados estos líderes de las ONG o, peor todavía, estar ellos utilizando cínicamente las esperanzas y frustraciones de los pobres para hacer carrera política?

El conglomerado de gente pobre que vino a Cancún, a instancias de las ONG de naciones ricas, arremetió contra las barricadas de la policía y el primer manifestante ya murió. A las afueras del Centro de Convenciones, un líder de la Liga Campesina de Corea del Sur se clavó un puñal en el pecho para llamar la atención a las injusticias del mundo desarrollado y de la OMC. Es muy triste pensar que murió pensando que su sacrificio ayudaría a la gente pobre a lograr un mejor futuro. El primer día dejó un saldo de 46 heridos, incluyendo a dos policías y a dos periodistas.

Del otro lado de la barricada policial, en los salones con aire acondicionado de los hoteles de Cancún, los líderes de las ONG de países ricos alegaban estar diseñando cómo mejorar las condiciones de vida de los pobres del mundo y realizando simposios sobre “el comercio justo”. Explicaban su diseño de sistemas de certificación, con el propósito de informar a los consumidores cómo seleccionar los productos que compran. “Normalmente las etiquetas informan sobre la calidad del producto, cuán nutritivo es y si se ajustan a ciertas normas de seguridad, pero usted no sabe cómo hacen el producto. ¿Utilizaron mano de obra infantil? ¿Fueron manufacturados de manera de proteger o dañar el medio ambiente?”, dijo Pierre Johnson, director de una alianza de comercio justo. Los activistas del “comercio justo” quieren que los alimentos sean certificados como “orgánicos”, “comercializados justamente” y que los bosques sean “administrados de manera sostenible”. Resulta que casi todos los bienes “comercializados justamente” son productos baratos como el café, té, cacao y azúcar.

Siempre y cuando esas certificaciones sean privadas y voluntarias no hay problemas. Pero indicar que un producto es “comercializado justamente” puede interpretarse que los demás no lo son. Entonces, ¿cuál estándar subjetivo debe aplicarse? ¿Deberán los consumidores preferir productos con etiquetas “Made in USA” porque las leyes laborales de ese país son más estrictas que en México, Argentina y Brasil?

Y lo “voluntario” no durará mucho. Ya Chantal Harvard, del grupo de certificación canadiense Transfair, anunció que el objetivo es incorporar las normas ambientales y sociales en las disposiciones de la OMC. Actualmente la OMC aplica reglas objetivas sobre la calidad de los productos y prohíbe la discriminación basada en los procesos de fabricación.

Quienes le hacen propaganda al “comercio justo” dicen a los campesinos pobres que pueden mantener sus costumbres y métodos tradicionales. Dada la velocidad del cambio económico y tecnológico eso es un cruel engaño. El llamado “comercio justo” puede que aumente el ingreso de algunos pocos, pero definitivamente no acabará con el hambre y la miseria en el mundo.

Por otra parte, los grandes grupos de activistas de los países ricos, como Greenpeace y Friends of the Earth, están mucho más preocupados en evitar que el crecimiento económico y la prosperidad en los países pobres vaya a perjudicar el universo natural que tratan de preservar. Por ello están invirtiendo tiempo y millones para que las comunidades rurales no se modernicen ni participen en la globalización. Esto, además de perjudicar a los más pobres, ignora el hecho que es en los países ricos donde está mejorando el medio ambiente, donde más se protegen los bosques y la fauna, donde el aire, los lagos y los ríos son más limpios. El crecimiento económico y las mejoras del medio ambiente van de la mano. Gritos y golpes de pecho no cambian la realidad.

Ronald Bailey es corresponsal de © AIPE en Cancún.

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