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Al Capone ante el juez Marchena

No me extrañaría que al final tuvieran que meterlos en la cárcel, pero no por sus crímenes más graves, sino por un delito fiscal.

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Oriol Junqueras | EFE

Los mafiosos, los asesinos en serie, los terroristas y los golpistas son buena gente. Lo dice Hollywood. Tanto Michael Corleone, Hannibal Lecter, el Joker y Darth Vader nos caen bien. Son educados, elegantes, guapos y muy inteligentes. Es verdad que matan gente, pero solo a los que se lo merecen, son feos o tienen malos modales.

Según la psicología evolutiva, muchas de nuestras facultades fueron diseñadas durante el Pleistoceno. También nuestra mente y, en consecuencia, nuestra sensibilidad moral, que nos lleva a admirar a aquellos que toman sobre sus hombros la tarea de eliminar a los parásitos sociales. Por las buenas o las malas. Da igual.

Hollywood, que sabe más de la naturaleza humana que el MIT de Chomsky, ha sabido modelar a los villanos de manera que algunos nos caigan mal y otros bien. Para que nos den patadas en el estómago tienen que tener aspecto repulsivo y tenemos que saber de ellos lo menos posible. Porque si conocemos demasiado acerca de su vida íntima tendemos a simpatizar por ellos. Los malos atractivos suelen usar medios deleznables para propósitos nobles. Lecter nos explica que se comió a un violinista de una orquesta porque desafinó durante un concierto. Si eso no es motivo para matar a alguien, ustedes me dirán…

En la película Juicio al Procés que se está rodando en el Tribunal Supremo tenemos a los medios nacionalistas, con TV3 a la cabeza, y de extrema izquierda tratando de hacer ver que Junqueras y compañía son algo así como los Guardianes de la Galaxia en versión del Ampurdán. Ante los jueces, los acusados tratan de mostrar que son presos políticos y no golpistas. De ahí que a Jordi Évole no le guste que a sus héroes políticos los etiquete Alfonso Guerra como golpistas, una especie de Tejeros con seny. Porque el presentador pro golpista de La Sexta trata de hacerlos ver más bien como una mezcla entre Michael Collins (Romeva) y Nelson Mandela (Turull), con un toque de Gandhi (Rull).

En El padrino II, Michael Corleone explicaba al juez que él de violencia nada de nada. ¿Es que acaso presentar amables ofertas-que-no-se-pueden-rechazar se puede catalogar como violencia? Todo el mundo puede constatar que Corleone, como antes su padre, es amigo del diálogo con voz queda y talante calmo. En TV3 y medios afines se trata de trazar el mejor perfil de Puigdemont y compañía. Quizás sean unos golpistas, parecen decir, pero son "nuestros golpistas", al modo en que los presidentes norteamericanos siempre han pensado que los dictadores de extrema derecha en América Latina son unos hijos de puta pero sus hijos de puta.

El narco Pablo Escobar era aclamado por el pueblo que recibía sus dádivas. Del mismo modo, los golpistas catalanistas son aplaudidos por aquellos que los han idealizado hasta el punto de verlos como héroes cívicos y campeones políticos. Y como otro mafioso que también pasó por los tribunales, Al Capone, no me extrañaría que al final tuvieran que meterlos en la cárcel pero no por sus crímenes más graves, tratar de subvertir el Estado y estar a punto de provocar una guerra civil, como ya hicieron sus antepasados ideológicos durante la II República, sino por un delito fiscal. Los caminos del Estado de derecho son inescrutables.

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