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Santiago Navajas

El dictador sí tiene quien le escriba

Allá donde el fallecido Octavio Paz era una excepción, casi un desliz, los García Márquez y los Julio Cortázar son la regla.

Santiago Navajas
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Allá donde el fallecido Octavio Paz era una excepción, casi un desliz, los García Márquez y los Julio Cortázar son la regla.

Cuando se tenía que conmemorar el 50 aniversario de la muerte de Louis Ferdinand Céline, el gobierno francés se negó a que hubiese una celebración nacional y canceló el homenaje previsto. La razón, no habría que confundir las excusas con las justificaciones, vendría dada por el antisemitismo furibundo del autor de Viaje al fin de la noche, un exaltado extremista. De derechas. Sin embargo, acaba de fallecer otro novelista igualmente abyecto en su dimensión política, Gabriel García Márquez, y nadie ha osado discutirle el panteón literario; así, salvo excepciones, se ha pasado de puntillas por su compromiso político y cultural con las dictaduras totalitarias sudamericanas, en concreto con la tiranía de los Castro en Cuba.

Gabo era de extrema, sí, pero izquierda... Y sudamericano. Porque lo que se antoja intolerable en un europeo como Céline es, sin embargo, considerado un exotismo pintoresco entre los escritores e intelectuales de la América hispana. Un rasgo identitario, en el mejor de los casos; una tara genética, en el peor. En cualquier caso, disculpable y simpático. Ya se sabe, como decía Raffaella Carrà, para hacer bien el amor hay que ir al Sur. Y el Sur empieza en América a la altura de Río Grande. Ahí no pidas premios Nobel de Física o Economía, de Literatura todo lo más…

Y es que, allá donde el fallecido Octavio Paz era una excepción, casi un desliz, los García Márquez y los Julio Cortázar son la regla. Otro reciente difunto, menos conocido pero más influyente en el pensamiento sudamericano, nos da la clave del tercermundismo mental del típico intelectual que certeramente denominaron Mendoza, Montaner y Vargas Llosa como "el perfecto idiota latinoamericano". Ernesto Laclau, desde su cómodo puesto de profesor universitario en Essex, seducía a los políticos de Argentina y Venezuela con una versión del fascismo en la actual "era líquida" –como la caracteriza el también fustigador de las democracias capitalistas Zygmunt Bauman, que fue desmantelado con precisión por Carlos Rodríguez Braun en este mismo periódico–.

Si García Márquez era el cortesano de Fidel Castro, al que reía las gracias como el bufón de la corte comunista en que se convirtió, Ernesto Laclau ejercía de intelectual orgánico del peronismo reconvertido en kirchnerismo, fascismo líquido, recomendando la dictadura invisible y populista, una hegemonía dominante basada en el carisma mesiánico del líder. Desde la nación más inmune a los cantos de sirena de la demagogia y el personalismo, Inglaterra, Laclau contribuía a llevar a su país, Argentina, por el camino del socialismo en el siglo XXI, una mutación del marxismo en una sociedad, la argentina, en la que la clase media no termina de emerger pero que al mismo tiempo se ve polarizada entre los que siguen al líder -para Laclau todo dirigente político que se precie debe ser sobre todo un Führer (un guía)- y los que se le oponen, que son automáticamente considerados no como adversarios, que se merecen un respeto, sino como enemigos, que lo único que se merecen es el exterminio, recogiendo la dialéctica originada en el filonazi Carl Schmitt. De ahí que mientras Céline es proscrito del mundo de la cultura y los secuaces culturales de Kirchner tratan de silenciar a Mario Vargas Llosa, los pensadores y artistas que militan en la izquierda y la extrema izquierda aprovechan los espacios de tolerancia de las democracias liberales no sólo para deteriorarlas y ponerlas a su servicio sino para anular física y simbólicamente a los que las defienden. El escrache en su versión más brutal y violenta es la manifestación popular de las ideas del filósofo argentino, para el que un escupitajo a un enemigo político no era sino la manifestación conductual de un odio íntimo de clase.

Afortunadamente para García Márquez, su figura no será censurada por los comisarios políticos habituales. Y las generaciones futuras se podrán seguir beneficiando de esa obra tan sencilla como potente y sensible, en la que la pasión por el relato se combinaba con la ambición de demiurgo que caracteriza a los grandes épicos de nuestro tiempo, desde Balzac a Cormac McCarthy pasando por Faulkner. Desafortunadamente para los sudamericanos, la tentación de la inocencia que alcanzó a su Premio Nobel y mutó en pasión por el autoritarismo no tiene visos de amainar y todavía los dictadores más o menos encubiertos, de Castro a Kirchner, pasando por Correa, tendrán a novelistas y filósofos, de García Márquez a Laclau o Zizek, que canten sus epopeyas y justifiquen sus patrañas patriarcales, en las que las democracias populares y plebiscitarias siguen sustituyendo a las democracias liberales y constitucionales.

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