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Santiago Navajas

Pablo Iglesias, el elefante-partisano

Pablo Iglesias quiere hacer ver que es una combinación de Lenin y Gramsci, pero a lo que siempre ha aspirado es a formar parte de los parásitos socialistas del capitalismo.

Santiago Navajas
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Pablo Iglesias quiere hacer ver que es una combinación de Lenin y Gramsci, pero a lo que siempre ha aspirado es a formar parte de los parásitos socialistas del capitalismo.
Pablo Iglesias. | EFE

La campaña electoral de Unidas Podemos se desmoronó como el soufflé de un aprendiz. Pablo Iglesias quiere hacer ver que es una combinación de Lenin y Gramsci, pero a lo que siempre ha aspirado es a formar parte de los parásitos socialistas del capitalismo. La estrategia para su desastre de campaña pasó por querer ser el paquidermo del que hablaba George Lakoff en su manual de sofística electoral No pienses en un elefante. Por otra parte, pretendió hacer reinar el desorden y la crispación en Madrid, donde se respiró el aire venezolano de la intimidación y las calumnias. Justo lo que había descrito uno de los autores favoritos de Iglesias, el filonazi Carl Schmitt, que en su obra Teoría del partisano explicó cómo el político revolucionario lucha contra el Estado de Derecho.

Pablo Iglesias ha mostrado en varias ocasiones su admiración por Schmitt, un gran teórico del Derecho casi tabú en Alemania por sus querencias filonazis derivadas de su visión hobbesiana de la política, a favor de un Estado totalitario y la dialéctica maniquea amigo-enemigo. No es de extrañar que, desde el otro extremo político, el marxismo-leninismo disfrazado de populismo postmoderno lo admire. Iglesias se paseaba por el Parlamento con un ejemplar de la Teoría del partisano cuando negociaba para formar Gobierno. Seguramente le hubiese gustado más llevar un par de pistolas, en plan Che Guevara, pero una de las máximas del partisano es ocultar las armas. En 2016 citaba muy ufano en Twitter una crítica del pensador alemán contra la "democracia burguesa":

Pablo Iglesias siempre se ha visto como un "partisano" tal y como lo analizó Schmitt, alguien que lucha irregularmente, concibe la guerra como una continuidad de la política, no tiene escrúpulos morales, sus máximos referentes son Lenin y Mao y ve al adversario como un enemigo al que no hay que derrotar sino destruir. Cuando llegó al Gobierno, Pablo Iglesias mostró su desazón:

Me acojona pasar de partisanos al ejército regular. No nos tiene por qué ir bien.

Y efectivamente no les ha ido bien, porque su única faceta es la destructiva. Aupados sobre el nihilismo metafísico, la violencia política y el resentimiento moral, la banda comunista del Politburó socialista ha oscilado entre el papanatismo de Garzón, la irrelevancia de Castells, el ridículo de Montero, la sonrisa joker de Yolanda Díaz y el escapismo por Netflix y HBO del mismísimo Iglesias, al que Pedro Sánchez puso un chalet en Galapagar como si fuese una cupletista mantenida de un aristócrata decimonónico.

Napoleón, que sufrió a los españoles y rusos, explicaba que la única forma de luchar contra los partisanos es la guerrillera. Es un error, explica Schmitt, confundir al partisano con el mero criminal o el psicópata (como la derecha suele hacer respecto a Iglesias). Describe Schmitt la performance política de tipos como Lenin e Iglesias a través de una serie de máximas: hay que ser irregular, saltándose las reglas y siendo imprevisible; acentuar la movilidad en la lucha activa; pasar de ser un político al uso a convertirse en un técnico de la lucha invisible, un saboteador y un espía; calificar de trampas ideológicas todas las nociones usuales de ley, derecho y honor; realizar emboscadas, trampas y asaltos por doquier.

No sólo es que Podemos necesitaba desencadenar el desorden total para tener una posibilidad en Madrid, para que no desaparezca el partido y desplazar a la derecha del poder, sino que corresponde al carácter de Iglesias la guerra y la violencia entre partidos. Ha resultado divertido, aunque patético, ver a la rana Gabilondo ofreciéndose gentil a llevar a cuestas al escorpión Iglesias. La mejor táctica contra un elefante-partisano como Iglesias es ignorarlo. Pero Iglesias sabe que los medios de comunicación adoran el espectáculo, la confrontación y el victimismo. No es casualidad sino el signo de los tiempos que Rocío Carrasco y Pablo Iglesias sean las estrellas del momento (y bufones de izquierda como Jorge Javier Vázquez, el Gran Wyoming, Quique Peinado y Andreu Buenafuente los que ejerzan de maestros de ceremonias de la confusión).

Lenin tiene un texto fundamental explicando la guerra de guerrillas: es clave, dice el revolucionario ruso, transformar la acción política usual en una guerra civil. Así consiguió destruir la incipiente democracia liberal rusa en 1917. Ese espíritu guerracivilista, que introdujo la izquierda en el núcleo de la Segunda República, es lo que trató de hacer emerger Pablo Iglesias, Vallecas mediante. La respuesta de aquellos que apoyamos al atacado Estado de Derecho, el denostado parlamentarismo y el despreciado espíritu de la Transición, es ignorar olímpicamente a los partisanos y votar a partidos constitucionales. Finalmente, rezar a San Adolfo Suárez.

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