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Santiago Navajas

Pandemia de postverdad

Cuando la plaga vírica sea solo un mal sueño, la plaga de la postverdad continuará entre nosotros envenenando las mentes y empozoñando los corazones.

Santiago Navajas
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Cuando la plaga vírica sea solo un mal sueño, la plaga de la postverdad continuará entre nosotros envenenando las mentes y empozoñando los corazones.
Risto Mejide e Irene Montero | Cuatro

Cuando nos despertemos de la pesadilla del virus, Irene Montero, Cristina Almeida, Carmen Calvo, Lorenzo Milá, Juan Marín, Carmelo Encinas, Risto Mejide y tantos otros políticos y periodistas que propagaron mentiras, medias verdades y estadísticas sobre la pandemia seguirán aquí. Cuando la plaga vírica sea solo un mal sueño, la plaga de la postverdad continuará entre nosotros envenenando las mentes y empozoñando los corazones.

El 7 de marzo –un día antes del fraude ideológico de la manifestación pseudofeminista del 8-M, en la que fueron atacadas las representantes de Ciudadanos con la complicidad de las socialistas que habían pretendido monopolizar el feminismo–, el técnico que había sido nombrado portavoz de la alarma sanitaria, Fernando Simón, echaba balones fuera a la pregunta sobre qué le recomendaba hacer a su hijo si quisiera ir a la manifestación, a la que seguramente ya acudieron infectadas Irene Montero y la esposa de Pedro Sánchez. En esas fechas resultaba evidente que cualquier evento multitudinario era un peligro para la salud pública y el Gobierno tenía la responsabilidad de cancelarlo o, al menos, dar recomendaciones serias de higiene, como llevar mascarillas y guantes, para minimizar cualquier riesgo de contagio. Otros también fueron irresponsables, como los de Vox organizando un mitin multitudinario, pero era el Gobierno el que contaba con la mejor información y tenía toda la maquinaria mediática de los servicios públicos de información para hacer llegar a la gente un mensaje de prudencia, cuidado y, sobre todo, aislamiento social y distanciamiento físico entre las personas.

Si malo es el coronavirus, peor es la postverdad, el viejo pero renovado intento deliberado de hacer pasar las falsedades por certezas, multiplicado por la moderna facilidad tecnológica para modificar las imágenes –convirtiéndolas en simulacros– y por la viralidad intrínseca a las redes sociales. En la República, Platón defendió que los gobernantes usaran falsedades para preservar la armonía, la seguridad y la estabilidad social. Las llamó "mentiras nobles". Maquiavelo, no tan ingenuo o cínico, nos advirtió en El Príncipe: "Los hombres son tan simples, y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar". Tuvo el valor de mencionar a Alejandro VI como mentiroso entre los mentirosos. Hoy mencionaría a Pedro Sánchez antes que a Trump como ejemplo de falaz al cuadrado, porque el político norteamericano es tan transparente en sus engaños como Sánchez taimado en los suyos, capaz de defender que lo blanco es negro con la seguridad de quien afirma una suma trivial y la entonación de quien se cree Kennedy redivivo.

Si los socialistas hubiesen cancelado la manifestación, los partidos de fútbol, los mítines políticos, las misas y cualquier evento multitudinario el 8-M, nos hubiésemos ahorrado cientos de infectados y algunos muertos. Pedro Sánchez, si tiene un átomo de conciencia, habrá pasado del insomnio por tener a los populistas en el Gobierno a las pesadillas por su propia culpable incompetencia. Y es que se han unido dos plagas en esta crisis. Por un lado, la causa natural: el virus. Por otro, el constructo social de la postverdad: la manipulación mediática, el adoctrinamiento político y el intento de convertir la mentira en realidad.

Ahora se excusan los políticos en que fue un "exceso de confianza", sumando todavía más desvergüenza a la abyección, tratando de convertir en virtud (confianza) lo que fue un intento maligno de satisfacer su narcisismo y su interés sectario. También algunos periodistas (Mónica Carrillo, Susanna Griso) se escudan en que no hicieron sino repetir lo que les decían desde el Ministerio de Sanidad, como si fueran unos simples papagayos del poder, cuando deberían ser los más implacables críticos del Gobierno: en lugar de ser un cortafuegos de las mentiras gubernamentales se convirtieron en un acelerante de su propaganda.

El emperador y filósofo Marco Aurelio combatió una terrible peste del s. II d.C. En sus Meditaciones escribió:

La corrupción del alma es una peste mucho más perniciosa que la insalubridad del aire. Esto es una epidemia para el animal, únicamente como animal, en tanto que la otra (mentira, disimulo, ostentación, molicie) es la epidemia del hombre como hombre.

La cuestión para el futuro: ¿saldremos al fin vacunados contra la peor de la epidemias, la de la manipulación mediática? Seguramente, no. Pero hemos encontrado un antídoto contra la manipulación político-mediática: las redes sociales y los medios alternativos. Gracias a Luis del Pino o Juan Ramón Rallo en Twitter, a Libertad Digital y a Disidentia (en inglés, sigan a Quillette y a Aeon), el guión y el formato que pretendían imponer los medios tradicionales no han sido vencidos –su poder y su influencia son todavía inmensos entre los analfabetos de Internet–, aunque sí es cierto que al menos la postverdad ha encontrado su acelerante pero también su contramedida en la civilización digital. Apúntese a esta guerra cultural porque como liberales sabemos que la verdad nos hace libres y que la libertad es el único camino a la verdad.

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