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Serafín Fanjul

Algo más que paranoia

Tampoco sobra traer a colación que, con regularidad permanente, franceses e ingleses se apuntan encantados al mínimo incidente o circunstancia para escupirnos un ratito, tampoco mucho, no sea que vaya a tener alguna consecuencia desagradable para ellos.

Serafín Fanjul
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El complejo de inferioridad que, desde hace dos siglos, nuestro país arrastra respecto a los europeos del norte ha dificultado y sigue dificultando la mera autodefensa moral –y más aun la respuesta adecuada– ante las patochadas que con frecuencia nos dedican nuestros vecinos y supuestos amigos de algunos países del continente. "¿Qué van a decir de nosotros?", "¿Qué pensarán en el Extranjero?" y otras frases similares son y han sido corrientes en labios españoles ante la mención de cualquiera de los desaguisados y desafueros que los hispanos padecemos en diversos campos de la vida. La opinión ajena (de "esos" extranjeros) cuenta más que el sufrimiento o los sinsabores propios.

Aun hoy día, la revista de prensa extranjera (sobre asuntos españoles) es capítulo obligado y sacralizado en nuestros medios de comunicación, de guisa que periodistas de acá reproducen lo que sobre nosotros piensan otros periodistas "de allá" pero que, a veces, viven en España y que, con reiteración alarmante, largan análisis y comentarios que hacen dudar de la buena fe o, simplemente, de la información de que disponen esos foráneos. El efecto e influencia mágicos se completan al ir acompañados los textos por apellidos exóticos y prestigiados por la simple razón de que nuestra gente, plumillas o no, sabe poco de idiomas. Y es que, a los ojos de un cursi bien ignorante (los tenemos a montones) no es lo mismo llamarse Schneider, Bauer, Maurer, Schuster o Ledergerber (apellidos dignísimos en su idioma) que Sastre, Labrador, Albañil, Zapatero o Curtidor, que no gozan de halo mítico ninguno por la sencilla razón de entenderse perfectamente. Así de alienaditos andamos.

Ahora se nos descuelga el Financial Times recordándonos el simpático apodo (que no es de ayer por la tarde) con que designan a cuatro países mediterráneos mediante la gracieta de construir el acrónimo PIGS a partir de las consabidas iniciales de varias naciones europeas decisivas en la historia de la Humanidad, como bien recordaba en Libertad Digital Juan Carlos Girauta. Basándose en la crítica económica que merece la catástrofe pilotada por nuestro glorioso timonel, asistido por Solbes, el grumete incombustible, aprovechan la ocasión y por enésima vez los ingleses se regodean insultándonos otro poquito: "los cerdos vuelven al fango".

No se trata de tocar a rebato y proclamar a la Patria en peligro, acordarse de la madre de la pérfida Albión y rememorar retóricamente la llaga de Gibraltar (que, por cierto, es verdadera). No es para tanto, pero tampoco sobra traer a colación que, con regularidad permanente, franceses e ingleses se apuntan encantados al mínimo incidente o circunstancia para escupirnos un ratito, tampoco mucho, no sea que vaya a tener alguna consecuencia desagradable para ellos, no porque los españoles vayamos a reaccionar en modo alguno –posibilidad descabellada– sino porque la dinámica de los acontecimientos se complique y acabe surgiendo algún fleco inconveniente que termine en su ojo.

En las dos o tres últimas semanas hemos disfrutado de varias muestras del cariño que nos profesan los británicos y afines, o de las ideas tópicas sobre nosotros, a base de bandoleros y toreros, que nunca nos quitarán de encima. Empezaron con la campaña de ataque y corrección política por el inocente anuncio de la selección de baloncesto simulando rasgarse los ojos con los dedos: ofensa contra los chinos, Gasol debe pedir perdón, España racista, etc. La metástasis de estupideces se corrió a Estados Unidos y la prensa norteamericana se sumó a la cretinada. Quienes nos llaman cerdos, haciéndose los ingeniosos, utilizan la muy ingenua foto de los baloncestistas para colocarnos el sambenito de racistas. ¡Toma del frasco, Carrasco!

Hace unos días, un chistoso locutor inglés, en el relato de un partidillo de mala muerte, se chancea asegurando que "la defensa del X tiene más agujeros que los aviones españoles" (a tres o cuatro días del accidente de Spanair). Quizá ni valga la pena recordar al gracioso que la compañía es propiedad de SAS, empresa bien nórdica. Pero aun hay más: una australiana, de nombre Nikki Hudson, mientras se mete con las corridas de toros –¿qué sabrá esta tía tonta de toros?–, aclara, "sin querer ofender a nadie", que quiere "ser alcanzada y empalada por los jugadores españoles de jockey". O la noticia está mal transcrita y peor traducida (posibilidad nunca desdeñable, andando por medio periodistas españoles) o esta señora sigue creyendo en la España de Ford y Borrow, cuyos libros de viajes por nuestro país recomiendo vivamente para curarse de tanta adoración y respeto por necios con mala uva. De verdad, lector amigo, si no lo ha hecho ya, lea a esos tipos, o los comentarios de Wellington, o los de tantos cantamañanas que por aquí han pasado como si fueran la Divina Pastora. Ya verán, ya, qué desmitificación eficiente.

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