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Hace unos días un lector me pedía comentar la serie 'Toledo' de TV. No puedo opinar en profundidad sobre ella porque sólo vi algún fragmento suelto, de manera fugaz, aunque horrorizado.

Serafín Fanjul
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Hace unos días un lector me pedía comentar la serie Toledo de TV. No puedo opinar en profundidad sobre ella porque sólo vi algún fragmento suelto, de manera fugaz, aunque horrorizado: anticipándome a los buenos deseos del mismo comunicante quien, por mi salud, deseaba que no me hubiera sometido a tan ruda disciplina, eludí los riesgos emocionales y de pérdida de tiempo que andaban en juego. Lo cual no significa que siempre haya obrado de modo tan avisado y prudente, ante películas, telefilmes, series o... novelas históricas. No obstante diremos algo sobre el género histórico porque vale la pena, no por una serie, sino por casi todas, pues a casi todas se pueden aplicar los mismos criterios (cine, telefilmes, novela escrita).

El primer problema para una producción de este tipo es salvar el abismo existente entre la cultura del entorno inmediato del autor y la de la época y la sociedad novelada (o filmada): los anacronismos son continuos (en el lenguaje, ropas, decoración, pero sobre todo, en las actuaciones y actitudes de los personajes). Lo más grave es la falsificación de detalles aparentemente secundarios e inmateriales, por ignorancia, pereza o baratura (o por las tres al tiempo), porque ante las grandes propuestas ideológicas (por ejemplo, moro bueno, cristiano malo, que de forma burda y constante nos colocan) el espectador suele y puede estar mejor pertrechado para defenderse. Pero cuando el protagonista manifiesta objetivos, intereses, móviles, formas de expresión como los actuales, la trampa está asegurada, por más que –quizá– el éxito de público también, al identificarse el espectador automáticamente con lo que ve: pues claro, le están hablando de sí mismo, lo que más le gusta y más adora en todo el Universo, en tanto detesta aquella producciones que le exigen un esfuerzo, le obligan a pensar y –oh, dolor– ponen en solfa su indigencia cultural. Recuerdo la irritación que produjo entre mis alumnos una película modélica, excelente, maravillosa, en mi opinión (El perro del hortelano, de Pilar Miró). Aquella cinta cometía varios delitos simultáneos al obligarles a pensar el texto, a disfrutar el verso y a apreciar la bellísima ambientación a través de una historia sencilla, pero también los valores morales y culturales de otra época. Y ponían en evidencia lo poquito y mal que conocían su lengua y la historia de su país. Todo incomodísimo.

Los ejemplos menudean. Hace poco vi un docudrama en un documental sobre los Neanderthal (-es) y su desaparición, en que éstos chocaban con los homo sapiens, extremo más o menos razonable, pero la ideología barata y políticamente correcta de ahora mismo rebalsaba por doquier: los sapiens, superiores, naturalmente eran negros; los Neanderthal (-es), rubios y altos; entre los sapiens destacaba una mujer, por supuesto feminista y pacifista que decía pavadas como "las mujeres tenemos los mismos derechos que los hombres" y cosas así. Hace treinta mil años. Habían arrasado un buen documental de divulgación científica porque debía parecerles poco comercial limitarse a enseñar los bustos parlantes de personas de edad madura, o provecta (arqueólogos, antropólogos que no mostraban chicha interesante), algunos maxilares cariados y varios croquis y gráficos.

Por descontado que, ante una novela o ficción filmada, el lector/espectador siempre entra en un juego de sobreentendidos y convenciones donde se da por aceptada una serie de concesiones argumentales, de creación, que el autor traza para lograr un resultado atractivo. Pero al receptor le gusta (muchísimo) reconocerse en cuanto ve, o lee, más que descubrir novedades. El psiquismo humano es así. Y el autor ha de sopesar de continuo el equilibrio de ambos factores. No puedo extenderme más sobre todo esto, sólo recomiendo – y perdonen la autocita – que lean (ni siquiera que compren) el capítulo "Al-Andalus y la novela histórica" de mi libro La quimera de al-Andalus.

Y claro que ha habido series buenas de televisión de esta temática: Yo Claudio, El aventurero Simplicissimus, entre las extranjeras; El Pícaro de Fernán Gómez, El Quijote de Fernando Rey, o la modesta de medios Ramón y Cajal (todas de TVE). Hay más. El problema es que son todas muy viejas y quizá los lectores ni las recuerden. Tiemblo ante la amenaza de TVE de emitir alguna vez su producción Isabel (la Católica), confeccionada en tiempos progres. Entretanto –y viene al pelo mencionarlo– el gobierno sigue anunciando que van a hacer no sé qué, pero sin hacer nada, para desinfectar el Ente. Y al final, con cuatro meses de retraso, tomando las medidas que debieron adoptar el pasado 22 de diciembre pasado, ganándose que les caiga encima "la mundial", como dice el dicho, por lilas. Después de haber facilitado el cabreo de sus votantes ante tamaña pusilanimidad y haber propiciado el triunfo socialista en Andalucía y la recuperación psicológica del enemigo, porque entérense, mis queridos bien pensantes de derechas: son el enemigo, por más juegos semánticos que Uds. hagan.

P.D. - ¿Y qué pasa con la cadena perpetua, ahora pudorosamente rebautizada como "prisión permanente", por descontado revisable?

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