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Serafín Fanjul

Camaleones utópicos

Es normal que los hispanos homólogos de Grass defiendan a su congénere. Y aquí son legión. Ya no es sólo el Polanco vendedor de libros o los archisabidos casos de Cebrián o Haro Tecglen, afortunados trepadores en el engranaje de propaganda del Régimen.

Serafín Fanjul
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El pasado 14 de agosto publicaba el Süddeutsche Zeitung un cuadernillo muy galano refiriendo con pelos y señales toda la peripecia, por ahora, de Günter Grass, el utópico. La historia entera olía a gran lanzamiento publicitario para mejor vender la nueva obra, más o menos autobiográfica, que autor y editorial tenían a punto. No se equivocaban desde el punto de vista comercial y en el día de su aparición ya se había liquidado la primera edición, de 150.000 ejemplares. Tal vez desde el plano psicológico y moral tampoco erraron: no sólo en España la gente acaba tragando todo. En especial si poderosísimos medios de comunicación (es un decir) resuelven apoyar "lo que sea", como gusta a nuestro Rodríguez.

Nunca es tarde si la dicha es buena; así pues, aunque el reconocimiento de haber pertenecido a la división Frundsberg de las Waffen-SS llegue con sesenta añitos de retraso, siempre se podrá exhibir orgullosamente la gran honradez del escritor por la confesión. Tras un intento previo, cuando contaba quince años, de enrolarse en la fuerza de submarinos (lo cual no era en el tiempo moco de pavo y significaba una implicación ideológica grande), de donde fue rechazado por demasiado joven, terminó en 1944 como voluntario en el cuerpo de élite nazi por su propio gusto y, que se sepa, no cometió tropelía alguna, porque incluso en las SS los grados de responsabilidad difirieron.

Por tanto, el reproche que se le puede dirigir es de orden ideológico y de ocultación. Y, sobre todo, de haber explotado durante toda su vida la imagen del antinazi profesional, pues haberse distanciado y modificado sus opiniones políticas –máxime partiendo de una etapa juvenil en que no pudo conocer otra cosa– no parece constituir pecadillo alguno sino más bien al contrario. Pero el fustigador implacable de hipócritas y nazis encubiertos y desmemoriados termina dando ciento y raya a todos sus perseguidos. El autoinvestido de conciencia moral de Alemania, opuesto a cualquier causa nacional alemana porque sabe que eso se vende bien en el país (por ejemplo, la reunificación), tabarrista impenitente para ejercer de Pepito Grillo en toda ensalada y todo sarao, se destapa como excelente oportunista perpetuo. Un progre de los pies a la cabeza: la eterna voz utópica para dar la lata, pillado con las manos en la masa. Y, encima, para promocionar su último libro.

No obstante, contrasta el tratamiento que se da en prensa y medios intelectuales europeos al asunto Grass con la campaña desatada el año pasado contra la elección –y la persona– del Papa Ratzinger, cuando su participación en la guerra (al acabar ésta contaba dieciséis años) se limitó a formar parte de una unidad Flak antiaérea. Y es que hay alemanes y alemanes. Pero aquí no se someten a discusión los méritos literarios de Grass (El rodaballo y El tambor de hojalata figuran con razón entre las mejores obras de la literatura europea), ni se pretende desposeerle del Premio Nobel –esas interferencias de lo político con lo artístico siempre nos han resultado abusivas y, curiosamente, suelen proceder del campo que tanta fama y bonanza proporcionó a Grass– o de otros galardones serios: la concesión del Príncipe de Asturias no la tomo en consideración por el modo arbitrario, caótico y partidista con que se otorga.

Vivimos en un país donde el camaleonismo político, con sus correspondientes repartos de beneficios en lo social y cultural, es norma muy extendida; quienes ahora mismo azuzan al enfrentamiento esgrimiendo la llamada "memoria histórica" fueron frecuentemente beneficiarios directos o indirectos, como mínimo, del franquismo, o colaboradores en la medida en que la edad lo permitió. Por tanto, es normal que los hispanos homólogos de Grass defiendan a su congénere. Y aquí son legión. Ya no es sólo el Polanco vendedor de libros o los archisabidos casos de Cebrián o Haro Tecglen, afortunados trepadores en el engranaje de propaganda del Régimen. Son el papá de la Narbona en esa misma área, el de la provecta vicepresidenta, el de Bono, el abuelo de Rodríguez al que nunca menciona (tal vez por ser un médico respetable y respetado digno de toda consideración), las bequitas de Maragall en Estados Unidos, los orígenes de Barrionuevo...Un sinfín de personas cuyas responsabilidades e implicaciones con el franquismo variaron, pero de las cuales sus retoños se aprovecharon ampliamente, aunque ahora sienten plaza de rojos utópicos, justicieros y otras boberías verbales semejantes. Y si se limitaran a pasar página, promover el entendimiento y admitir que a uno a veces le tocan circunstancias que no busca, aun podríamos hacer la vista gorda en aras de la convivencia. Pero no, en los últimos años están empeñados –como Grass– en desenterrar cadáveres y publicar esquelas por fusilados en agosto de 1936, naturalmente con cargo a corporaciones públicas, por ejemplo de Sevilla.

Un caso, el de Grass, demasiado repetido, visto en exceso, de sobra lamentable, por la desconfianza en el ser humano que ahonda. Un caso que tenemos bien cerca con múltiples caras, con desvergüenzas infinitas.

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