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Serafín Fanjul

Carroñeros

La izquierda española no ha inventado la doble vara de medir –ni casi nada- pero la aplica con entusiasmo cuando el objetivo es aplastar y liquidar al contrario, por irracional e injusto que termine siendo.

Serafín Fanjul
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Un observador desapasionado o que, al menos, intente establecer juicios equilibrados, puede encontrar una nutrida lista de accidentes acaecidos en el mundo en los más variados campos y circunstancias: desde las transfusiones de sangre contaminada con sida que se inyectaron a centenares de hemofílicos en Francia hasta el accidente nuclear de Three Miles Island ocurrido en Estados Unidos, pasando por el pavoroso de Chernobil. Pavoroso por los irresponsables antecedentes tanto como por el tratamiento que dieron a la crisis las autoridades, por entonces soviéticas. Si nosotros tuvimos Ribadelago, los franceses tuvieron Fréjus, Holanda rotura de diques, Alemania inundaciones hoy sí y mañana también en el Elba, como Portugal del Duero en Oporto, o toda la cuenca danubiana por causa del río que le da nombre.

Los motivos son en ocasiones naturales (seísmos, huracanes, lluvias, volcanes, etc.) y en otras, fallos humanos por negligencias, errores de cálculo, codicia de constructores o, simplemente, desprecio de gobernantes y poderosos hacia sus conciudadanos, súbditos o sometidos. Cada caso es un mundo que requiere matización, estudio y exigencia de responsabilidades, si hay razón para pedirlas. En no pocos ejemplos el accidente entra en el cómputo de probabilidades estadístico y ya sabemos que si en tal fecha circulan tantos vehículos por las carreteras, se producirá un determinado número de muertos y heridos, sin remedio. Cabe paliar o suavizar tan indeseables resultados, pero es imposible evitarlos al cien por cien. Todo esto es conocido, aunque los individuos, por causas comprensibles, nos resistamos a aceptar que nos tocó la estadística.

Sin embargo, de manera muy acentuada, en nuestro país en los últimos tiempos se ha patentado el uso de la desgracia como arma política y la autodenominada "izquierda" ha impuesto una peligrosísima moda, no ya de exigencia de responsabilidades, sino de culpabilización inmediata y automática de la administración si ésta no pertenece a su panda. Es evidente el doble juego: basta un apagón en varios distritos madrileños para que se lancen –se lanzaron– a vocear que aquello sucedía porque se trataba de "pobres" (también se vio afectado el barrio de Salamanca, pero eso no inmutaba a los justicieros despotricadores), pero la caída de un avión cubano por desprendimiento de un ala (que ya es para Matrícula de Honor en el capítulo de las negligencias) no suscita el más mínimo comentario y quien ose mencionarlo arrostra el peligro cierto de ser apostrofado como fascista.

La izquierda española no ha inventado la doble vara de medir –ni casi nada- pero la aplica con entusiasmo cuando el objetivo es aplastar y liquidar al contrario, por irracional e injusto que termine siendo, y hasta peligroso para ellos mismos, dada la posibilidad de que se les vuelva en contra. Pero su carácter amoral, sin más principios ni objetivos que el ejercicio del poder, con previsiones de hoy para mañana, les induce a practicar tan indefendible oportunismo de manera sistemática desde 2002, valiéndose de su apabullante hegemonía mediática y aprovechando cualquier resquicio para denigrar y socavar al PP, sin importarles siquiera estar dinamitando al mismo Estado (achaque bien peregrino, tratándose de supuestos izquierdistas), como hicieron cumplidamente el 12 y 13 de marzo de 2004. Por descontado, quienes "querían saber" el día 13 –cuando no había tiempo material ni sosiego–, dos jornadas más tarde ya no querían saber nada. Y así siguen, ocultando lo ocurrido, con el inestimable concurso de sus juristas de servicio.

Sin duda, la utilización del 11 de marzo –aunque no fuese un accidente– ha sido el caso más desvergonzado y grave, por la cantidad de víctimas y por el giro en la política nacional que acarreó, un vuelco hacia el arrasamiento del Estado y la nación, pero ni fue el primero ni será el último. Prendieron la traca con el Prestige y con el apoyo fervoroso de legiones de oceanógrafos, ingenieros navales y expertos en derecho marítimo sobrevenidos en mucho menos de horas veinticuatro, montaron una campaña bestial de acoso contra Fraga, Rajoy, Aznar, aunque éstos hacían lo que podían implementando medidas paliativas e indemnizaciones y tomando la única decisión posible, por mala que fuese: alejar el barco de la costa.

Cuatro años después los jueces y el propio PSOE, con sordina y boquita chica, dan la razón a las autoridades de entonces y se admite que hicieron cuanto se podía en un accidente provocado por armadores filibusteros y por un capitán que debería continuar en la cárcel. Pero no era suficiente. Había –hay– que proseguir la tarea en cualquier área, región o circunstancia donde se les dispute el poder o los españoles no nos sometamos a su indeseable gobierno. Calcaron la plantilla con el Yak y en el hospital Severo Ochoa, si bien la siempre indiscreta videoteca nos muestra, en los primeros días, a un Simancas justiciero que casi acusaba a Esperanza Aguirre de ser ella quien apiolaba a los enfermos y, en todo caso, favorecía complaciente la eutanasia, para pasar meteóricamente a comprender que la tostada buena se untaba mejor azuzando a los médicos para armar bronca. Ejemplar.

Quienes clamaron por la muerte de mejillones y percebes bloquearon y siguen bloqueando en el parlamento regional y en el nacional las investigaciones sobre la muerte de los bomberos de Guadalajara y la quema de los montes, como hicieron en Huelva el año anterior. La doble vara de medir, eterna. Si no actuaran de forma tan sucia, podríamos concederles el beneficio de la duda y admitir que, también, con un gobierno socialista pueden incidir imponderables, factores imprevisibles, circunstancias funestas que escapan a la responsabilidad humana y cuyo resultado final es catastrófico. Y, por tanto, no sería justo achacar a uno u otro grupo político el desastre. Pero su permanente proceder miserable no sólo les descalifica, también nos obliga a los españoles no implicados en su negocio a pasarles por el mismo rasero. Allá ellos, que han destapado la caja de los truenos soltándolos a discreción, con virulencia que estiman bien calculada.

Ahora le toca el turno al accidente del Metro valenciano. Sin calibrar que la propaganda tiene límites y que su saturación puede provocar efectos de rebote, se largan a explotar la memoria de cuarenta y dos fallecidos y el dolor de sus familiares. ¡Vale todo! Con el designio de compensar entre los valencianos la pésima imagen que el PSOE se ha ganado por sus acciones y omisiones (inversiones, infraestructuras, trasvases) encaminadas a machacar a Valencia en beneficio de Cataluña, arremeten contra Camps, como antes hicieran con Esperanza (y siguen). Confiamos en que la inmensa mayoría de valencianos comprenda la maniobra –independientemente de que se investigue el accidente en todos sus extremos– y premie a los carroñeros con la inmundicia que merecen. Y, por cierto, el 7 de julio leo en el diario El País que el PP se niega a formar una comisión de investigación; de seguida, leo en ABC exactamente la noticia contraria: ¿quién de los dos miente? En los próximos días se aclarará el enigma.

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