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Rio Cabe

Castellana Matata

España es la nación más rica del mundo. Y si alguien lo duda, que repase nuestra historia remota o, meramente, lea los periódicos. El gusto por el despilfarro, con los dineros de la olla grande, claro, viene de la noche de los tiempos. Ojeen un poco los Avisos de Barrionuevo (el Bueno), en pleno siglo XVII, y verán lo que eran fastos y boatos en un país que ya no estaba para alegrías del bolsillo. El hombre lo denunciaba a su aire apuntando directo al Philipo que como rey le tocó en suerte, mas sin mucho éxito, por circunstancias bien conocidas.

No haremos una relación de los derroches hispanos, aunque resultaría sabrosa. Sólo recordaremos que en épocas mucho más recientes un alto dignatario norteamericano comentó, tras visitar el Valle de los Caídos, que su país no era tan opulento como para financiar una obra de tal porte. Al margen de la ironía o la notable exageración del yanqui en todos los sentidos (de hecho, en Estados Unidos sí hay monumentos que se pretendieron grandiosos y se quedaron en caros) y del alcance político de nuestro Valle, o de su valor estético (que lo tiene, pese a quien pese), podemos convenir en que la construcción de Cuelgamuros costó unos cuartos en tiempo de apreturas, como poco.

Hace dos noches, por los salones de un hotel de gran lujo de la Castellana pululaba un nutrido grupo de personas de raza negra: ellas, con sus coloristas uniformes de africanas oficiales que tanto popularizó nuestra anciana vicepresidenta remedando La Rosa del Azafrán, ellos de acompañantes de obligado cumplimiento con sus vaporosos y holgados ropajes tan poco aptos para salir de ronda en la gélida noche madrileña. Tampoco faltaban varias niñas igualmente ataviadas con faldomentos y turbantes variopintos y chillones, muy útiles para pasar frío. Pero eso... ¿qué quieren que les diga? Con sus temblores se lo coman.

Sin embargo, me llamó la atención, más que lo inadecuado de la vestimenta por folklórica que parezca, la eficaz manera con que aquellas personas, en tropilla clánica o familiar (la familia que viaja unida, permanece unida) echaban su cuarto a espadas para combatir la pobreza, la marginación y –si me apuran– hasta el racismo que los africanos (y africanas) soportan por culpa de las infames potencias coloniales. Los egregios visitantes –y visitantas, apostillaría Dixie– demostraban de pragmático modo que la solidaridad bien entendida comienza por uno mismo. Me pregunté con malicia que de casta aldeana viene, quién pagaría la cuenta del hotel y los pasajes del llamativo grupo: las señoras, los maromos no menos solidarios y las churumbelas, desde luego, no. Y la pregunta, en realidad, se quedó corta ante la duda que, de seguida, me asaltó: cuántas de ellas, niñas incluidas, estarían (estarán) adecuadamente mutiladas, como exige el ineludible respeto multiculti que todo progre de bien ha de profesar cuando cursa una invitación.

Al día siguiente, 7 de marzo, comprendí que el asunto era mucho más crudo de cuanto mis observaciones folklóricas podían vislumbrar: el siete y ocho de los corrientes se celebraba en Madrid, con la Reina y la venerable María Teresa presentes, el "II Encuentro España-Africa, Mujeres por un Mundo Mejor", impulsado por España y Mozambique con el fin de hacer realidad "el ideal de romper los espacios de discriminación en los que viven millones de mujeres en el mundo". Aclaro –para descargar mi alma de la responsabilidad de utilizar semejante prosa tecnoprogre– que el párrafo precedente está copiado de los periódicos. Y al evento han asistido quinientas prójimas africanas, con lo cual multiplicando por el número de maromos vestidos de blanco o azul y de niñas enturbantadas o empañueladas nos sale por un pico. Ante tal esfuerzo solidario habría que oír al pobre Barrionuevo (el Bueno) que tanto se escandalizaba porque la caza de una zorra o dos conejos por parte de su Felipe IV costaba al erario veinte mil reales, maravedí arriba, maravedí abajo.

Aquí no duelen prendas: si a los áulicos consejeros de Rodríguez se les ocurre la genialidad de la Alianza de Civilizaciones, éste tira de chequera y apoquina hasta por los helados que se coman Kofi Annan o Mayor Zaragoza, otros solidarios de pro; si Rubalcaba implora la ayuda marroquí o mauritana para disimular un poco en el coladero de las fronteras, allá van todoterrenos, motos acuáticas y de las otras, lo que sea; si Moratinos finge negociar algo con los subsaharianos para que no nos manden más compatriotas de los que jamás pisarán el hotel Villamagna, extrae el talonario. Y así. Y lo mejor de todo viene con los resultados: patada en la boca por colonialistas y ricos a la primera ocasión. Pregunten a los policías maltratados en Mauritania y abandonados por nuestro gobierno. Y es que estos imprevisores funcionarios cometieron dos errores: presentarse en África sin las ropas adecuadas y sin saber cantar el Akuna Matata. María Teresa debería darles clases.

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