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Serafín Fanjul

Ciegos en Gaza

Han inventado –o copiado, qué más da– una alianza de civilizaciones que es mera pantomima, inoperancia intelectual de personas que no dan para más, con los ojos estratégicamente cerrados, los oídos bien cubiertos y las lenguas anestesiadas

Serafín Fanjul
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Gaza no es el mejor lugar para vivir: los campos de refugiados convertidos en barriadas a su aire, con servicios lamentables o sin servicio ninguno, hacinamiento, suciedad, vertederos, incuria, corrupción y…además el conflicto con Israel aprovechado por quienes quieren perpetuarlo para, en paralelo, seguir obteniendo dinero y poder de la miseria de la mayoría de los palestinos. Los buenos dineros que los europeos apoquinamos como ayudas a fondo perdido se esfuman por los mil boquetes de la burocracia. No es un buen sitio para vivir, pero tampoco para morir, a los veintidós años, asesinada por la barbarie con nombre religioso.
 
Hace unos días Yusra al-‘Azami, culpable de pasear con su prometido (y con su propia hermana de carabina) y cargada de bendiciones familiares para el paseo porque la boda ya estaba próxima, era ametrallada y su cadáver machacado a golpes por una “brigada antivicio” perteneciente a la banda terrorista Hamás, esa que Moratinos anda publicitando por Europa. Dado que la inmensa mayoría de los matrimonios se conciertan entre los clanes no es aventurado imaginar que esa relación –por demás honestísima, hasta hacernos sonreír– gozaba de todas las aprobaciones sociales y esta pobre muchacha se hacía la ilusión de ir conociendo píldoras educadas y corteses del carácter de su futuro. Y si no fuera así, da igual: ¿quién ha investido a tales alimañas de derecho alguno sobre la vida de Yusra? La respuesta, por desgracia, es bien sabida: “Alláh”, dicho con el dedo índice de la mano derecha enhiesto hacia el cielo. Ante la enormidad y sinrazón del crimen la Autoridad Nacional Palestina se ha visto forzada a investigar los hechos y –parece– a detener a alguno de los asesinos, algo exigido por la lógica mínima, incluso en Gaza.
 
Pero surgen preguntas que ya se han intentado atajar contestándolas antes de su formulación efectiva. “Esto no es el islam” resumiría las explicaciones aun no pedidas (Excusatio non petita acusatio manifesta, recordamos) y como principio general, abstracto, podríamos aceptarlo porque, desde luego, no todas las musulmanas que caminan un ratito, recatada y púdicamente junto a su novio, son asesinadas, lo cual significaría merma muy cruda para las expectativas demográficas de la Umma. Aunque tampoco sobra recordar que en no pocos países el novio sólo ve a la novia el día de la petición o en reuniones exploratorias con las familias delante. O ni eso.
 
Pero el verdadero problema reside en la frecuencia espeluznante con que casos parejos se reproducen en los países islámicos o en las comunidades de inmigrantes musulmanes en Europa. Los más conocidos y aireados son los típicos “crímenes de honor”, cuando los parientes asesinan a la chica, más o menos casquivana y dentro de las ingenuidades –y poco más– que las circunstancias suelen permitir a las jóvenes de esa sociedad. A veces, numerosas, encargan el crimen a un menor por estar exento de responsabilidad penal, pero lo más corriente es que sea el padre el encargado del lavado sangriento asesinando a la transgresora, aunque perdiera la virginidad en una violación. Para ser ecuánimes, debemos mencionar que en las sociedades mediterráneas “el honor” –en tiempos por fortuna ya lejanos y con excepciones irrelevantes en los planos social y estadístico en la actualidad– se entendía en formas similares, si bien nunca en los términos cuantitativos y cualitativos de lo que sucedía y sucede en la parte islámica del Mare Nostrum: las memorias de Osama ben Munqid (siglo XII), por poner un solo ejemplo, son bien expresivas del espanto y desprecio que producía entre los musulmanes la libertad de las mujeres de los cruzados.
 
Pero el caso de Yusra ni siquiera es eso, no se trata del honor familiar mancillado, sino lisa y llanamente del derecho que se arrogan los intérpretes de Dios a imponer su propia voluntad mediante el terror: “La rama que se tuerce, hay que cortarla con sierra” sentencia un romance popular egipcio aludiendo a un caso semejante. Y en eso están. La presión sobre el individuo que en el islam ejerce la comunidad se materializa a través de la coerción y el temor al que dirán, primer paso de una cadena de represalias muy graves, caso de persistir en alegrías rompedoras de ningún género. El asesinato de Yusra es el último peldaño de una escalera que se comienza a subir cuando hombres adultos se esconden en el retrete para fumar en las horas prohibidas de Ramadán, en una sociedad represiva hasta la médula cuyos excesos sólo provocarían risa si en ellos no estuvieran implicados la felicidad, el sosiego y hasta la vida de tantos seres humanos. La muerte de Yusra es una tragedia horrible, pero sólo constituye la superficie del iceberg de muchos dramas más pequeños y menos sangrientos y espectaculares. El libro de Khaled al-Berry , Confesiones de un loco de Alá (Madrid, La Esfera de los Libros, 2002) recoge un buen elenco de ejemplos que aquí no podemos detallar, pero que recomendamos leer.
 
Y llegamos a los ciegos. Propiamente, no viven en Gaza sino en Frankfurt, Roma o Madrid y, sobre todo, en La Moncloa. Han inventado –o copiado, qué más da– una alianza de civilizaciones que es mera pantomima, inoperancia intelectual de personas que no dan para más, con los ojos estratégicamente cerrados, los oídos bien cubiertos y las lenguas anestesiadas por el peor oportunismo político. Con ellos no van las Yusras y sus cuitas, ni las argelinas ametralladas por llevar falda o quitarse la pañoleta, ni las niñas egipcias mutiladas con el amparo decidido del islam oficial (no me expliquen que la ablación no es una costumbre islámica de origen porque ya lo sé). La muy diver, chuli y guay multiculturalidad no está para tamañas zarandajas, lo suyo es trincar lo que se pueda y envolverse en la bandera de la ética universal. Qué buena vista disfrutan en realidad estos ciegos.

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