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Serafín Fanjul

Contra Israel

Como en el caso de Sadam Husein, aclararán que ellos no defienden la teocracia y el reaccionarismo islámico, sino la paz y los prados con margaritas.

Serafín Fanjul
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Es una vieja historia. Las persecuciones y preterición antijudías en el mundo europeo y mediterráneo se remontan a tiempos anteriores a Cristo. No podemos ir tan lejos, pero sí recordar que durante toda la Edad Media las acusaciones contra las comunidades hebreas establecidas en Europa –a causa de la Diáspora forzada por los romanos o por migraciones anteriores– se basaban en dos puntos fundamentales: deicidio y practicar la usura. La culpa se lanzaba de forma colectiva sobre todos los judíos, como si los nacidos en el siglo XIII hubieran intervenido en la muerte de Cristo y como si todos fuesen prestamistas. También se olvidaba algo elemental: Cristo también era judío, aspecto de la cuestión que suscitaba interesantes asuntos teológicos imposibles de abordar aquí. Pero, básicamente, se trataba de un grupo endógamo –y por tanto poco simpático ya de partida– al que se colgaban sambenitos milenarios.

En frecuentes ocasiones se pasaba de la antipatía a los hechos, con el consiguiente asalto de juderías y destrucción de cuanto documento de préstamo había a mano, amén de saqueos y no pocas muertes. En el lado musulmán del Mare Nostrum y en al-Andalus la situación no era mejor: para abreviar el cuento, remito a los lectores al excelente libro de Bernard Lewis "Los judíos del Islam" (Madrid, Letrúmero S.L., 2001) con la recomendación de que –si tienen la suerte de ver un ejemplar– no lo dejen en la tienda.

La Inquisición, refundada por los Reyes Católicos, la expulsión de 1492 y la persecución de conversos sospechosos en su fe cristiana son capítulos poco honrosos de nuestra historia, sin que se mitigue la gravedad de esos acontecimientos con el recuerdo de las persecuciones y pogroms que periódicamente padecían los judíos de la Europa Central y Oriental. Una animadversión generalizada cuyo desenlace más trágico tuvo lugar en la Alemania nazi que, por cierto, contó con la decidida y voluntaria cooperación de legiones de franceses, belgas, polacos, eslovacos, croatas, rusos, etc. No hay la menor duda de que en el imaginario colectivo de los pueblos occidentales "los judíos" ocupan un espacio poco florido, en el más suave de los casos y la circulación de expresiones ofensivas, todavía, en el habla popular, documenta bien la bajísima conceptuación social que se les adjudica. Nada de esto está muerto en las reacciones de una "izquierda" española tan escasa de lecturas como ahíta de consignas.

Hasta principios de los noventa la "izquierda" fue proisraelí y antipalestina (sugiero acudir a la hemeroteca y consultar el diario El País, si es que ése es un periódico "de izquierdas"), pero por arte de magia –sería bueno saber por qué–, por aquellas fechas, PRISA encontró la Verdad y la Vida en su peculiarísimo Camino de Damasco, y la opinión autotitulada "progresista" giró 180 grados y dio con la asociación –tan difícil anteriormente- entre sionismo e imperialismo americano. Con lo cual los repugnantes dictadores árabes –ya se trate de tiranos coronados o de asesinos en masa, de origen militar o de partido único– se convirtieron en especies dignas de protección, aunque su extinción diste mucho de estar próxima. Se pasó a defender a cuanto terrorista esté dispuesto a propagar la revolución o el islam poniendo bombas en Occidente y ahí tenemos, burla burlando, al Llamazares Pico de Oro manifestándose a favor del Hezbolá proiraní (responsable solidario del exterminio de los comunistas en Irán: también se manifestó con gran vistosidad por Sadam, eficaz aniquilador de los comunistas iraquíes) y tenemos al siempre airoso Zerolo en la misma tesitura, enarbolando su pancarta de amor prochií y obviando el bonito número de 6.000 homosexuales ejecutados en Irán desde el triunfo de la "revolución" jomeinista (¿qué dirá ahora Juan Goytisolo, que tanto la defendió en los años 79-80?).

Como en el caso de Sadam Husein, aclararán que ellos no defienden la teocracia y el reaccionarismo islámico, sino la paz y los prados con margaritas y, si acaso –los más atrevidos–, reconocerán el justo derecho al empleo de la violencia por "el pueblo", por aquello de la liberación y bla, bla, bla. Pero jamás admitirán que sin guerra de Irak, Sadam Husein seguiría plácidamente gaseando kurdos, exterminando iraníes en sus guerras imperiales y asesinando a cientos de miles de iraquíes, como ya hizo. Ni admitirán que, si Israel no se defiende, Hezbolá y Hamás continuarán su hostigamiento permanente a base de asesinatos en goteo: un colono, dos conductores, ocho ferroviarios, cuatro escolares, treinta y cinco pasajeros de un autobús... Las noticias cotidianas, vaya. Nada de importancia para los muy selectivos amantes de la paz, nunca detectados manifestándose con los españoles víctimas del terrorismo (ya se sabe, ¡son fascistas!) o contra los asesinos etarras, por ejemplo en el Festival de Cine de San Sebastián. Prefieren conflictos lejanos y cuidadosamente elegidos: nada de Sudán, de Sierra Leona, Costa de Marfil, Congo, Ruanda, Timor Oriental... Y a propósito, ¿qué me dicen de las tropas españolas en Afganistán? ¿En qué difiere nuestra presencia en ese país respecto a Irak? Zerolo y Trini, Pepiño y Rodríguez, Moratinos y Alonso, iluminadnos, porfa.

Un aguerrido rebaño de pisaverdes oportunistas que cuando en España pintaban bastos jamás se mojó en nada, bien emboscados en sus madrigueras, ni arriesgó un adarme de su situación personal por compromiso político de ningún género, se lanza ahora enardecido a las calles. ¡Han descubierto la paz y la justicia universales! Coherentes como son, redactan peligrosos manifiestos, difunden arriesgadas recogidas de firmas, promueven utilísimas cuestaciones. Todos contra Israel. ¡Cuánta lucidez, cuánta integridad, cuánto valor!

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