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Serafín Fanjul

De cine

nuestros cineastas se van a lo fácil o a cobrar servicios políticos prestados, olvidando adrede, incluso, que en los gloriosos años del gonzalato fueron en los que se produjeron menos películas de toda nuestra historia (44 en 1995)

Serafín Fanjul
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Nada más soy un espectador. O nada menos. Carezco por tanto, como casi todos mis congéneres en este terreno, de certidumbres sobre las presiones, boicots personales, contactos privilegiados, información y, en definitiva, acceso a los fondos del presupuesto, seguridades que manejan con soltura –o no– productores, directores, guionistas, actores. Tampoco puedo extenderme con fundamento sobre distribuidoras, mercados, comercialización o costes, pero sí está a mi alcance, sin ser un cinéfilo pelmazo, opinar sobre los resultados que veo o, más bien no veo, dada la endeblez y vacuidad de las producciones hispanas. Y para empezar debería aclararse si, en realidad, son hispanas y en qué modalidad o grado.
 
Nuestro presidente por accidente –temblad, filisteos– lo ha dicho muy claro: “Vosotros representáis mejor nuestros vivires y sentires y etcétera”. Y, como tantas veces, no sé de qué habla este hombre. De la realidad, desde luego, no. Y recuerdo un Festival de Cine de La Habana –hace algunos años, no muchos– en que una de las películas españolas mostradas era una cinta rodada en inglés, en Londres, con actores ingleses y sobre una insulsa historieta de cuernos a la inglesa. Los cubanos que me rodeaban se hacían cruces (laicas, por supuesto, serénense los progres) ante tanta majadería, con el añadido de ir por el mundo (y a un país de lengua española) enseñando aquello como cine español: ¿quién lo había seleccionado para representarnos? Y no es el único caso. Incluso directores dignos de respeto han incurrido en pareja pirueta esnob y resultona, que justifican con la apertura de mercados, aunque luego tienen buen cuidado de endosarle al público español las tales producciones bien dobladas. Y sería bueno conocer cuánto han penetrado de hecho en otros mercados con esas cintas. Por supuesto, nadie se mete en el derecho de productor y director a rodar en el idioma que les cuadre y sobre los argumentos que prefieran. A nuestro juicio la cuestión estriba en que, de haber subvenciones, ayuditas y demás no van a solicitárselas al cosmopolitismo, a la hermandad entre los hombres (y mujeres) o a la caída de fronteras, sino al ministerio de Cultura de España y en que, por si fuera poco, se largan mundo adelante exhibiendo eso como cine español, mientras llega el día gozoso en que, por fin, desvelo sobre desvelo, puedan mostrarlo como cine de Navaluenga, o catalán, o de Euskadi o Albacete. Y ahí sí que Rodríguez será infalible y eficaz.
 
Pero el problema central no es la lengua, sino la identificación, factor más fuerte que el de descubrimiento en el aprecio de toda obra de arte. ¿Nos vemos representados en la galería de tarados que pueblan las películas de Almodóvar? Yo no conozco a casi nadie que encaje en esas caricaturas. Y como farsa basta con una, pero el genio manchego no se apea de la burra y reproduce sin tregua las mismas gracietas, similares travestidos, idénticas paradojas: qué bostezo, oiga. Nos permiten identificarnos a infinidad de españoles con las versiones monótonamente sectarias de la Guerra Civil, con las tribulaciones de niños y marujas de Entrevías reproducidas ad nauseam con troquel, con la banalidad de historias de cama que a duras penas arrancan una sonrisa? ¿Cómo verse retratado en un churro como la Lisístrata de Maribel Verdú, aunque éstas ya sean palabras mayores? ¿De verdad piensan nuestros peliculeros que la sociedad española –toda– es tan huera y necia, que no merece otra cosa sino Torrentes, Mortadelos y Años Marianos? Y son las películas que dan pasta.
 
Sin embargo, depongan quienes pretendan esgrimirlo, el ingenioso argumento de que cine español no debe ser sinónimo de Macarenas, Cármenes, Noblezas Baturras y mucho color local, porque ya lo sabemos. Todos hemos viajado, hemos leído y estudiado y –creemos– aprendido la mucha relatividad de valores identitarios y principios espirituales que se pierden en la noche de los tiempos. Pero entre las Macarenas y el no saber estar, el ignorar quiénes somos, hay infinitos grados intermedios. Mal podemos identificarnos con un cine español que rabia por parecer americano. Y en versión cutre. ¿Por qué no son capaces de hacer cine histórico de buena calidad, o de aventuras, o musical? Con verdadera nostalgia recordamos una película tan hermosa e inteligente como El perro del hortelano de Pilar Miró que, por cierto, era socialista, aunque bien aperreada por otros socialistas; o recordamos la Juana la Loca o El Dorado de Aranda y Saura, pese a los anacronismos y boquetes históricos que presentaban. Pero mal asunto es que podamos rememorar títulos concretos: significa que muchos más no hay. ¿Por qué no leen nuestra literatura cercana o lejana y se atreven a realizar una maravilla como El Abuelo de Garci? ¿Por qué no leen nuestra historia y se enteran de quiénes son para llevarlo al cine? ¿Por qué no leen, simplemente?
 
Hay muchos sectores de espectadores potenciales, pero nuestros cineastas se van a lo fácil o a cobrar servicios políticos prestados, olvidando adrede, incluso, que en los gloriosos años del gonzalato fueron en los que se produjeron menos películas de toda nuestra historia (44 en 1995), como ha demostrado de forma irrebatible T. Demicheli en un reportaje bien marginado. No quieren mirar a lo concreto si no es para pedir o para culpar a otros. Y aun en ese campo de las interferencias políticas –el retraimiento de castigo de buena parte del público– rehúsan entender que se les ha visto demasiado el plumero: la miserable imagen que dieron en los Goyas de 2004 negándose a aceptar corporativamente ¡una pegatina! de las víctimas del terrorismo no la olvidaremos jamás. No es sólo que se escaqueen y racaneen en el festival de San Sebastián para nunca condenar a la ETA, es que sus preocupaciones solidarias empiezan y terminan con tiranos tercermundistas. Apelan al patriotismo para llamarnos a taquilla mientras, ante nuestras narices, desprecian y ofenden a los españoles asesinados por ser sólo eso, españoles. ¿De qué cine español están hablando si no se percatan de la contradicción en que viven al rechazar a puntapiés al sector de espectadores que más podrían apoyarles? ¿Creen que la presencia del nuevo Príncipe de la Paz reforzará el deseo de ver películas españolas? ¿No comprenden que esa proclama de ser de izquierdas, incluidas cataratas de coba, les va a enajenar todavía más la simpatía de muchos? Tal vez piensen que el descubridor de las retiradas preventivas no llevará espectadores a las salas, pero que ellos sí engordarán las subvenciones, que es de lo que se trata.

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