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Serafín Fanjul

Descubrir América

En suma, un aire de cháchara inane, de hablar por hablar, porque toca, según el calendario. Los años pasan y el distanciamiento entre España y América es cada vez mayor. Paradójicamente, nos conocemos menos

Serafín Fanjul
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Entre las conmemoraciones que anualmente nos apisonan el ánimo, la del Doce de Octubre es la peor, la que más me aplana. De las otras es fácil librarse: basta con pasar la página del diario, apagar la radio o cambiar de canal, porque prescindir del Día del Pastor Sin Cabras, del irrenunciable recuerdo por los no sé cuántos años de la muerte de John Lennon o de cualquier otra bobería político-comercial, está tirado, como decían los castizos. Pero la llegada inexorable en el almanaque del día de nuestra fiesta nos provoca de nuevo y a las claras sentimientos de frustración e impotencia que, como miembros de una comunidad inepta, vivimos de manera larvada a lo largo del año.

Una vez cayó el decorado de cartón-piedra que erigió el franquismo en torno a la Hispanidad –que, desde luego, no había inventado– y salimos al exterior, como individuos y como grupo humano, descubrimos y hubimos de aceptar, porque no había otra, que los egipcios vivían tan ricamente sin tener ni idea de quiénes fueron Magallanes o Elcano; que numerosos ingleses –oigan, que no exagero–, siempre encantados consigo mismos, están persuadidos de que Colón era inglés pues, no en balde, se llamaba Christopher; que las hazañas de éste o aquel conquistador eran tenidas –y así proclamadas en los lugares donde actuaron– como pura barbarie y latrocinio. Las conclusiones inmediatas y prácticas son evidentes: el ensimismamiento de los árabes en su propia cultura-incultura les limita el conocimiento del exterior, la ignorancia de los anglosajones es enciclopédica, o la autojustificación de las repúblicas independientes hispanoamericanas les exige denostar a los antiguos poderes virreinales, tanto para legitimar su propia existencia como para culpar al pasado de la catástrofe en todos los órdenes que, minuciosamente, organizaron los criollos, una vez dislocado y roto todo el aparato administrativo, político y económico que rigió en las Indias hasta 1824. Todo verdad, pero comprenderlo no resuelve nuestro problema.

Bien es cierto que los criollos salvaron lo mejor: la lengua. Porque los españoles –siempre tan clarividentes y con la permanente interferencia de la Iglesia que impedía la difusión del castellano– no le habían prestado mucha atención hasta el reinado de Carlos III (Cédula de Aranjuez, mayo de 1770): ·...si al principio de la conquista se hubiese puesto todo el empeño en enseñar a los indios el castellano, en menos de medio siglo se hubiera conseguido". Y reconozcámoslo: en América se habla español gracias a aquellos españoles de Indias, ganosos de comerse el pastel local sin repartir con la Península y si nuestro país disfruta de relevancia histórica en el curso de la Humanidad se debe a las acciones de todo tipo que aquellos compatriotas realizaron. El asunto es cómo normalizar y colocar en un sitio digno y útil para todos el recuerdo de lo sucedido a consecuencia de aquel 12 d octubre de 1492.

Pero falta racionalidad. Importan poco en esto ingleses, egipcios o malayos, pero sí importa que una tal Hebe de Bonafini –cuyos padres eran del mismo pueblo que mi madre– afirme que el 12 de octubre no hay nada que celebrar, aunque sus rencores particulares también cuenten; que una muchacha tucumana, con madre argentina normal y corriente y padre de Cáceres (España) asegure muy convencida que su verdadera cultura es la quechua; o que en Cuba, donde hasta los negros son españoles y el caldo gallego plato nacional, se reduzca la hispanidad a declaraciones formularias. Por no aducir más ejemplos. ¿Qué hemos hecho mal o en qué estamos fallando? Dando por bueno que nosotros y nuestra Nación seamos los herederos morales de aquel inmenso fenómeno histórico (los sucesores biológicos y materiales son los actuales hispanoamericanos), la cuestión es cómo, después de dos siglos de independencia, no hemos sido capaces de superar los aspectos negativos del pasado.

Y está todo dicho demasiadas veces: todas las conquistas son cruentas; los indios prehispánicos distaban mucho de morar en el Paraíso (cualquiera puede oír lo contrario, literalmente, por doquier, acá y allá); la Leyenda Negra fue utilizada con eficacia como guerra psicológica por las potencias europeas enemigas de España; América se convirtió en garbanzal feraz para la búsqueda del Buen Salvaje, que habría sido exterminado por los españoles (la realidad histórica no fue así, pero a los mitos no afectan tales exquisiteces eruditas); el descubrimiento, conquista y población de territorios descomunales fue un esfuerzo ciclópeo llevado a cabo con una racionalidad y buen hacer que para nuestra contemporaneidad hispana querríamos; el mundo entero y todas sus sociedades y culturas tuvieron conciencia de sí mismos en el conjunto, de la noción de globalidad gracias a nuestros descubrimientos y exploraciones (también hubo otros, después, pero el mapa de Juan de la Cosa es de ¡1500!); las Indias nunca tuvieron sobre sí el status ni el concepto de colonias (hasta el término es de origen inglés y entra en el XIX).

¿Qué hemos hecho mal? El pasado 9 de octubre presencié una tertulia de TV en que se hablaba

de Hispanidad y etcétera. En ella no faltaba ninguno de los ingredientes habituales en el género: la politiquilla catalanilla que anduvo tonteando con el PP y el PP haciendo el tonto con ella y que para la ocasión se vestía de progre repetidora de los tópicos más baratos de la Leyenda Negra; el currito del PSOE que exhibía su ignorancia cósmica y la disfrazaba con aquello tan novedoso y serio de que chinos y vikingos habían descubierto el continente antes que Colón; mi querido Amando de Miguel, que intentaba poner un poco de lógica en el batiburrillo; Agapito Maestre, con mejor voluntad que realismo, pronunciándose por un utópico renacimiento hispanoamericano bajo la égida de la Hispanidad (¿con qué base económica y técnica y qué capacidad actual de España para coordinar nada, no ya dirigir?); dos invitados de allá que resultaron ser indigenistas (¡bingo para los organizadores!)...

En suma, un aire de cháchara inane, de hablar por hablar, porque toca, según el calendario. Los años pasan y el distanciamiento entre España y América es cada vez mayor. Paradójicamente, nos conocemos menos. Los medios de comunicación inmediata (internet y demás) se están utilizando para cruzar insultos entre ambas orillas, el indigenismo –auténtica lacra y amenaza para la libertad, la unidad y la prosperidad de los estados– medra al socaire de oportunistas impresentables (Chávez, Morales, Correa, Ortega, los Castro, con padre de Lugo), y España sigue maniatada por sus propias contradicciones. Por nuestra parte, mientras podamos, continuaremos disfrutando de los textos de Cieza de León, Miguel Ángel Asturias o Vargas Llosa, de la Habana Vieja o Cartagena de Indias, de los montes de Michoacán o la ciudad extremeña que es El Cuzco, nuestra Hispanidad, la que no queremos perder.

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