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Serafín Fanjul

Dimisión general

Nadie cree en instituciones ni gaitas, del umbral de casa para afuera es territorio enemigo, acá estamos todos contra todos y en tanto haya gasolina, fútbol y cerveza no habrá conmoción social que valga.

Serafín Fanjul
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Dicen los árabes: "Si el pescado hiede por la cola, ¡cómo estará la cabeza!". Pero aquí apesta el pez completo, sin distinciones de partes. Mientras algunos siguen siendo responsables tan sólo ante Dios y ante la Historia, la mayoría se aplica entusiasta a su afición favorita, heredada tal vez del hombre de Altamira: ignorar los problemas generales, inhibirse de todo y responsabilizar a otro, celosos en el fondo de los gerifaltes que, en las monedas o amañando leyes o no tan a las claras pero con la misma eficacia, proclaman su irresponsabilidad total, pospuesto el veredicto para cuando el Señor guste mandar. Porque si usted tarda media hora en conseguir un sello en una estafeta de Correos –entre rezongos en la cola kilométrica de la demora– y exige la hoja de reclamaciones, el "espíritu burlón y el alma quieta" que denunció Machado, volverán a dejarle solo, miradas de conmiseración incluidas.

El Faro de Europa no cesa de brillar y reverberar su luz: hace pocas semanas dos delincuentes atracan a treinta personas en un vagón de Metro (quizá todos esperaban que fuese otro quien iniciase la resistencia), pero lo más peregrino no es la pasividad en el momento, más o menos justificada por las armas de los atracadores, sino el nada sorprendente desenlace del episodio al no denunciar el hecho ninguna de las víctimas, constituyendo algo más que una anécdota, y no aislada.

Nadie cree en instituciones ni gaitas, del umbral de casa para afuera es territorio enemigo, acá estamos todos contra todos y en tanto haya gasolina, fútbol y cerveza no habrá conmoción social que valga, como saben bien todos los Francos que han sido, son y serán en nuestro país. Los jóvenes españoles no más se encabritan para exigir bares de horarios eternos, permanencia en primera de equipos de fútbol, o encierros de toros menos fugaces, preocupaciones todas de máximo interés colectivo y particular, por lo cual ya no quedan fuerzas para protestar, por ejemplo, por minucias exóticas, como la desastrosa situación de la enseñanza que sufren-disfrutan ellos mismos. En esta tierra de listos, todos de vuelta de todo sin haber ido a ningún sitio, no tenemos tiempo ni ganas de perderlo en tales zarandajas.

Todos los pueblos se han fabricado su propia mitología, que al menos sirve de modelo utópico de referencia para imaginar a través del personaje literario o del héroe anónimo cómo nos gustaría ser en realidad, puesto que algo –o mucho– hubo de verdadero en el nacimiento de los arquetipos: don Juan Tenorio, don Quijote, el Cid, los majos del 2 de mayo o las diversas Agustinas de nuestra Historia, han sido los nuestros. Mal asunto es que incluso los mitos, como sucede, pasen a engrosar el pelotón de los peluches de trapo de las ferias, objeto de pedradas y pitorreos, porque entonces se descubre que ni somos indómitos, ni generosos, ni abiertos, ni grandes amadores y ni siquiera simpáticos y queda expedito el camino para agricultores que un día se indignan por la quema de sus camiones en Francia y al siguiente acuden encantados a comprar en almacenes franceses, para pescadores que, justamente, quieren defender su trabajo frente a la indiferencia gubernamental, pero que la víspera no sabían de los dos o tres millones de parados. Un padre se lamenta en televisión por la intoxicación etílica de su hijo "y a ver si las autoridades hacen algo en estas cosas", porque, como es natural, él nada tiene que hacer en el asunto... Los ejemplos son infinitos.

Extraño pueblo, que a destellos de buen sentido y cordura –como figurar a la cabeza en donaciones de órganos, o responder al servilismo de TVE yéndose a la cama en un 98 % cuando dedican una noche entera a las elecciones de Estados Unidos– amalgama, superpone y acaba prefiriendo el no te metas, contigo no va y ahí me las den todas.

Dicen que fue el franquismo, los miedos de la postguerra, el ansia de prosperidad –olida en los sesenta por primera vez en nuestra historia– o la americanización del pensamiento (bien acogida por el personal), reducidas todas las expectativas vitales a ganancias de tendero. Dicen. Pero la famosa madurez de los españoles es tema para mucho más largo espacio. Sigue vigente el terrible dictamen de Ganivet (por cierto, muy anterior al franquismo): "Hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos". La tragedia es que ya echamos –echaron– un millón de españoles a los lobos y ahora sólo nos queda mantener el rumbo firme, camino de la zahúrda.



Publiqué el texto que precede en Diario 16 el 3 de enero de 1996 y lo reproduzco aquí con la pesadumbre de saberlo plenamente actual. En aquel instante, aun estaba González en La Moncloa, la economía hacía agua por todas partes y el descrédito de las instituciones era absoluto , por la corrupción y la golfería ambiental. Se auguraba un triunfo notable de José María Aznar y todavía no se había producido el asesinato de Tomás y Valiente, que el sevillano implementó a su favor con pericia y por poco nos da otra vez el susto. Pero esto no importa ya. Lo que sí interesa es que diez años más tarde la nación está siendo arrasada y el estado se halla al borde del colapso, pero la psicología social que arriba denunciamos persiste en sus mañas y truhanerías. Bien es verdad que un sector numeroso –el más sano e idealista– está reaccionando contra la catástrofe; ya veremos si basta.

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