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Serafín Fanjul

¿Dónde termina España?

La población cristiana de ambas ciudades ronda el 60% y la verdad, la verdad, es la única fiable casi al cien por cien.

Serafín Fanjul
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No es que tomemos el título del libro del diplomático jubilado Máximo Cajal, que no renuncia a estrechar la dimensión del tubito internacional en que nuestro país se halla, la idea se le ocurre a cualquiera cuando oímos que, ante un mapa, infinidad de personas en todo ignorantes de las circunstancias de fondo, se manifiestan fervientes partidarias de restituir a Marruecos las ciudades de Ceuta y Melilla. Alguna vez hemos escrito cuán engañosa puede resultar la Geografía si no va acompañada por la palabra –a ser posible escrita– para enmarcar, situar e interpretar la imagen. Esas gentes se quedan en la idea elemental de que un accidente geográfico (cordillera, río, mar, estrecho, desierto, etc.) debe marcar el final de un país. Y la imagen –no lo olvidemos– es uno de los medios de transmisión de información más fáciles de manipular. La inteligencia del lector me evita detallar cómo.

El mentado Cajal responde con desparpajo a la pregunta del título –y de manera inequívoca podemos interpretar, no por mala voluntad ni inventando– que, para él , España termina en aquellos puntos, lugares o líneas que más perjudiciales sean para los intereses globales de nuestra nación, en el tiempo y en el espacio. Y del modo más canalla. Así pues, con originalidad suprema concluye que si Ceuta y Melilla están en la costa marroquí la cosa está clara: hay que entregarlas al país adyacente por eso, porque están ahí. Triunfo de la Geografía y suspenso sin posibilidad de enmienda para la simpleza del egregio pisaverde, otrora traductor de Franco. De tal guisa, los países insulares compuestos por archipiélagos, o los que mantienen enclaves o islas sueltas en otros continentes, o los de inmensas áreas desérticas o selváticas entre sus partes serían pasto merecido de separatismos irreversibles o reivindicaciones de vecinos. La caraba.

Si abordamos el asunto por la vertiente histórica hay que aclarar dos aspectos: es un pésimo argumento, sin tregua repetido en los medios de comunicación españoles por periodistas y políticos, tampoco muy enterados, afirmar que "Ceuta y Melilla son de España desde mucho antes de que existiera Marruecos". Y es un pésimo argumento por la sencilla razón de que no es cierto y, por tanto fácil de desmontar por los marroquíes, que lo esgrimen como prueba de la ignorancia e inconsistencia de la posición española. A menos que, de manera unilateral y caprichosa, decidamos que la historia de ese país empieza en 1956 con su independencia contemporánea. La verdad es la contraria: las sucesivas dinastías que gobernaron el país y constituyeron reinos de dimensiones variables sí señorearon Ceuta y Melilla, hasta el siglo XV. Idrisíes, almorávides, almohades, meriníes, wattasíes las incluyeron entre sus posesiones. Con posterioridad a la conquista hispana, los alauitas intentaron en repetidas ocasiones tomarlas, infructuosamente. Después vino el protectorado hispano-francés y etc.

Sin embargo, el argumento histórico principal es la permanencia continua de España en los presidios [Aclaración imprescindible, por lo confusa que anda esta idea: "presidio", originariamente, no significa "cárcel", sino "guarnición defensiva de frontera" y al enviarse con frecuencia a estos puestos a penados, la palabra acabó tomando el sentido actual]. Una presencia que data de 1497 en el caso de Melilla, o de 1581 (o 1640, según se mire) en el de Ceuta. En todo caso, mucho tiempo. Y una permanencia sin depender de lo que, andando los siglos, sería el "Marruecos Español". En un principio, estas dos ciudades (más las que tomó Portugal en la costa atlántica marroquí) tenían una función de apoyo defensivo a la navegación hispana por el Mediterráneo, para protegernos en lo posible de la endémica piratería magrebí contra nuestras costas y nuestros barcos, junto a otras plazas que se fueron ganando y perdiendo con el paso de los siglos (Orán, el Peñón de Argel, Bugía, La Goleta, Túnez, Trípoli de Berbería, etc.). Tal vez no sobre recordar que el corso norteafricano subsistió hasta el inicio de la colonización francesa de Argelia en 1830. Por lo tanto, de sentimiento de culpabilidad por Ceuta y Melilla, nada de nada: España las mantuvo por una necesidad estrictamente defensiva.

También lentamente se fueron poblando con civiles españoles, a la par que se desarrollaba un incipiente comercio con los míseros alfoces circundantes y aun hoy en día las poblaciones marroquíes aledañas viven de cuanto compran y venden a las ciudades españolas. Y, por cierto, se benefician gratuitamente de los hospitales españoles, que los atienden sin tener por qué. Atención médica, ni agradecida ni pagada, que sin Ceuta y Melilla esas personas no podrían ni soñar. No obstante, a nuestro juicio, el factor principal que imbuye de carácter, de entidad y de esencia a un territorio no es la historia sino la gente que en él habita, su cultura, su visión del mundo y las relaciones humanas y su pertenencia –o no– a un proyecto común, en este caso español. Siguiendo un principio de lógica elemental –y ya desde Fernando el Católico– se consideró la conveniencia de poblar con cristianos a comienzos del XVI las ciudades ganadas por Pedro Navarro (Trípoli, Bugía, Orán) y la orden repobladora del Rey es muy clara ("porque no se podrían luengamente conservar si, siendo toda África de moros, hubiese moros en las dichas ciudades"). Criterio racional donde los haya que los gobiernos de España de un siglo a esta parte han descuidado, por negligencia, por intereses minúsculos, por idiotez, de la que tan sobrados andamos los celtíberos desde hace siglos.

La población cristiana de ambas ciudades ronda el 60% y la verdad, la verdad, es la única fiable casi al cien por cien. No porque la fe ilumine de uno u otro modo, o porque hindúes y hebreos sean sospechosos de nada (son pocos y su disposición a emigrar es siempre mayor), sino por la adscripción natural de los cristianos, decidida y sin ambages, al todo sociohistórico que llamamos España. Y ojalá pudiéramos decir lo mismo de la mayoría de la población musulmana: por desgracia, los hechos apuntan en otra dirección muy diferente.

Un último punto actuante en este conflicto fijo que Marruecos alimenta –y va a alimentar– es la actitud de otras potencias. Estados Unidos –aunque desaparezca el divieso de La Moncloa– no se va a comprometer, en un plazo previsible, contra la postura marroquí; ni la UE ni la OTAN quieren saber nada del asunto; y en cuanto a Francia, la auténtica potencia colonial que sigue rigiendo Marruecos, laborará siempre por debilitarnos, con más o menos claridad. No existe ningún motivo para pensar que hayan perdido vigencia las palabras de Gracián (El Criticón, II): "¿Pues de qué provecho le es a Francia que enriquezca España y se le aumente su potencia?" Por consiguiente, contemos con nosotros mismos, sin esperar ayudas ajenas, ni creer en proclamas de españolidad de quienes no la sienten en absoluto.

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