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Serafín Fanjul

Dos páginas

Estamos recogiendo los frutos de una política organizada de arrasamiento del sistema educativo (Marchesi, oh, Marchesi), de ridiculización y desprestigio social del esfuerzo, el estudio, el sacrificio

Serafín Fanjul
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En un diario de difusión nacional leíamos el pasado día 8 un angelical plañido de un Pedro Núñez Morgades que dice ser “Defensor del Menor”, y a propósito del asesinato de un muchacho en Villaverde a manos de otro joven dominicano: “Hagamos un esfuerzo todos, sin buscar responsables, sino buscando soluciones para saber en qué estamos fallando (…) La sociedad alarmada nos está pidiendo claramente una respuesta coordinada. Tengamos la sensatez de corresponder solidariamente a su llamada. La realidad es que aunque no aumenten los delitos de los menores en número sí lo hacen en gravedad, en reincidencia y cada vez a edades más tempranas. De ello podemos sacar clarísimas consecuencias”. Y a fe que podemos, la primera es por qué y para qué pagamos un sueldo a este señor y sostenemos todo el tinglado de infraestructura burocrática que arrastra. Si su misión y la de su glorioso antecesor es “no buscar responsables” (extremo que le complicaría la digestión) y cumplir de vez en cuando con algún lamento periodístico, es obvio que tal figura sobra de plano. Al igual que está de más la interminable cáfila de “Defensores” que nuestra burocracia democrática ha inventado: Defensor del Menor, Defensor del Pueblo (más los diecisiete “Defensores del Pueblito”), Defensor del Universitario, Defensor del Consumidor, etc. Todos con salario, despacho y mucho cuento y aparato. La defensa hecha metástasis, medio de vida y ninguna utilidad ejecutiva, como si la Constitución, el Código Penal y los tribunales de Justicia no existieran para ampararnos –es un decir– de las seguras alcaldadas de la maraña de administraciones , cuyo número de funcionarios ha pasado, gracias al estado autonómico, de 900.000 a 2.300.000. Y no basta, al parecer, con lo cual se precisa el ejército de defensores de esto y aquello que, a base de generalidades y buenos deseos, nos descubren el Mediterráneo cada mañana, para terminar proponiendo “Hagamos un esfuerzo”, “Todos somos culpables” o “¿Qué sociedad estamos construyendo?”. Y si queremos resolver algo cuando nos toca, a la postre, acabamos acudiendo a la Justicia que, aunque tarde y mal, de alguna forma resuelve los entuertos.
 
Pasamos la página y leemos en la siguiente: “Marcha del porro” en la Plaza de Oriente. Centenares de jóvenes se dieron cita ayer en la Plaza de Oriente para celebrar la ‘Marcha Mundial de la Marihuana’ ante una escasa presencia policial. La concentración que cumple su novena edición en España, se celebra simultáneamente con otras 180 ciudades de 27 países del mundo. La concentración reclamaba la legalización del autocultivo y el final de las multas por tenencia y consumo. Tras la marcha, un reguero de basura quedó sobre la Plaza de Oriente”. Me pregunto si el Sr. Núñez Morgades, cumpliendo sus obligaciones, se encontraba a la cabeza de la manifestación para reclamar el derecho de los jóvenes a emporrarse a discreción, sin trabas ni opresiones dictatoriales, y con el añadido fijo del no menos irrenunciable derecho a ensuciar suelos y paredes, a pelearse con quien les venga en gana o a despreciar las mínimas condiciones de convivencia. Por sobreprotección de la mangancia y el victimismo que no quede. Frente a la evidencia de que hay responsables directos (personas e instituciones), con nombre y apellidos, el Defensor se escuda en el eterno discurso escapista (“Todos somos culpables”) y, en tanto, se acumula el goteo de crímenes y otras infracciones más leves perpetrados por jóvenes. Desconozco si el Defensor defiende a los menores y en qué, pero sería bueno saber quién nos defiende de él mismo y de los menores de cuidado que, por fortuna, son una minoría reducida. Pero mal empieza el asunto si los responsables prefieren ignorar el origen de los conflictos y se alhajan con guirnaldas de buen rollito, anhelos infinitos de paz y, en suma, talante, mucho talante.
 
Estamos recogiendo los frutos de una política organizada de arrasamiento del sistema educativo (Marchesi, oh, Marchesi), de ridiculización y desprestigio social del esfuerzo, el estudio, el sacrificio; de disgregación de cualquier sentimiento de solidaridad nacional, suplantada ésta por el sectarismo de tribu, de fratría, de banda; de arrinconamiento de la excelencia y falsificación de curricula inexistentes (lo bueno es el dedo, el cuarto turno y la posesión de un carnet determinado). Los jóvenes ven el modelo real que se les ofrece por encima y por debajo de la retórica política o humanitaria y sacan sus conclusiones: poder, dinero, protagonismo, sexo, vagancia se consiguen por vías distintas de las consagradas en los valores tradicionales, los cuales –por otra parte– ya casi nadie se atreve a mencionar dada la rechifla y el descrédito que acarrean sobre el atrevido. Se sustituyen modelos y objetivos, comenzando por la enseñanza, continuando en los medios de comunicación y ocupando enormes sectores del imaginario colectivo: indignarse por la triste suerte de la sexualidad de la mariposa cornuda en hábitat de humedales tiene muchas más posibilidades de éxito que convivir razonablemente bien con el hermano con quien se comparte dormitorio.
 
Pero siempre hay una varita mágica que embellece el feliz curso de los telediarios: la culpa de todo la tienen los neonazis. No perderemos ni dos líneas discutiendo la ideología de los nazis históricos o la supuesta ideología de los neonazis presentes, mas su existencia es Bálsamo de Fierabrás (¿Sabrá Rodríguez, promotor del Quijote , a qué nos referimos? ¿Lo sabrá La Anglicana?), triaca infalible que sana todos los males, atrae todas las iras y lo mismo vale para un roto que para un descosido. Es clara la responsabilidad de los neonazis en todo lo sucedido en Villaverde y en sus causas próximas o remotas: ellos parieron la Ley del Menor, ellos abarataron las muertes en el Código Penal, ellos pilotan y comandan la ausencia de política inmigratoria, tan suicida como necia, y ellos, en definitiva, pagan los sueldos a todos los Núñez Morgades que pululan y vivaquean por la administración del Estado, con perdón por utilizar tan ominosa palabra.

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