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Serafín Fanjul

Dudas sobre Sharm esh-Sheij

El primer objetivo de Abu Mazen, ése que Arafat siempre se negó a cumplir, debe ser desarmar a las bandas. Sin ese requisito, hablar de paz es un brindis al sol. Otro más, aunque esta vez sea con Fanta

Serafín Fanjul
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Quienes deseamos desde hace mucho tiempo una solución duradera, justa y razonable para los pueblos implicados en el conflicto de Palestina, no podemos por menos que celebrar el reciente acuerdo entre Abu Mazen y Ariel Sharon. Explicar por qué se nos antoja ocioso, así pues daremos una sola razón: bastante han sufrido todas las personas implicadas desde 1948, por no irnos a los inicios del siglo XX con el establecimiento de las primeras colonias judías o a la marginación histórica de los hebreos en las tierras del islam. No iremos tan lejos y nos conformaremos con aceptar el principio de que los árabes palestinos y los israelíes –sean judíos o árabes– tienen derecho a una vida digna, segura y, a ser posible, próspera. Como lo tenemos nosotros. Hasta aquí no parece que haya mucho por discutir, si somos –o más bien, son– capaces de superar el victimismo de uno u otro signo, los “derechos históricos” no menos bifrontes y las apelaciones eternas a hurgar en “quién empezó primero”. Casi ha transcurrido un siglo desde sus comienzos y este conflicto, por mera lógica, no debe continuar. Y sólo pensamos en la lógica de los individuos, aplastados por realidades políticas, económicas y militares que les desbordan y arrastran a la perpetuación del despropósito. Eso cuando no significan la posibilidad de morir de forma irracional, repentina, violenta.
 
Diríase que los dirigentes israelíes y palestinos al signar el acuerdo están reconociendo la necesidad ya impostergable de ir apagando la hoguera, por paulatina, costosa y a veces contradictoria que sea su extinción. Enhorabuena, de todo corazón, si es así. Es muy perceptible el cansancio, la hartura y la precisión, por ambas partes, de parar la sangría y el horror. Sin historias de buenos y malos: hasta los sectores más duros del Likud israelí son conscientes de las limitaciones de su país, pese a su poder, y del ansia de una paz merecida que anida en grandes sectores de su sociedad; y del lado palestino, la situación es aun mucho más dramática, porque en el reparto llevan la peor parte y hace muchos años que no nos creemos las proclamas y gloriosas bravatas de la burocracia de la OLP y –ahora– de los jefes de las bandas terroristas islámicas, dispuestos unos y otros a seguir sacrificando a su gente durante ¿otro siglo, dos, tres?, con el mero señuelo de repetir la expulsión de los cruzados, como si las circunstancias históricas fuesen las mismas, aunque –démosles la razón en algo- su fanatismo sí permanezca incólume y todos se crean Saladino, o al-Ashraf llevándose a El Cairo la portada gótica de la iglesia de San Andrés en Acre, trofeo aun visible y que, en estos heroicos días de restituciones y alianzas civilizatorias, deberían ir pensando en devolver a sus legítimos dueños.
 

Pero dejemos la broma. El acuerdo de Sharm esh-Sheij corrobora algo bien sabido: Arafat, por estricto egoísmo personal, constituía el principal escollo para un acuerdo de paz y una vez desaparecido se abren perspectivas inéditas que unos y otros harían muy mal en desaprovechar, por interés de todos. Sin embargo, Arafat ya es historia, si bien subsiste su legado de corrupción en el aparato de la Autoridad palestina y, en especial, la enorme fuerza que permitió adquirir a los grupos terroristas, tan reacios a renunciar a una Palestina íntegramente musulmana –olvidada ya la quimera del estado laico igualitario para todas las confesiones religiosas– como prendados del arrasador sueño mameluco. Pero no estamos en 1291 y el verdadero problema para ambos mandatarios, Sharon y Abu Mazen, reside en que el israelí gobierna y controla efectivamente un estado moderno, democrático y desarrollado en el cual se cumplen sus órdenes y se respeta al parlamento y a los tribunales de justicia, en tanto del lado palestino la autoridad real de Abu Mazen se halla en entredicho de continuo, a merced de partidas de extremistas cuyas reacciones, previsibles pero impredecibles en cuanto al momento y lugar de sus acciones, pueden perturbar gravemente el proceso de paz. El primer objetivo de Abu Mazen, ése que Arafat siempre se negó a cumplir, debe ser desarmar a las bandas. Sin ese requisito, hablar de paz es un brindis al sol. Otro más, aunque esta vez sea con Fanta.

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