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Serafín Fanjul

Educadores mal educados

No hay nada que hacer, mientras la clase política no se entere (misión casi imposible) del daño que están infligiendo a la sociedad, al país en profundidad y a varias generaciones de españoles.

Serafín Fanjul
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Como en otros capítulos de la vida nacional, el educativo también induce a sentimientos de melancolía: pasan los años y amén de no resolverse nada y empeorar cada vez más, continuamos oyendo los mismos discursos retóricos y vacíos. En general, se gasta más dinero, hasta en términos relativos, que hace quince o veinte años (la panacea de los progres: gastar más, es decir, garantizar más comederos para los amigos), pero la calidad y los resultados siguen cayendo en picado. En alguna comunidad autónoma (Madrid) se hace hincapié en la enseñanza de lenguas, en la salvación de minorías de estudiantes con ganas de esforzarse...Todo eso está muy bien, aunque el nefasto sistema de taifas impide que se generalice aquello cuya naturaleza es, simplemente, de lógica, no de política. Pero no hay nada que hacer, mientras la clase política no se entere (misión casi imposible) del daño que están infligiendo a la sociedad, al país en profundidad y a varias generaciones de españoles.

Si el lector se molesta en releer mi artículo de Libertad Digital (2010-01-13) y otros anteriores, comprobará que conservan plena vigencia, por reiterarse las mismas situaciones y problemas. Por añadidura, los culpables del entuerto – si no han fallecido o se han colocado en suculentos enchufes internacionales, caso de A. Marchesi – persisten en su táctica de sabotear cualquier posibilidad de racionalización y mejora, ni a largo plazo. Es preciso ser muy gran malvado para insistir, como hace Alfredo (el Sr. Pérez), para tratar de mantener la enseñanza española en el pozo negro en que él la metió, en compañía y connivencia con personajes como Maravall (hijo), Marchesi, y C. Virgili, de la que, por cierto, nadie se acuerda y fue la encargada de arrasar la Universidad en 1983. Ahora, el Sr. Pérez, con el solícito concurso de los mangantes sindicales –lleven a sus retoños a colegios privados o no, que ésa es otra– y de no pocos profesores de instituto, atrapados entre el panfilismo buenista y la presión mafiosa de los mismos sindicatos, ha lanzado su enésima campaña sucia contra Esperanza Aguirre, pues sólo se trata de eso, de bloquear cualquier avance que proceda de ella, aunque sea al coste de seguir fabricando hordas de analfabetos, "antifascistas" perfectos, cuyos modelos vitales son grandes triunfadores – y lo son – del calibre de Pepiño, Leire, Bibiana, M. Iglesias, Caldera y, por supuesto, el jefe de la panda, el inigualable Rodríguez.

Y, a propósito, lamento recordarlo, pero debo hacerlo: ¿Se acuerda Esperanza Aguirre –que sí es "santa de mi devoción", en líneas generales – del ridículo que hizo ( y así lo entendí yo) cuando hace unos dos años se presentó en un acto oficial, al que asistía el Sr. Pérez, con una tarta con sus velitas y todo para regalársela, porque el individuo cumplía años en aquella fecha? Yo me quería meter bajo el suelo de vergüenza ante el espectáculo. ¿Es que Esperanza no sabía a la perfección a qué clase de indeseable estaba festejando, con las zancadillas y feos que le ha hecho a ella misma? ¿De verdad creen ella y los restantes conmilitones del PP que con la Pesoe se consigue más con mieles que con hieles? Por más que vean y les caiga encima (o sea, encima de nosotros), no aprenderán jamás. Tartitas para el ministro portavoz de los GAL, el del Faisán, el héroe del 13-M de 2004, el que montó el sabotaje a la ley de educación de Esperanza en 1998. ¿Aprenderán alguna vez?

Mientras veo en la TV a los profesores –reales o supuestos– vociferando por las calles de Madrid, pastoreando a chicos que se ilustran en el valor pedagógico de la bronca y se especializan en aullidos y mangancia, el no menos supuesto ministro de Educación envisca a la jauría incitando a la huelga, acción armónica con la de otro de Justicia que azuza a sus compadres catalanes a ignorar las sentencias de los tribunales y al de Interior que protege a los perroflautas agresores de peregrinos y a los sucesivos de Exteriores que defienden con tesón los intereses de cualquiera que pleitee contra nosotros o acorrale a España: pongan cualquier país, todos valen. ¿Será verdad que Rajoy enderezará esto?

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