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Serafín Fanjul

El paraíso que nunca existió

Aznar fungía de Aznar, de adulto rompejuguetes peligrosos de niños bobos, asumiendo la antipatía del papel y dejando claro –demasiado ante quienes detestan la claridad– que huelgan las sonrisas de disminuido profundo

Serafín Fanjul
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Hace unos días asistí a la presentación del último libro de Gustavo de Arístegui (La Yihad en España), obra más que recomendable y conveniente si queremos ir completando una imagen real, –y por ello incomodísima– de nuestras relaciones con el islam de antes y, sobre todo, de ahora. En el curso de su intervención el autor manifestó su resuelto intento de reivindicar la figura y la actuación de gobierno de José María Aznar. Se refería no tanto al conjunto total de medidas y actuaciones políticas del anterior presidente como a alguna parcela muy en especial: la relacionada con los árabes y la religión islámica, por la incidencia sobre todo final que revistieron en su mandato y por las evidentes manipulaciones y explotación a que se vieron sometidas a manos de un sector demasiado nutrido de los medios de comunicación.

De manera particular recordó Arístegui la primera conferencia pronunciada por Aznar en Georgetown, y que desencadenó una avalancha de críticas cuando no de burlas provenientes de políticos pisaverdes, periodistas ganapanes, bachilleras y zascandiles varios que, de repente, enarbolaron sus inexistentes doctorados en historia medieval y hermenéutica islámica y lo condenaron como provocador, ultramontano e ignorante. La verdad es que, dijera lo que dijera, lo iban a condenar igual: a este señor la izquierda de altos vuelos intelectuales (Pepiño, Montilla, Roldán) o la de honradez acrisolada (Juan Guerra, Vera, Rubio, Corcuera, Barrionuevo, más Montilla y más Roldán) no puede perdonarle no haber metido la mano en la caja, haber demostrado que no se precisaba el crimen de estado para arrinconar a la ETA y, sobre todo, lo peor de todo, haber anunciado –y cumplirlo– su retirada cuatro años antes de hacerlo, cuando se hallaba en la cresta de la ola. Estas cosas ni se perdonan ni se entienden siquiera. Pero la oleada de críticas no vino de nada de esto, sino de su afirmación acerca del comienzo de nuestros conflictos con el islam, que empezaron –afirmó Aznar y es imposible rebatirle– en el año 711 con la invasión musulmana.

Una evidencia. Y sin embargo, se lanzaron a crucificarle sin haber oído ni leído el texto de marras (el 99’99 % de los españoles), incluidas personas que se hallaban en Georgetown por esas fechas pero que no asistieron al acto. Recuerdo al respecto una carta al Director publicada en La Vanguardia de Barcelona de una persona –o sé con seguridad absoluta por habérmelo referido la autora– que no estuvo presente pero que vilipendiaba al anterior presidente por mancillar el alma mater universitaria, por dejar en ridículo a los españoles, por desconocedor atrevido y por sus malos conocimientos de inglés. Imposible sacar más y mejor rentabilidad de una lectura de oídas, ese género literario tan en boga en nuestras tierras, incluso cuando pateamos el extranjero. Y total, Aznar sólo había levantado acta de algo fuera de discusión: nuestros conflictos con el islam empezaron por obra y gracia del moro Muza y de su avanzadilla Tariq ibn Ziyad. Fue así.

Por mor de exactitudes antropológica, histórica, cultural, social y hasta folclórica podrá discutirse si aquellos hispanos, o hispanovisigodos del siglo VIII éramos nosotros; qué proporción racial, biológica, de civilización se ha mantenido en la Península a partir de aquellas gentes; si los conversos al islam, de grado y por fuerza, en los siete siglos subsiguientes mantuvieron y en qué cantidades las huellas hispanorromanas; si los musulmanes andalusíes permanecieron en Hispania a medida que avanzaba la Reconquista (más bien, con regularidad, no); si los cristianos del norte eran, o no, herederos directos y verdaderos de aquellos hispanovisigodos; si los mozárabes –o sea, cristianos sometidos– se arabizaron más o menos culturalmente y si se fugaban hacia el norte siempre que podían a causa del excelente trato que recibían de sus dominadores muslimes... Todo eso es matizable en diversos grados y maneras, pero lo incontrovertible es que la invasión musulmana truncó la historia de la Península y le imprimió un giro inesperado del cual se libraron la mayoría de los países a la sazón europeos, ya latinos, ya germánicos.

Como tampoco es posible negar que la nación española se forjó a la contra del islam, resultado de no querer ser musulmanes, en un proceso dilatadísimo de tenacidad y conciencia colectiva, al principio limitándose a sobrevivir a las aceifas e incursiones depredadoras y de exterminio con que regalaban a los “gallegos” (casi todos los norteños) los emires de Córdoba en cada estío (eso significa “aceifa”: expedición militar de verano), después –desde el siglo XI– cobrando conciencia, desde el imaginario popular a los lemas y divisas nobiliarios y reales, del imperioso mandato histórico de recuperar y reconstruir una “nación” que siguiese el rastro de la monarquía visigoda. Se pueden discutir y matizar los detalles o, incluso, las grandes valoraciones globales, pero no negar los hechos ni cargar contra un adversario político que se limita a dejar constancia de los mismos, máxime ante un auditorio nada sobrado de conocimientos de historia de España.

Bien es cierto que Aznar estaba reventando el gran descubrimiento que en esos días Rodríguez había destapado para disfrute y gloria de la Humanidad entera: la Alianza de Civilizaciones, casi ná; y además, sugería que la historieta del paraíso andalusí requería más prudencia y menos fantasía; o sea, Aznar fungía de Aznar, de adulto rompejuguetes peligrosos de niños bobos, asumiendo la antipatía del papel y dejando claro –demasiado ante quienes detestan la claridad– que huelgan las sonrisas de disminuido profundo, las “disparateces” de Moratinos y las “extratégias” de Rodríguez si lo que anda en juego –y anda– es la subsistencia de nuestra sociedad, libre y abierta como es, la conservación de nuestras catedrales de Burgos o Bamberg, el sentido de nuestra –y bien nuestra– iconografía cristiana, la perduración trasatlántica del español o el alcance de “La Carga de los Mamelucos” que, por cierto, también eran musulmanes. En fin, hablamos de ese al que los árabes denominan “Paraíso perdido” y que sería mejor llamar “El que nunca existió” como tal.

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