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Serafín Fanjul

El triunfo de Hamas

A corto y medio plazo, la situación significa que se arrumban las tenues esperanzas de distensión paulatina apuntadas en los acuerdos de Oslo, que Arafat saboteó después de firmarlos.

Serafín Fanjul
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En los últimos días, en nuestro continente, políticos, analistas y gentes de la prensa en general, simulan asombro, o sorpresa al menos, ante el éxito electoral del grupo terrorista Hamas. La verdad es que se conocía con antelación la muy seria posibilidad de que tal resultado se materializase. Un servidor, que no se las da de profeta, adelantaba tal extremo (ABC, 11/01/06). Y no era el único. El revuelo en el gallinero, las doctas elucubraciones y, en el fondo, la frivolidad siguen dominando a los “creadores de opinión” por estas latitudes. Bien es cierto que gobiernos y políticos profesionales tampoco contribuyen poco ni mucho a clarificar el panorama. Desde hace años el apoyo a la llamada “Autoridad Nacional Palestina” se ha convertido en un dogma de fe para los europeos, en sostenes diplomáticos y en buenos euros que han ido al saco siempre vacío de la corrupción, el despilfarro donde no hay nada y la distracción de dineros para financiar la compra de armas o de voluntades que apuntalaran, dentro y fuera de Palestina, al pseudogobierno de Yaser Arafat.

Desaparecido éste, se descubre cuanto había detrás del telón herméticamente cerrado tanto por el tirano como por el papanatismo buenista de este lado del mar: corrupción mastodóntica, desatención de necesidades, nepotismo, connivencia y vista gorda con los criminales organizadores de atentados. En términos generales, despotismo a la viejísima usanza oriental cuyos orígenes habría que buscar, sin exagerar, en tiempos de Hammurabi y cuya historia se mantiene ininterrumpida desde aquellos lejanos siglos, lo cual plantea la cuestión de la fiabilidad de convocar elecciones en semejante medio social. Sin embargo, por ahora no se ha descubierto otro medio menos malo para intentar solventar los conflictos de las comunidades humanas y los árabes tienen el mismo derecho a servirse de él que cualquier otro grupo de población, por muchas y graves que sean sus fallas e inconvenientes, más en las formas de realización concreta que en los principios mismos, bastante defendibles. Creo.

De cara a Occidente –y lo mismo que otros déspotas de la región– Arafat jugó la carta de ser “el mal menor”, porque la alternativa sería el islamismo arrasador de la libertad, de cualesquiera visos de evolución y mesura, del entendimiento con Estados Unidos y las potencias europeas. Al igual que en los otros países –miren el mapa de conjunto y nos ahorramos la enumeración– el juego se sustentaba sobre un filo peligroso: no presionar a las diferentes ramas del islamismo, llámense Partido de la Justicia y el Desarrollo (nombre casi tecnocrático), o Yihad, o Hamas, o Hizbollah, o al-Gama’a al-Islamiyya, o Hermanos Musulmanes, etc. O perseguir suave y puntualmente algunas de sus acciones cuando éstas se vuelven manifiestamente peligrosas o lesivas de los intereses de los regímenes, por ejemplo, los atentados contra el turismo en Marruecos o Egipto. Arafat siguió la misma plantilla, sin desarmar nunca ni perseguir a los energúmenos que volaban cafeterías y restaurantes en Israel, pero que también iban imponiendo un poder paralelo –de hecho, varios, como sucedió en Líbano– que a quien primero aterrorizaba, aplastaba y hacía la vida imposible era a la propia población palestina. Un pueblo castigado por Israel por un lado (cierre de fronteras, control de movimientos, restricciones a la entrada de trabajadores, de mercancías, acceso a hospitales, etc.) y por otro por sus supuestos liberadores. La tesis del árbol y las nueces, tan brillantemente expuesta y defendida por Arzallus, está al alcance de cualquier desalmado, por lo que los frutos son idénticos, aunque en un estado de putrefacción mucho mayor en el caso de Oriente Próximo, dados el subdesarrollo, pobreza, ignorancia y fanatismo medioambientales.

La base del éxito de esta clase de movimientos brutales se sustenta sobre la sumisión absoluta de la población –o de una parte de ella–, ya por convicción (que también se da, lo cual retrata bien con qué clase de sociedad nos jugamos los cuartos), ya por miedo. La eclosión de Hamas implica un elemento muy pertubador que con Al Fatah se disimulaba o no aparecía tan claro: la conversión en conflicto religioso (“El islam contra los cruzados”, dicen sus promotores) del choque político. Para que luego los tosquísimos detractores de Huntington que por aquí pastan nieguen la existencia de conflictos religiosos y culturales, invención –según ellos– de la malevolencia occidental: menos mal que no dicen “cristiana”, todavía.

A corto y medio plazo, la situación significa que se arrumban las tenues esperanzas de distensión paulatina apuntadas en los acuerdos de Oslo, que Arafat saboteó después de firmarlos. Los gestos de apaciguamiento de Sharon, como la retirada de Gaza, no han servido para que los palestinos reaccionen racionalmente y siguen persuadidos de la indiscutible veracidad de su propia propaganda, es decir de “la debilidad de Israel”; una mayoría de palestinos cree a pies juntillas que van a “echar a los judíos al mar”. Israel, con toda lógica, responderá de forma implacable si un gobierno compuesto por terroristas pretende torcerle el brazo gracias al chantaje de los buenos sentimientos internacionales. ¿Se imaginan a la ETA gobernando directamente en Vitoria, ya sin subterfugios ni cómplices interpuestos? ¿Qué haría cualquier gobierno español, sin Rodríguez en La Moncloa, claro? Y, por favor, olvídense ya de esas disquisiciones, entre el divertimento académico y la ignorancia, de intentar distinguir entre los “halcones” de Hamas y “los sectores más moderados, aperturistas y dialogantes” de la misma banda. Esos chistes sólo existen en el magín de comentaristas occidentales demasiado renuentes a admitir que la realidad es como es: bien fea.

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