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Serafín Fanjul

Escarnio

De la Chacón no se espera que cumpla misiones de comando tras las líneas de un eventual enemigo. Se espera, sí, que cuando menos respete y ame el país cuya bandera debe defender. Pero ella más bien ama a Rubianes y no reconoce otra nación que la catalana.

Serafín Fanjul
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Como lo refiere la Floresta Española lo transcribo: "Culpó la Reyna Catholica a Hernando del Pulgar, su Cronista, de que refiriendo en su Historia cierta acción del Rey su marido, no la puso en nombre de ambos, por haberla executado igualmente entre los dos. Parió poco después la Reyna a la Princesa Doña Juana; y escribió Hernando del Pulgar: En tal día y a tal hora parieron sus Magestades". Con esa ironía zumbona el cronista deslindaba en el terreno de las tensiones y rivalidades entre los sexos, ya en aquella época y entre magnates, la línea divisoria de lo adecuado y lo inadecuado.

En estos días anda el gallinero muy alborotado porque se ha sometido a discusión un nombramiento en especial, el de la Carmen Chacón, cuyos méritos en el Congreso o en el Ministerio de la Vivienda permanecen inéditos, al menos para los ciudadanos normales (si los sabios iniciados de la secta de los políticos los conocen, deberían comunicárnoslos). Por el contrario, sí sabemos –hicieron gran despliegue publicitario para darnos en los morros– que la tal Chacón se distinguió en la reciente campaña electoral por su hostilidad a España, como antes hiciera otro tanto en aquello de las edificantes camisetas ("Yo también soy Rubianes") solidarias con el indeseable autor de los insultos e injurias graves –que no reproduzco por bien conocidas– contra nuestro país, dada la persecución que sufría, el pobre. La Chacón no ha perdido ripio siempre que se ha tratado de agraviar y despreciar a la nación que le da de comer.

De modo nada sorprendente, todo el aparato propagandístico del Gobierno se ha lanzado a acogotar a los poquitos discrepantes que han osado discutir tan ofensivo nombramiento. Y con los métodos habituales en la autotitulada izquierda: insultos bien claritos, al estilo González ("Aznar y Anguita son la misma mierda"), con la exquisita sutileza de Maruja Torres ("Los votantes del PP son unos hijos de ...") o la cima expresionista última lograda por Anido, el currito de la SER (acumulen injurias, las más suaves de las cuales son puteros y pajilleros, y tendrán el discurso de este intelectual de altos vuelos); o bien han desviado la atención hacia la condición femenina de la elemento (o elementa, según las innovaciones gramaticales de su panda), porque según ellos –incluido el buen Anido– se la censura por ser mujer, o, a fortiori,por estar embarazada.

No vale la pena entrar a discutir a fondo tales fintas de escape: la preñez es una circunstancia efímera y noble por demás y en cuanto a pertenecer al sexo femenino, no parece que a nadie asuste –militares incluidos– que una fémina desempeñe las funciones propias de un ministro (burocráticas, administrativas, de representación, etc.), aunque, hoy por hoy, en los ejércitos modernos no esté muy clara la efectividad –objetivo buscado, ¿o no?– del sexo femenino en acciones de combate. Pero de la Chacón no se espera que cumpla misiones de comando tras las líneas de un eventual enemigo, por ejemplo Marruecos. Se espera, sí, que cuando menos respete y ame el país cuya bandera debe defender. Pero ella más bien ama a Rubianes y no reconoce otra nación que la catalana.

Juan Carlos Girauta apuntaba hace días que esta era otra maniobra de corto vuelo y regate no menos corto en los entresijos de la grey socialista, con el objeto de neutralizar y desprestigiar a ojos de los suyos a tan estridente catalanista. No está mal traída la idea, pero dejando aparte lo oneroso de tal ejercicio de diversión para nuestra dignidad y la de los militares bajo su mando (que no es asunto despreciable), la cuestión central es la idoneidad de la persona. Porque de algo podemos estar seguros: Rodríguez la ha nombrado por no haber encontrado en toda su tropa y pesebres aledaños a nadie más inapropiado para el cargo, nadie que aunara mejor el esperpento visual (volvemos a Hernando del Pulgar) a la mala fibra humana y la repugnancia política. El asunto no es si una mujer puede ser ministra de Defensa, sino si era imprescindible que esa mujer lo fuera. ¿No había nadie peor todavía? Parece que no. Pero no faltan tertulianos (y tertulianas) que repiten como loros "Esperemos a ver cómo desempeña su gestión". Pues no, porque ya la conocemos.

Se encocoren cuanto quieran feministas (y feministos), oportunistas (y oportunistos), una mujer grávida no da la mejor imagen posible de fuerza y vigor para dirigir y mandar un ejército, qué quieren que les diga. Y tal observación no implica nada de ofensivo ni para las mujeres, ni para las que se hallen encinta, que más bien sugieren ternura, suavidad y cariño. Es simple problema de adecuación. Si a esto se une el desapego de la criatura por España y sus símbolos, llegamos a una pregunta final: ¿por qué Rodríguez, el pedagogo, elige a tal rosa de su poblado rosal? La única respuesta que, en nuestras limitaciones, se nos alcanza es que busca directamente escarnecer al Ejército y sus componentes, una maniobra de ludibrio y pitorreo: os la impongo por pelotones, porque para eso sirve vuestro sentido de la disciplina y la obediencia. A esto en español se denomina provocación: ¿por qué? ¿Qué espera provocar y para qué objetivo a medio plazo?

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