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Serafín Fanjul

Felicidades

¿Quién no ha oído, ante el bochorno diario por esto o aquello, la manida frase de "me avergüenzo de ser español"? En el fondo, es escapismo puro: la vergüenza no es ser español, sino tener compatriotas como Rodríguez.

Serafín Fanjul
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Suena un tanto irónico, humor negro en un país que arrastra desde hace más de cinco años una situación de calamidad y vergüenza cotidiana. Felicitar en estas circunstancias parece tomadura de pelo o simple formulismo vacuo y, sin embargo, fortalecernos en convicciones y rituales que aun conservan algún sentido puede ser una manera de tomar fuerzas y recobrar el resuello que Rodríguez y compañía nos arrebatan a diario. Si perdemos el ánimo y el apego a cuanta herencia moral hemos recibido de nuestras familias y nuestra historia colectiva, sólo quedarán la huida o el suicidio: en definitiva, dejar el campo libre para que el capitán Rodríguez Lozano pase de las musas al teatro y su nieto, el pelmazo repipi, por fin, gane la batalla del Ebro sin tirar un tiro, por simple incomparecencia del adversario.

El año que concluye ha sido pródigo en malas noticias y paradojas que, una por una, serían suficientes para mudarse de barrio y, al salir, sacudirse el calzado para no llevarse de aquí ni el polvo de los suelos, como dicen que hizo Amadeo de Saboya al marcharse, aburrido y frustrado. Recontemos, sin pretensión de exhaustividad: se han rebasado ampliamente los cuatro millones de parados; Rodríguez y sus cómplices han aprobado el aborto libre (las chiquilicuatras que fungen de ministras lo han celebrado con alborozo: ¿tan divertido es?); la dignidad de España como estado ha caído mucho más abajo del piso (rendición ante cuatro zarrapastrosos somalíes, solícita función de palanganero de nuestro Gobierno con el de Rabat en el caso de Amina Haydar, envío de más tropas a Afganistán con las manos atadas por aquello de ver "qué podemos hacer por Obama"); continuación del despilfarro presupuestario en tanto en algunos capítulos faltan los mínimos imprescindibles, por ejemplo, en las Fuerzas Armadas; prohibición de los crucifijos en las escuelas; la independencia de Cataluña ha dejado de ser la calentura febril de unos cuantos horteras con mala sangre para convertirse en algo concreto y que ya se otea a la vuelta de la esquina (la prohibición de los toros sólo constituye una guinda folklórica antiespañola)...

Y todo gracias a la abnegada y tesonera labor de Rodríguez. Y de una nutrida cohorte de palmeros que trincan bien sin mirar de quién; o de instituciones silentes que, al parecer, piensan que a ellos no les va a mojar la riada: come y calla y tira pa’lante que, ya ves, también parecía que cuando Amadeo –sin ir más lejos–, o en el 31 –o etcétera– esto se hundía y salimos adelante (más bien, salieron). Pero ya estamos rascando el fondo de la olla, sin territorios lejanos que entregar o perder y con el mínimo que exigir al Estado comprometido (la seguridad física y jurídica de las personas).

¿Quién no ha oído, ante el bochorno diario por esto o aquello, la manida frase de "me avergüenzo de ser español"? En el fondo, es escapismo puro: la vergüenza no es ser español, sino tener compatriotas como Rodríguez. Mientras el nuevo año, en las alforjas de los camellos de Oriente, nos trae un Mariano despierto, debemos ser conscientes de que evitar y corregir la deriva que nuestro país ha tomado depende en primer lugar de nosotros, no de ayudas sobrenaturales y mágicas (la Unión Europea, Obama, la lotería cósmica de la conjunción de los astros). Esa conciencia puede ser un buen modo de recibir el Año, con un "Feliz Navidad" y sin esperar aguinaldos que nadie nos regalará.

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