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Serafín Fanjul

Hablemos de Madrid

Con gusto contribuiríamos a que Gallardón se cuelgue la medalla de la solución del caos de tráfico, pero su contumacia en tomar medidas que constituyen auténticos torpedos bajo la línea de flotación del PP nos induce al mosqueo.

Serafín Fanjul
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El pasado mes de febrero, mediante la reproducción de un artículo de hace diez años, denunciábamos en estas páginas electrónicas la muy distinta actitud de los jóvenes franceses y españoles: mientras unos protestaban por una ley de educación, los otros exigían bares de horarios eternos. En este momento, se calca de forma milimétrica idéntica situación: los de allá reclaman por una ley laboral y los de acá convocan un concurso de macrobotellones. Y ha transcurrido una década. No se trata de cantar los méritos o execrar los vicios de éstos o aquellos jóvenes, sino de comprobar la impertérrita insistencia de la sociedad española en sus mandangas y subterfugios, en la fuga permanente de los problemas de fondo, no más apegados a la contingencia de cada día, al particularísimo interés individual y a una ignorancia colectiva antes enmascarada con jaranas y sanfermines y ahora con jolgorios y electrónica; y sin que falten los sanfermines. Es ocioso aclarar que nada tenemos contra los regocijos privados, públicos o planetarios. Obviamente, el problema es otro.

El reciente conflicto suscitado por el alcalde de Madrid, al extender a otros barrios el sistema de estacionamiento del SER, nos recuerda dónde vivimos y nos deja más avergonzados que perplejos: además de inútil, en nuestro país es imposible sorprenderse ya por nada, desde luengos años. Primero está la actitud de Ruiz Gallardón que asegura muy seriecito pretender la solución del caos de tráfico que soporta la ciudad. Puede ser y con gusto contribuiríamos a que se cuelgue tal medalla, pero su contumacia en tomar medidas que constituyen auténticos torpedos bajo la línea de flotación del PP nos induce al mosqueo. Como su desiderata, más que anuncio, de figurar como número dos en la lista de Rajoy al Congreso: si el objetivo es conseguir que numerosos madrileños se abstengan de votar al PP y se queden en casa, desde luego ése es el camino. Y si finalmente, una vez más, se impone el sentido de responsabilidad de la base sociológica de la derecha, siempre podrá el beneficiario adjudicarse el éxito, ufanándose de que le han votado a él.

En segundo término está la oportunidad, o no, de ampliar el SER a Carabanchel, Barrio del Pilar, etc. Perdonen la alusión personal, pero en mi barrio el sistema funciona estupendamente y por muy poco dinero anual los vecinos tenemos garantizado el estacionamiento a todas horas del día, en tanto una nube de vehículos que antes atestaban la zona durante los horarios laborales de oficinas, tiendas y locales de servicios, han desaparecido, demostrándose la falta de necesidad de muchos usuarios (no de todos) de llevar el coche a todas partes, incluidos el retrete y la alcoba.

Pero tal vez la situación de unos barrios no sea extrapolable a otros que carecen de oficinas y grandes comercios, al menos en proporción apreciable. Barrios mal construidos y peor urbanizados en los años cincuenta y sesenta, sin garajes subterráneos ni aparcamientos colectivos, con calles trazadas de cualquier manera y abusando de los volúmenes: las gentes llegadas de las provincias ni soñaban con un auto y se conformaban con un techo relativamente sólido, sin más. Tampoco tenían mucho con que comparar: las tierritas o la casuca del pueblo, vendidas para comprar el piso, todavía eran peores, o eso pensaban. Pero cincuenta años después en las familias hay dos, tres coches, la doble fila es endémica y los guardias municipales ejercen su función habitual de desaparecidos eternos, ni están ni se les espera. Las motos circulan alegres por las aceras, los peatones difícilmente pueden cruzar las calles (por los coches aparcados y por las zanjas) y el aire desaseado y huraño de la ciudad se acentúa inexorablemente. Quizás en el Barrio del Pilar no sirva lo mismo que en Chamberí o Tetuán. Supongamos que se hicieran los oportunos estudios de eficacia de la medida antes de adoptarla. ¿De verdad se llevaron a cabo? ¿Y con qué fiabilidad? Misterio.

Y llegamos al tercer capítulo, el más triste y penoso: la mala voluntad y actuación de muchos vecinos. Aquí es obligatorio comenzar con la distinción entre los intereses vecinales y los partidistas de PSOE e IU azuzando y escarbando en cualquier llaga de donde sacar tajada: así son y estamos muy acostumbrados a sus comportamientos miserables para socavar a sus oponentes, ya se trate del Prestige o del mismísimo 11 de marzo, lo cual entra en una onda muy diferente de los conflictos de aparcamiento. Y aunque se cubran y encubran con mantos de silencio y desprecio cuando son ellos los culpables de catástrofes y desgracias, como sucedió, por ejemplo, con los incendios de Huelva en 2004 y Guadalajara en 2005.

Pero la distinción más necesaria debe establecerse entre la gran mayoría –cabreada y contraria al SER, quizá, pero respetuosa y seria– y la minoría de activistas improvisados que destrozan las máquinas, pintarrajean los suelos y (lo más grave de todo) insultan y llegan a agredir a los empleados que notifican denuncias y multas: la barbarie bien asociada a la cobardía, pues muchos de estos trabajadores son mujeres jóvenes. El corolario es evidente para quienes se tengan por racionales: protesten y sigan todas las vías legales, administrativas, económicas, pancarteriles, etc. que les plazcan, pero dejen en paz a unos hombres y mujeres que, por muy poco dinero, se limitan a cumplir su cometido.

En este Dos de Mayo sin heroísmo ni honra, cuadrillas de bárbaros machacan maquinitas carísimas pagadas por todos y dejan sentado su derecho a cometer infracciones, a la brava, con la ceguera del cobarde escondido en la masa. Dignos padres de los chicos del botellón, se inquietan y saltan como víboras cuando les tocan lo que más aman en el mundo, su coche. No les esperen para exigir un sistema educativo digno de tal nombre, para solidarizarse con sus compatriotas por los múltiples motivos posibles, ni mucho menos para preocuparse por la desintegración de nuestro país, tan felizmente pilotada por Rodríguez ("Yo, passsando a tope, tío"). Esa no es su guerra, pero en la guerrilla urbana que practican, los majos y manolas no atacan a mamelucos sino a otros tan pobres y tan españoles como ellos, mientras el aspirante a Rey Felón (aunque él se crea el Deseado) planea sobre la Casa de la Villa, sobre el Palacio de Correos, rumbo a la Moncloa: soñar no cuesta nada. Y, por cierto, en la Moncloa tuvieron lugar los fusilamientos del 3 de mayo cuyo recuerdo se quiso borrar el año pasado, omitiendo el homenaje municipal a las víctimas de los franceses. Moderno y progre que es el chico.

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