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Serafín Fanjul

Hacia la nada

La toma de postura de Estados Unidos y Alemania a favor de bosnios y croatas y de la partición del país, amén de la animadversión que el Gobierno y el ejército serbios suscitaban, decantó a nuestros medios de comunicación absolutamente de un lado

Serafín Fanjul
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La brutalidad carnicera de la guerra de Bosnia en los noventa, cuyos estertores últimos aun colean en la –al parecer– inevitable independencia de Kosovo, nos hizo perder de vista el conjunto del conflicto, las acciones nada santas de los jaleados como buenos y víctimas en aquella calamidad y, en especial, las consecuencias a medio plazo que acarrearía en otros países europeos el apoyo a la desmembración de Yugoslavia. La toma de postura de Estados Unidos y Alemania a favor de bosnios y croatas y de la partición del país, amén de la animadversión que el Gobierno y el ejército serbios suscitaban, por considerárseles –no sé con qué fundamento– herederos del régimen comunista de Tito, decantó a nuestros medios de comunicación absolutamente de un lado, en un choque entre chovinismos localistas y viejos que llevaban siglos aguardando el momento de pasarse las cuentas recíprocas.

Aun no se había producido el 11 de septiembre de 2001 y tanto Estados Unidos como las potencias europeas con mando dormían la siesta –propiciada por la caída del Muro– de ignorar la amenaza islamista que se nos venía encima, con el antecedente notable del auxilio decisivo que la CIA había proporcionado a los talibanes para derribar al régimen prosoviético de Afganistán, un favor ni agradecido ni pagado, pero útil, entre otros extremos lamentables, para hacer la vista gorda ante la internacional islámica que combatía ferozmente en Bosnia contra los serbios. Se aireaban –como es natural– las matanzas y "limpiezas étnicas" perpetradas bajo las órdenes de Ratko Mladic y Radovan Karadzic, con el patronazgo lejano de Milosevic, en tanto los episodios equivalentes sufridos por la población serbia pasaban desapercibidos, como la triste e irreversible suerte de los serbios de la Krajina, para los cuales no hubo compasión ni ONU que valiese. Nada nuevo en la historia de la guerra propagandística y psicológica.

El resultado, por ahora final, es sabido, aunque la desintegración de los nuevos estaditos en unidades cada vez más minúsculas amenaza con convertir cada arrabal o aldea con lengua o religión diferente en una flamante nación, con bandera, himno (y la letra que no falte), moneda y una historia fuera de discusión que probará, de modo irrefutable, los pertinentes hechos diferenciales y la nula relación de tan pimpante patria con el campanario de al lado. Un horizonte bien conocido en España, pese a las divergencias que, sin duda, pueden aducirse entre nuestro país y la Yugoslavia que legó el dictador comunista. Pero sólo recordaremos que, muy poco antes de estallar el polvorín yugoslavo con la proclamación de independencia de Eslovenia (1991), Jordi Pujol manifestó embelesado que su modelo de organización territorial para España era el de Yugoslavia. Doy por seguro que el interesado habrá olvidado aquellas declaraciones, aunque los separatistas hispanos ya no precisan abrevar en las aguas del Leteo, dada la actual caída de máscaras. Y no formulemos la banal pregunta de qué provecho sacaron las poblaciones implicadas en semejante catástrofe; ni tampoco nos interroguemos por un progresismo multicultural cuyo objetivo real y definitivo consiste en la invención de microestados de base confesional o lingüística: ¿en qué quedamos, la convivencia armoniosa y floral entre etnias, culturas y religiones es posible o no? Aclárense, por favor.

Viene todo este exordio a propósito de una película recién estrenada en Madrid (La sombra del cazador, obra del director Richard Shepard y protagonizada por Richard Gere), una coproducción de Estados Unidos, Croacia y Bosnia-Herzegovina; claro que mientras la participación americana es de una empresa privada, es dudoso que los dos estados ex yugoslavos no lo hagan de manera oficial u oficiosa. Dejando aparte la peripecia aventurera del guión, que valdría igual para un roto o para un descosido, el designio de trazar una nítida y sangrienta línea entre buenos y malos, con la correlativa condena, resulta demasiado patente como para no hacerse en exceso sospechoso. Un mínimo sentido de equidad y justicia distributiva nos induce a no dejarnos impresionar por efectismos sensibleros: cualquiera puede ser presentado como víctima, si pagan la película sus amigos y parientes; y, por el contrario, nadie está a salvo de que le endosen el papel de villano malvado (y por supuesto que Mladic y Karadzic lo son). El filme en este sentido es modélico: en un conflicto en que todos cometieron atrocidades horrendas con los enemigos, se deslinda de modo exquisito la culpabilidad y mala catadura de los criminales de guerra de uno de los bandos, en la mejor línea políticamente correcta de contumaz proislamismo.

Imaginemos a una ETA victoriosa (o a ERC, PNV, CiU, etc.) produciendo películas de vistosa épica patriótica para denunciar los "crímenes de España" contra "el pueblo vasco trabajador", o el no menos "trabajador pueblo" de Allariz o Cornellá, y tendremos un fiel calco de lo que exhibe la cinta de Shepard, quien –por otra parte– declara su intención de capturar a los criminales serbios, propósito loable donde los haya si, de consuno, cazan también a todos los demás. Hosanna.

La realidad es que la disolución de Yugoslavia dio paso a seis estados: Eslovenia, Macedonia, Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro. Y la República Kosovar, al caer. Desconozco si los gobiernos españoles, que con tanto entusiasmo apoyaron lo que en el momento estimaban de justicia e intervención humanitaria, en la actualidad y visto lo visto, habrían reaccionado de la misma manera y por muy conscientes que seamos de la escasa capacidad decisoria de las posiciones españolas, cuando ni siquiera las posturas proserbias de Grecia, o de Rusia y los otros países eslavos, pudieron evitar el hundimiento del país y su fragmentación en patéticos añicos, pero algo sí es muy evidente: si los separatistas españoles –con la colaboración inestimable de Rodríguez– se salen con la suya, aquí no tendremos siete estadillos, sino muchos más, todos con su himno (bien guarnecido de letra) y sus irrefrenables ganas de fastidiar al vecino (ya sean los leoneses, que nunca tuvieron nada que ver con Palencia; o los asturianos, tan ajenos histórica y culturalmente a Galicia como a León o Santander: qué duda cabe). Suma y sigue.

En árabe hay un expresivo verbo que describe bien lo que nos está ocurriendo, talasha/yatalasha, cuyo significado es "ir convirtiéndose en nada", nadificarse, si me perdonan la invención de tan feo neologismo. Camino a la nada, en esas estamos.

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