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Serafín Fanjul

Hakim en Moncloa

El escritor argentino no conoció a nuestro Rodríguez (eso que salió ganando, apostillarán no pocos lectores) y por consiguiente no pudo otorgarle el puesto de honor que habría acaparado en tan memorable libro, la Historia Universal de la Infamia

Serafín Fanjul
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Recoge Jorge Luis Borges en su Historia Universal de la Infamia la peripecia del falso profeta Hakim de Merv. En aquellos siglos (del VII al XI) proliferaron en las tierras orientales inventores de religiones, sectas, patrañas mil y ciento, alguno incluso con gran éxito de público, aunque la mayor parte acabó muy malamente, sin lengua ni ojos y crucificados en Samarra o en cualquier otra parte, o asesinados por sus seguidores, hartos de las intemperancias y abusos del señorito, que se había subido a la parra – como enviado de Dios que aseguraba ser –, sobre todo en asunto de mujeres, que diría Mejía Godoy. Hasta uno de los más afamados poetas árabes medievales, Al-Mutanabbi, recibió su apodo por eso: por dárselas de profeta.

Pero el que nos ocupa hoy, el denominado al-Muqanna’ (el Velado), se distinguió –como todos los demás– por sus crueldades, barbarie y pretensiones absurdas, pero, en especial, por llevar cubierto el rostro con un espeso velo (el qina’) que impedía verlo. Entre sus apocalípticas amenazas deslizaba la idea de que quien vislumbrase su cara, de inmediato, quedaría ciego por el fulgor resplandeciente que irradiaba. De tal suerte, el personal se abstenía de grado de contemplar tanta belleza como bajo el trapo habría. Pero las tornas del destino y los ejércitos enemigos pusieron fin a tanta beatitud, mientras rumores procedentes del harén corrieron parejos con el acorralamiento del impostor en una fortaleza del Jurasán. Sus capitanes exigieron, ya de coña, disfrutar de la hermosura que atesoraba el feo atuendo y el tipo volvió a negarse amenazando con nuevas fulminaciones y castigos. Pero no le valió: le arrancaron la máscara y descubrieron la tierna armonía de un semblante carcomido y arrasado por la lepra blanca. Y, como es natural, allí mismo ultimaron a lanzadas a tan dañino farsante.

Así lo cuenta Borges –bueno, en realidad lo cuenta mejor que yo, pero no es cosa de entrar en competiciones con fallecidos– aunque la historia es verídica. El escritor argentino no conoció a nuestro Rodríguez (eso que salió ganando, apostillarán no pocos lectores) y por consiguiente no pudo otorgarle el puesto de honor que habría acaparado en tan memorable libro. Y es que no me negarán ustedes que la producción nacional aventaja con mucho a las imitaciones extranjeras: un individuo que desde verano de 2002 (la huelga general) está azuzando la agitación y el conflicto sin cesar (ni siquiera tras ocupar el gobierno), con el punto cimero el 13 de marzo de 2004, que no ha parado un instante de incriminar a sus víctimas (el PP, las víctimas del terrorismo, la Conferencia Episcopal o el Sursum Corda que rebulla), termina despojándose de la máscara en confianzuda cháchara con su compadre Gabilondo (¿de qué me suena ese apellido?) y le instruye más que confiesa que "nos conviene que haya tensión", a lo que el otro, en vez de atizarle un lanzazo como los secuaces de Hakim, asiente cariñoso y dice que sí, que venga, que allá vamos, a mandar y lo que Su Reverencia guste: para eso estamos. Y, como no hay rostro de belleza que exhibir, comienzan las exégesis filológicas de donde dije Diego, etc. y la ridiculización masiva de quienes en la derecha, o en el limbo, se escandalizan, o fingen caerse del guindo con el personaje.

A buenas horas, mangas verdes, se llaman a engaño contertulios y periodistas varios, como si no supiéramos desde el Prestige y la guerra de Iraq con quién nos las habíamos. Por descontado, no deseamos lepra ni lanzazos ningunos a nadie, ni siquiera a Rodríguez, pero sí queremos un poquito más de seriedad en comentaristas y "expertos" de toda laya. Y mucha más honradez en los numerosos españoles que votan a semejante sujeto. Y muy a sabiendas de cuanto hay tras de la máscara.

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