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Serafín Fanjul

Héroes al amanecer

pretenden borrar la historia, adulan a los sectores más fanáticos y cortitos de la izquierda (abundantes) y demuestran por enésima vez estar horros por entero de generosidad y amplitud de ideas. Puro talante, pues.

Serafín Fanjul
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En el Egipto faraónico fue una práctica relativamente repetida borrar de bajorrelieves e inscripciones epigráficas, con cincel y a martillazos, el nombre del soberano muerto a instancias de su sucesor o sucesores. Alguno (Amenhotep IV o Ejnatón), odiado de manera muy especial por la casta de los sacerdotes, se llevó la palma en esta suerte y el entusiasmo con que persiguieron su memoria complicó en gran medida el trabajo de los historiadores futuros, nuestros contemporáneos. Entroncaba tal cacería onomástica con la creencia primitiva en que la imposición del nombre constituye la verdadera entrada en el mundo de la existencia real, adquiriendo así la persona la entidad que antes era un mero proyecto. Sin embargo, los nada desinteresados perseguidores no consiguieron eliminar del todo el paso de Ejnatón por la tierra y, andando el tiempo, resultó uno de los faraones más populares y conocidos en nuestra contemporaneidad, que no se distingue precisamente por su dominio de aquellos tiempos lejanos. La destrucción de estatuas y pinturas, la quema de manuscritos o el escamoteo de documentos o filmaciones han sido constantes fijas en la historia de la Humanidad. Unas veces por simple odio, otras por pragmatismo cobarde y zafio y no han faltado numerosas ocasiones de pura estupidez. Ni combinaciones globales de todas ellas.
 
Con la cobardía de la nocturnidad, la reciente retirada de la estatua ecuestre del general Franco en Madrid entra de lleno en el último grupo: pretenden borrar la historia, adulan a los sectores más fanáticos y cortitos de la izquierda (abundantes) y demuestran por enésima vez estar horros por entero de generosidad y amplitud de ideas. Puro talante, pues. No se trata de ser franquistas o antifranquistas, eso se acabó hace mucho. Este que escribe tuvo algunos disgustos por no serlo en aquellos tiempos en que quienes se sumaban al cortejo gobernante obtenían enchufes y prebendas, igual que ahora. Quienes entonces aplaudían al poder lo siguen haciendo –siempre al poder- con independencia de quién lo ocupe. Y los mejores virtuosos del funambulismo, de aquella montaron en coche oficial y todavía no se han bajado: ¿será esto la madurez democrática? El mismo rebaño que en 1974 se habría indignado con gran violencia si a un chiquito se le hubiera ocurrido tirar un huevo contra esa estatua por “poner en peligro la paz de España”, ahora asiente muy convencido a la retirada –Rodríguez, maestro en retiradas- porque “era un dictador y mató a mucha gente”, lo que han oído en la tele. Bravo, qué nivel. No es cuestión de pro o anti, sino de respetar la historia y su recuerdo del modo más fidedigno posible. Hasta para criticar y condenar aquella etapa, o para matizar su valoración, o para entender a nuestro país sin mezquindad y partidismos. La presencia de esa figura ante un ministerio en el centro de la ciudad era un documento por sí sola, amén de su historia misma, que es sabrosa. Los españoles actuales –o los malgaches- no somos propietarios del pasado para deshacerlo, manipularlo o arrojarlo a la basura al antojo de cualquier petimetre más o menos ágrafo, sino depositarios provisionales y nuestro deber, tantas veces incumplido, es preservarlo para las generaciones futuras.
 
Pero aquí no hay sólo odio a causa de abuelos fusilados (¿Quién no tiene algo así?) o revanchas infantiles para gentes muy mezquinas, el partido del gobierno –que cuenta con uno de los hombres más ricos del mundo como patrón y protector- necesita dar pruebas de rojo, pasar el examen permanente de limpieza de sangre progresista, mientras va instaurando el PRI a la española, a ver si esta vez hay suerte y dura setenta años como la versión mexicana. Ponerse las botas, vamos. Y para ello se precisan gestos, crear y mantener una imagen de izquierda, tanto para su propia parroquia como para la del vecino: preocúpese IU por los votos que le arañan estos numeritos circenses (viajes a Cuba de nuestros mandatarios, fuga de Irak, retirada de la estatua, cascar a algunas señoras mayores a la puerta del Congreso por protestar contra la ley de bodas homosexuales, etc.), ya que no se inmuta ante la irresponsabilidad en que están incurriendo, junto a sus compadres del PSOE, al reavivar el odio que creíamos muerto y enterrado. Cerquita del emplazamiento de la de Franco están las horripilantes estatuas de Indalecio Prieto y de Largo Caballero (especial benefactor de la patria este último): ¿alguien garantiza que no van a necesitar vigilancia y guardia perpetua? ¿Adónde nos quiere llevar este gobierno?

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