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Serafín Fanjul

Ibarreche pide perdón

Ante la parálisis de piezas clave del estado como la Corona, la judicatura o las Fuerzas Armadas, una panda de indocumentados, profesionales del poder, van desmontando la armazón sobre la que se sustenta todo el edificio.

Serafín Fanjul
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No suelo escribir sobre asuntos de estricta política interna española. Por dos razones: la primera que en Libertad Digital hay analistas y comentaristas capaces de hacerlo mejor que yo, con más información directa y mayor gusto por esos campos; la segunda, el cansancio y tedio infinito que produce a cualquier español medio machacar en hierro frío. No es desistimiento ni ceder el terreno al enemigo, sino aburrimiento de vernos abocados a la reiteración de unas mismas ideas, la manifestación de idénticas indignaciones, la contemplación de una continuada desvergüenza desde 1978, sin que sus autores y responsables se esfuercen siquiera por disimular adoptando disfraces varios, cambiando los decorados o tomándose la molestia de ser hipócritas con cierto arte y dedicación. No: aquí se usa la cara dura más zafia. Manca finezza, que decía el otro. La política española es un repulsivo cóctel de redundancias, pleonasmos, tautologías. O, si lo prefieren, de repeticiones eternas. Pero no sólo falta finura, o sutileza, sobre todo necesitamos actuar, o que las instituciones actúen por delegación nuestra. Ante la parálisis de piezas clave del estado como la Corona, la judicatura o las Fuerzas Armadas, una panda de indocumentados, profesionales del poder, van desmontando la armazón sobre la que se sustenta todo el edificio. Con mayorías precarias por exiguas adoptan medidas, leyes para el futuro, que harán imposible la convivencia a un medio plazo que está a la vuelta de la esquina. El silencio sobre todos estos desaguisados no implica desinterés sino conciencia de que las palabras están gastadas. Tanto como la pétrea faz de esos mindundis que vemos tantas veces en la tele. Y pese al desgaste, ahí siguen, impertérritos.

Hace unos días, el jefe del gobierno vasco –cuyo cargo los cursis, tan superabundantes, denominan con un término que parece el nombre de una heladería– de nombre J.J. Ibarreche, dijo pedir perdón a las víctimas de la ETA. Emocionante. Como mínimo debería añadir "y del PNV", porque los asesinados, heridos o lisiados de cuerpo y alma no lo han sido sólo por las bombas y pistolas de los criminales ejecutores. El caldo de cultivo lo han puesto los eufemísticamente denominados "nacionalistas" vascos que, durante un siglo, han canonizado las ocurrencias de un orate, convirtiendo sublimes majaderías en mensaje evangélico (por cierto, ¿cuándo FAES va a publicar en edición masiva las obras completas del inmortal Sabino?), transmutada la Antropología (lo que de ella interesa) en mensaje divino; inventando unas esencias inmutables y puras que nunca han recatado la crueldad más vil para con sus víctimas, que no son sólo los asesinados, aunque esa sea la parte más dolorosa y visible; extrayendo el divertido –y al tiempo siniestro– corolario de que su superioridad racial, de sobrenatural origen, les faculta para comer dos solomillos cuando los demás nos quedamos sin ninguno, monopolio absoluto del Paraíso no reñido con la posibilidad de tolerar en él al buen maketo que haga penitencia mediante los suficientes méritos, renegando de sus padres y descubriendo la intolerable opresión del pueblo vasco. Así los Fernández, García o Troitiño también entrarán en el Edén.

Pero Ibarreche no es uno de esos advenedizos y ahora asegura pedir perdón. El compadre de Arzallus quiere asomar la cabeza como sea fuera de la cama que le están haciendo Rodríguez y la ETA y se acuerda de lo solas y abandonadas que han estado las víctimas de sus amigos. A buenas horas, mangas verdes. Una de las escenas más inmundas que he contemplado en mi vida fue la de Arzallus, con cara compungida, dando el pésame o algo así a los padres de Miguel Angel Blanco. Como es natural, le faltó el tiempo para correr a sellar el pacto de Estella con Batasuna y demás gentuza. Viendo las imágenes, no podía eludir pensar en el estado de ánimo de los familiares ante un pésame tan indeseable: quizás el dolor les impedía razonar con la suficiente frialdad como para sacar a patadas al personaje. Tal vez no habían asumido y reflexionado, todavía, en profundidad la desgracia que aquellos miserables habían volcado sobre sus vidas. No sé. Con frecuencia trato de ponerme en la piel de padres, hijos, hermanos, esposas de asesinados; intento imaginar mis reacciones, las de mis gentes conocidas, no sólo ante el dolor por la pérdida, también frente a la chusma hipócrita que viniera a ponerme la mano en el hombro, con cara de circunstancias, mientras miran el reloj y calculan el próximo pelotazo.

Pero todos los hombrecillos minúsculos llamados Ibarreche tienen buen cuidado de no exhibir sus peticiones de perdón por hechos concretos ante familiares de carne y hueso, con nombre y apellidos, por lo que pudiera pasar. Sus condolencias son siempre genéricas, a distancia, sin meterse en precisiones ni honduras. Ya se sabe: "se han cometido errores", "no lo hemos explicado bien", "todo sea por la paz"... Para pasar sin solución de continuidad a "los vascos y las vascas", "los derechos irrenunciables", "todo un pueblo"... Al parecer, el albañil Miguel Angel Blanco (hijo de albañil) no era "pueblo". Ni tantos otros.

Quien esto firma carece de representatividad ninguna respecto a las víctimas del terrorismo, sin otro nexo de unión con ellos más que la solidaridad humana por su dolor, espoleada por el hecho de verlos más próximos por ser todos nosotros españoles, lo que nos hace partícipes y solidarios de un destino común inmediato. La única fuerza moral que puedo reclamar procede de ahí y desde ella –por microscópica que sea– digo que no perdono al infecto Chapote, tan sonriente; y menos aun a los pésimos actores que atropan las nueces vareadas por la ETA. Pero tampoco creo en manitas blancas alzadas (¿se percatarán de que el color blanco y levantar las manos son signos inequívocos de rendición?), ni en la proverbial "madurez de los españoles" (¿de dónde salieron los once millones de votos de Rodríguez?), ni en divertimentosretóricos como eso de "todos íbamos en los trenes" (en los trenes, como es palmario, sólo iban los muertos y heridos). No más creo en la exigencia de justicia y allá cada quien si, por añadidura, quiere practicar, o no, las virtudes teologales. Por estas razones, fundamentalmente, no suelo escribir de política interna española.

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